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sábado, 30 de mayo de 2015

¡La patria es la América! Una lectura actual de la proclama del Libertador! (II)


La semana pasada esbozábamos elemento de orden general respecto de la proclama del Libertador y su relación con la integración y la identidad nacional para intentar entender cuánto valor pudiera tener la máxima bolivariana en las condiciones actuales. Sin embargo, en las condiciones actuales es imposible sustraer este debate a la noción de modernidad. La complejidad de los conceptos que se relacionan y la búsqueda de explicaciones, direccionan necesariamente a este paradigma que sobre todo en años recientes ha manifestado una multivisión que le atrapa en un espacio amplio que va desde los que enarbolan la idea de su crisis o incluso su fin, hasta el de su vigencia siempre renovadora.
En este sentido, la idea de modernidad podría dar cuenta de un discurso a través del cual se puede tomar conciencia de los cambios que se producen. Sin embargo, la aparición de la globalización introduce nuevos elementos a esta discusión, toda vez que como plantea Renato Ortiz “modernidad y nación son configuraciones sociales que históricamente aparecen juntas”. La primera surge con la Revolución Industrial, aunque se manifiesta en la práctica a través de la nación. La segunda se revela a partir del desarrollo de una modernidad propia. La nación permite el surgimiento de un nuevo tipo de organización social. La globalización admite la ampliación de los espacios de la modernidad, que ya no se manifiestan solamente en los estrechos límites del Estado-nación sino que abarca todos los confines del planeta, lo cual le concede un novedoso ámbito “universal”. Esta situación conduce a que se transite de una modernidad a múltiples modernidades. Así mismo, conlleva un fenómeno contradictorio que actuando como fuerzas opuestas enfrenta a la globalización con el desarrollo de lo local. Es lo que se ha dado en llamar glocalización.
La glocalización es un término que proviene de la fusión de las palabras globalización y localización. Surgió en los años 80 del siglo pasado en Japón en el marco del desarrollo de sus prácticas comerciales. Este término que podría ser considerado como paradigmático en términos de las inter relaciones entre globalización e identidad nacional propone la premisa de “pensar globalmente y actuar localmente” lo cual puede ser aplicado a cualquier persona,  comunidad o sociedad. El mismo busca adaptar un cierto entorno de características específicas que se diferencian de otras a partir de una determinada demanda o, planteado de otra manera busca adaptar patrones globales a condiciones locales.
Esta manifestación de la modernidad exhibe finalmente una de las características claves de la influencia de la globalización en el Estado y la nación, toda vez que la distancia espacial ya no supone una distancia temporal. En los hechos, la modernidad desconecta el espacio local al poner en contacto lugares muy alejados de distintas latitudes y longitudes del planeta, lo cual determina nuevos tipos de relaciones sociales.
En esa medida, se puede concluir diciendo que la globalización además de ampliar los efectos de las actividades económicas políticas y culturales a cualquier lugar del mundo y de reordenar el espacio y el tiempo de la vida social, ha comenzado a construir una nueva dimensión que ha intensificado positiva o negativamente  la interacción e interconexión entre los Estados y las naciones.
Ha generado un fenómeno paradójico de defensores y detractores que enarbolan propuestas variadas para sostener sus ideas. Lo cierto es que la globalización ha provocado un “terremoto” en las acepciones tradicionales en las nociones de Estado y nación en el pensamiento político contemporáneo en el marco de un debate que sólo parece haber comenzado. Las manifestaciones asociadas a su surgimiento, así como las externalidades propias de su desarrollo aportarán diferentes puntos de vista que darán luces a la conformación de nuevas identidades que debilitarán al Estado, en tanto la nación, el principal soporte que ha tenido desde su nacimiento, de paso a otras expresiones de organización de la sociedad e identificación de los individuos entre sí y con los demás.
Por supuesto, hay poderes interesados en el debilitamiento del Estado, su fragilidad permitiría imponer actuaciones y decisiones supranacionales desde poderes fácticos no identificados y desde los gobiernos de las potencias que dominan el quehacer político y económico global. Los intentos de quebrar el concepto de soberanía (incluso aceptado por Ban Ki-moon, Secretario General de la ONU) como columna vertebral  del sistema internacional que permite la convivencia pacífica entre las naciones que viven en  la Tierra y garantiza la paz mundial, son expresión del deseo de algunas potencias globales de imponer las normas de comportamiento y conducta que los Estados y naciones deberían asumir en el sistema. Detrás de todo ello, está la intención de copar y controlar zonas de influencia y espacios para obtener materias primas, energía, alimentos y agua, base fundamental para el control estratégico de la vida en el planeta.
En este marco, América Latina y el Caribe solo tienen opción de presencia real en el escenario internacional, si no logra constituirse en un bloque de poder que aprovechando sus potencialidades, complementando las carencias de unos con las abundancias de otros, generando así una economía integrada y una visión general de los problemas planetarias que acepte la multidiversidad de ideas que bullen en la región. He aquí, donde la genialidad visionaria del Libertador Simón Bolívar cobra presencia 200 años después. En medio de la guerra de independencia, cuando arreciaba la ofensiva española y las huestes patriotas se sumían en un período de reflujo de la lucha, el Libertador tuvo la capacidad de ver mucho más lejos del espacio estrecho que para él era Venezuela, y mucho más allá del límite temporal al que podía inducir la victoria independentista.
 Sólo un hombre con perspectiva estratégica respecto del futuro de la región y con visión de largo plazo podía prever lo que habría de suceder en lo inmediato y después, cuando las nuevas repúblicas comenzarán a trazar su camino de vida independiente.   
Los agoreros dirán que eso es imposible dadas las profundas diferencias ideológicas que hoy encuadran la vida política de la América Latina y el Caribe, pero la configuración del porvenir que trazaba Bolívar no estaba ajena a esa circunstancia. En la Carta de Jamaica ya vislumbraba la lucha como un proceso que sufriría trastornos, dificultades y plazos distintos en su realización. Apuntaba que “porque los sucesos hayan sido parciales y alternados no debemos desconfiar de la fortuna”, y no tenía temor ante la circunstancia cierta que ya vislumbraba respecto de aquellas oligarquías agazapadas que se preparaban para usufructuar de la independencia “En unas partes triunfan los independientes mientras que los tiranos en lugares diferentes obtienen sus ventajas, ¿cuál es el resultado final?, ¿no está el Nuevo Mundo entero, conmovido y armado para su defensa?”
Ante esto, Bolívar nos dejó la Patria como legado, la misma debe transformarse en el blasón insustituible con que podríamos resistir ante los modernos intentos de avasallaje, el imperativo que tenemos es concluir la construcción de una identidad que nos permita recorrer el camino, aceptando todos los obstáculos, entre ellos los de fatuos intereses de oligarquías que usurparon la patria para crear Estados nacionales e intereses acorde a esa visión estrecha y comprometida con una minoría. Hoy el Libertador se levanta señero para recordarnos que “La patria es la América”.
Todavía las oligarquías se ensañan y no aceptan que así sea. Las de Chile negocian con Bolivia encumbrándose sobre intereses nacionales que no son los de uno ni de otro pueblo. Los dominicanos de misma estirpe niegan su sangre mestiza cuando esos mismos intereses los llevan a crear leyes para despreciar al pueblo haitiano, hermano oprimido del que vive del otro lado de la Española… y así, a lo largo de la región nos sorprendemos repitiendo consignas que enarbolan un supuesto interés nacional que no genera beneficios para ningún pueblo. A 200 años, Bolívar nos lo recuerda, “. Luego que seamos fuertes, bajo los auspicios de una nación liberal que nos preste su protección, se nos verá de acuerdo cultivar las virtudes y los talentos que conducen a la gloria; entonces seguiremos la marcha majestuosa hacia las grandes prosperidades a que está destinada la América meridional; entonces las ciencias y las artes que nacieron en el Oriente y han ilustrado la Europa, volarán a Colombia libre, que las convidará con un asilo”.

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