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miércoles, 29 de agosto de 2012

Colombia, un gran paso adelante en el camino de la paz


En las conclusiones de un artículo titulado “Actores internacionales en el conflicto colombiano. El papel de Venezuela en el camino de la paz” escrito en febrero del año 2000, pero que fue publicado en 2003 en Puerto Rico y Cuba señalaba que “El conflicto armado y su resolución están detenidos `en el marco de un Equilibrio Estratégico`. Si bien es cierto que según el derecho internacional las FARC pudieran ser reconocidas como ´legítimos combatientes` y obtener status beligerante, la desinformación en torno a su planteamiento y la asociación que de ellas se ha hecho con organizaciones de tipo delictivo han actuado en detrimento de su reconocimiento como legítimo actor internacional, tanto por el gobierno colombiano como por la comunidad internacional”.

Agregaba, “Resolver el conflicto por medio de la ´aniquilación total del enemigo`, como parece ser la filosofía expuesta por el Gobierno de Colombia, y su presunta vinculación con grupos paramilitares para la consecución de tal fin, representa una amenaza flagrante a los Derechos Humanos de la población civil que radica en el escenario de conflicto.

Me atreví a proponer que “La posición de Venezuela en pro de agotar cualquier medio para la resolución del conflicto por medios pacíficos, pasando si es necesario por el reconocimiento internacional y nacional de la beligerancia de los grupos insurgentes colombianos, debe ser constante y determinante”. Tenía plena convicción que “La negociación y la diplomacia como instrumento político para la consecución de la paz en Colombia en el marco del derecho internacional público y de la experiencia centroamericana, es la alternativa más viable”. Y aventuraba en el sentido que “Desconocemos el curso que tomen las conversaciones de paz y la forma que adquieran las mismas. En particular, el conflicto colombiano afecta directamente al pueblo venezolano y a su gobierno”, pero lo más importante es, “darle al pueblo colombiano una paz permanente y duradera”.

La experiencia de búsqueda de la paz en Centroamérica que transcurrió por caminos diferenciados en Nicaragua, El Salvador y Guatemala señala con prístina transparencia el valor de la negociación como instrumento necesario para el fin del conflicto. Así como la “guerra es la continuación de la política por medios violentos”, la negociación y la política son la constatación de un conflicto y la búsqueda de su solución por medios no armados. Cuando un país se ha desangrado por más de 60 años sin que haya un vencedor en la contienda bélica, los instrumentos de la política deben usarse para evitar mayores sufrimientos a un pueblo que ha luchado y que merece la paz. Más allá de que es posible que las causas del conflicto no hayan desaparecido porque la injusticia y la exclusión siguen estando presentes y la democracia continúe expresándose como imperfecta y desigual, eso no dista de ser así en la mayoría de los países del planeta, lo cual no es condición para que se suponga que la lucha armada tenga validez en todo momento y en todo lugar como método para la revolución. En años recientes, los pueblos de América Latina han aprendido que es posible avanzar en los caminos de la transformación de la sociedad conquistando ciertos espacios que los intersticios de la democracia representativa concede. Incluso, cuando las mayorías han logrado acceder al poder ejecutivo mediante los instrumentos electorales, los procesos de participación ciudadana, de elevación de la cultura política, mejoramiento de los niveles organizativos y toma de conciencia del pueblo se han acelerado a ritmos asombrosos avanzando en la creación de la base popular que augura progresar mucho más rápido en la construcción de espacios reales de poder popular en el camino de la liberación definitiva y la independencia, ¿no es acaso esa la razón por la que se toman las armas?. Personalmente, creo que ello es siempre válido cuando se han cerrado todos los caminos, valga decir, cuando se han entronizado dictaduras de derecha que cierran toda posibilidad a la participación, so pena de prisión, tortura y muerte.

A pesar de ello, parecía que el camino a la paz estaba completamente cerrado en Colombia durante la presidencia de Álvaro Uribe, su obcecada obsesión belicista, su vínculo con narcotraficantes y paramilitares, su histérica vocación represiva y su repulsiva ideología fascista, impedían que Colombia hiciera un tránsito hacia el fin de la guerra.

En el mes de julio de 2007 se hicieron en el país hermano una serie de grandes manifestaciones por la paz. Al respecto, en noviembre de ese año escribí un artículo denominado “Colombia. Crónica de una perseverante obsesión por la paz” en el que expongo la decisión del gobierno de Venezuela y del Comandante Chávez por hacer patente su voluntad de apoyar la paz en Colombia. Explico que dicha movilización que llegó “ a su punto superior con la llegada del ´Caminante por la Paz`, profesor Gustavo Moncayo a Bogotá, después de recorrer más de 900 Km. durante 46 días, pareció estremecer como nunca antes la conciencia de los colombianos y de la comunidad internacional acerca de la necesidad de lograr un acuerdo humanitario que devuelva a sus hogares a todos los colombianos retenidos contra su voluntad y que genere las condiciones iniciales para el fin de la guerra en el país sudamericano”.

Explicábamos en el artículo antes mencionado que “Uribe se vio obligado a recibir el jueves 2 de agosto al Profesor Moncayo, en una clara maniobra propagandística, que sin embargo se revirtió cuando éste manifestó, –después de escuchar a Uribe- que no quedaba satisfecho con la propuesta del primer mandatario, y se preguntó ´ ¿Qué nos garantiza que las Farc acepte esa propuesta? Nosotros vamos a insistir en que haya una zona para que las partes se sienten a negociar, llámese zona de despeje o zona de encuentro`, y agregó que se sentía molesto por lo que a su juicio había sido una actitud intransigente del gobierno para buscar el acuerdo humanitario”.

Cuando a muchos les parecía que nada iba a cambiar con la llegada de Santos al poder, la historia reciente ha señalado una profunda diferencia. Con respecto a Santos y Uribe en un reciente artículo titulado de esa manera y publicado en CCS el pasado 27 de mayo señalaba que el presidente colombiano “Tiene mentalidad de largo plazo, sabe que Uribe podría llevar al país al precipicio, porque finalmente, en lo más profundo de su ser, repudia a ese narcotraficante y paramilitar…aunque ambos sean de derecha”.

Hoy cuando se ha anunciado que el gobierno colombiano y las Farc iniciarían conversaciones de paz en Noruega y Cuba, la aplastante mayoría de la opinión pública colombiana aquilatada por los medios de comunicación de ese país han dado su apoyo a tal iniciativa: ex presidentes, ex comisionados de paz, constitucionalistas, representantes de los medios de comunicación, parlamentarios, organizaciones sociales y políticas de la más diversa posición ideológica, organizaciones no gubernamentales, representantes de la sociedad civil, empresarios y el 74% de los colombianos consultados han manifestado de una u otra forma su apoyo a dicha iniciativa. Como era de esperar, una de las pocas voces disonantes fue la del ex presidente Uribe quien con su proverbial perturbación y poniéndose en contra de la generalidad de los colombianos expuso que “Todo estaba cantado. La permisividad del gobierno Santos con Chávez. La legitimación que el gobierno Santos ha hecho de la complicidad de Chávez con la guerrilla la paga Chávez sentándolos en la mesa para que eso le sirva a la reelección", Sólo una mente muy estrecha puede discernir de esa manera.

El 6 noviembre del año pasado escribí que “la negociación era el único camino hacia la paz en Colombia”. Así mismo, el 29 de febrero en un artículo titulado “El Presidente Santos tiene la palabra” afirmé que la pelota estaba en la cancha del Presidente Santos” y que de él dependía que el primer paso dado por las FARC cuando el 26 de febrero, su Secretariado anunciaba que a partir de la fecha “proscribía la práctica del secuestro en su actuación revolucionaria” debía ser contestado de manera generosa para lograr el regreso de todos los secuestrados a sus hogares lo más pronto posible y en corto plazo dar inicio a la negociación para una paz definitiva en Colombia.

Esta decisión que se ha anunciado el lunes pasado es un gran paso adelante. Venezuela y todos los pueblos de la región debemos apoyar con todo lo que esté a nuestro alcance para que los objetivos trazados por gobierno y guerrilla lleguen a buen término. Para Colombia será la paz, para América Latina y el Caribe, la posibilidad más cierta de una integración estable y definitiva.

miércoles, 22 de agosto de 2012

En el umbral de una bomba atómica diplomática


El Derecho Internacional es el conjunto de normas, reglas y principios que ordenan el funcionamiento de los distintos sujetos. Aunque el sistema internacional es estadocéntrico, hoy se acepta que además de los Estados hay otros actores que se le reconoce tal calidad de acuerdo a tratados, convenios, pactos y otros documentos que se suscriben en el ámbito bilateral y sobre todo en el multilateral.

Esto permite concordar las relaciones actuando en un ambiente de justicia, equidad, paz y  seguridad. El Derecho Internacional establece el principio de la igualdad jurídica de los Estados ante la ley porque  está soportado en el valor supremo de la soberanía, sustento primordial establecido en la Constitución Nacional de cualquier país del planeta.

La violación de la soberanía de un Estado por parte de otro u otros entraña el mayor delito que se puede cometer en el  derecho internacional. De ahí que la Carta de la Organización de Naciones Unidas (ONU) en su preámbulo establece –entre otras cosas-  su decisión de “…preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra…”, así como a “…  crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del derecho internacional”

A fin de cumplir con ese mandato la carta en su Artículo 1, acápite 1 instituye que uno de sus propósitos es “Mantener la paz y la seguridad internacionales, y con tal fin: tomar medidas colectivas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a la paz, y para suprimir actos de agresión u otros quebrantamientos de la paz; y lograr por medios pacíficos, y de conformidad con los principios de la justicia y del derecho internacional, el ajuste o arreglo de controversias o situaciones internacionales susceptibles de conducir a quebrantamientos de la paz”. De igual manera en su Artículo 2, acápite 4 deja claramente certificado que “Los Miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los Propósitos de las Naciones Unidas”.

En esta medida es sumamente peligroso lo que ha estado ocurriendo en las últimas semanas cuando algunas potencias pretendiendo instaurar un régimen de fuerza en el manejo de las controversias,  se ponen en el umbral de la ilegalidad, de la violación de la Carta de la ONU y de pasar a llevar el basamento jurídico sobre el cual se sostiene el sistema internacional. Las consecuencias de  esas acciones serían catastróficas porque equivaldrían a una bomba atómica diplomática que arrasaría con el orden jurídico internacional sumiendo al planeta en el caos y en una situación de conflicto permanente donde los que ostentan la fuerza podrían imponer de facto sus designios.

Detrás de esta situación están Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. En su afán de sostener su modelo de capitalismo depredador, estas potencias imperialistas amenazan al mundo con utilizar la fuerza a cualquier costo.

Respecto de Siria, a pesar de los reiterados vetos de Rusia y China a una intervención militar en el país árabe, las potencias occidentales y las monarquías petroleras del Golfo Pérsico persisten en tal idea, al apoyar de manera encubierta  a la insurgencia siria que en su mayoría está formada por mercenarios pagados por Catar y Arabia Saudita,  armados y entrenados por Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia utilizando para ello los territorios de los países fronterizos, en particular los de Turquía y Jordania.  Han llegado a sabotear incluso el trabajo del anterior enviado especial de la ONU, el ex Secretario General de la Organización Kofi Annan y ahora han decidido poner fin a su misión de observadores en Siria. Con ello, en vez de cumplir su responsabilidad de garantizar la paz, contribuyen a eliminar cualquier posibilidad de arreglo pacífico y negociado de un asunto que es estrictamente interno de un país soberano.

Han llegado, incluso a establecer una alianza con la organización terrorista Al Qaeda como lo señala Igor Ignatchenko analista del Fondo de Cultura Estratégica de Rusia al citar al ex comandante de la Academia Naval de Turquía, Almirante Turker Erturk,  quien sostuvo  que “Occidente y sus aliados árabes han decidido repetir el ´escenario de El Salvador` contando con el ingreso de grupos terroristas en vez de la oposición”. Por su parte el comentarista del periódico británico The Daily Telegraph,  Peter Osborne,  confirmó tal información. En un artículo titulado “La crisis siria nos lleva a extraños compañeros de cama”, señaló que “las acciones terroristas cometidas en Damasco antes del Año Nuevo tenían todas los distintivos de los actos cometidos por esta organización terrorista en Irak. Según Osborne, Al Qaeda habría entrado en Siria desde Libia a través del corredor turco”.

Todo lo anterior, conforma un grave expediente de violación del derecho internacional y una confirmación de las relaciones de Estados Unidos con el terrorismo internacional. A la luz de los hechos, su discurso en contra de dicho flagelo es una verdadera cortina de humo para perpetrar sus delitos  con total impunidad.

Más recientemente, y en nuestro continente, Ecuador ha sido amenazado por Gran Bretaña, la que ha puesto en entredicho –una vez más- la legalidad internacional al expresar  su intención de violentar la inmunidad que es atributo de cualquier Embajada en cualquier país por ser parte constitutiva de la soberanía de un Estado, de acuerdo a los convenios internacionales que regulan la materia.

Tal acción supondría la captura en territorio ecuatoriano del ciudadano australiano Julian Assange, fundador de Wikileaks quien solicitó asilo diplomático en la legación de ese país sudamericano en Londres.  Gran Bretaña justifica su bravata con una ley interna que –en la práctica- implicaría desconocer el derecho internacional.  Invoca la “Diplomatic and Consular Premises Act” y amenaza con retirar la inmunidad de la embajada ecuatoriana para arrestar a Assange. Esta norma fue aprobada en 1987, y permite a un juez autorizar la entrada en una embajada en casos de extrema gravedad. Sin embargo, todo tratado internacional es ley interna de un país una vez que el mismo ha sido aprobado por el parlamento y por ello, carece de fundamento que una ley doméstica pueda pasar por arriba de  un principio establecido por la Convención de Viena sobre relaciones diplomáticas.

En un extenso y bien fundamentado comunicado oficial, el Ecuador en voz de su Canciller, Ricardo Patiño apuntaló tanto los elementos de carácter jurídico, como también los políticos y éticos que motivaron la decisión ecuatoriana de conceder el asilo a Assange. El Ecuador actuando en el marco del derecho internacional y después de una meditada e informada investigación tomó esa decisión que avala una actitud impecable de las autoridades del país andino en materia de derechos humanos. La respuesta de Estados Unidos no se hizo esperar. En comunicado de su Departamento de Estado anunció que no reconoce el "asilo diplomático" que Ecuador otorgó a Assange. Lo argumenta basado en que "Estados Unidos no forma parte de la Convención de 1954 de la Organización de Estados Americanos (OEA) sobre el Asilo Diplomático y no reconoce el concepto de asilo diplomático como una cuestión de derecho internacional”

Es increíble, que un tema tan delicado no sea aceptado por tal razón. Otra vez la susodicha OEA (que tiene su sede en Washington) es ajena a una petición de un país latinoamericano. Por el contrario, de manera inmediata los cancilleres del Alba emitieron una declaración de apoyo a Ecuador, la misma acción fue resuelta de manera unánime por los cancilleres de las 12 naciones sudamericanas reunidos en Guayaquil el domingo pasado. Lo más probable, es que el mismo motivo no concite la aprobación de un documento de apoyo al Ecuador en la OEA, por la sencilla razón que otra vez Washington priorizará su alianza estratégica con Londres y dará la espalda a Latinoamérica como va siendo tradicional desde 1982.


Contra Siria y Ecuador se han creado precedentes que cuestionan el derecho internacional y que suponen el uso de la fuerza por encima del imperio de la ley. Sólo la unidad de nuestros pueblos y la irrevocable decisión de defender la paz y la justicia nos permitirán salvar al mundo de la guerra y la barbarie a la que nos quiere conducir la putrefacción de un modelo imperial en crisis. 

domingo, 12 de agosto de 2012

Olimpiadas. Poder y deporte. Triunfo del vigor y del espíritu


Hace exactamente 3 meses escribí para “Ciudad CCS” un artículo que se tituló  “Política y Deporte. Diversión o zozobra”. Vale la pena recordar, -a la luz de las recién finalizadas Olimpiadas de Londres 2012 - un párrafo del mismo en el que se señalaba que “Hay quien dice que la política y el deporte no tienen nada que ver. Se ha querido separar el deporte de la política sin entender que todo el impacto social que la actividad física -no sólo realizada como competencia- u otras actividades de recreación y disfrute tienen, cuando su aplicación masiva genera resultados individuales para quien la practica y colectivos para el ente, llámese equipo o país que la promueve…”

En él se hacía mención de la diferente significación del deporte para los países desarrollados y para aquellos -como el nuestro- en que la práctica del deporte adquiere una significación especial tanto en el sentimiento del atleta como en el del pueblo que acoge a sus deportistas como héroes que hicieron su mayor esfuerzo por representar los colores patrios.

Si alguien pone en duda que política y deporte estén en íntima relación tendrá que explicar por qué los 4 países que obtuvieron mayor número de medallas: Estados Unidos, China, Gran Bretaña y Rusia son miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y el quinto partícipe del elitesco grupo, Francia, ocupó el séptimo lugar, empatado con Alemania en medallas de oro,  detrás de la sorprendente Corea del Sur.

Beijing 2008, significó para China una carta de presentación en su aspiración de ser, -en muy pocos años- la primera potencia mundial. Tal vez haya pasado inadvertido para algunos, pero es bueno recordar que tal justa deportiva fue inaugurada el 8 de agosto (mes 8) de 2008 exactamente a las 8 de la noche, hora de Beijing.  Dentro de la cultura china, el número 8 es símbolo de prosperidad o riqueza, de buena fortuna. China utilizó las olimpiadas para mostrar al mundo su poderío como país en pleno desarrollo económico, en su afán de ubicarse entre las potencias del mundo.

Los recursos del poder puestos en el deporte rinden sus frutos, la competencia por la hegemonía mundial también se manifiesta en la máxima fiesta deportiva del planeta como expresión de emulación con el otro y la contención del empuje del adversario. Es importante hacer notar que el deporte olímpico es cada vez  más privado y comercial y, por tanto más alejado de los valores legados por el barón Pierre de Coubertin quien  después de mucho esfuerzo organizara los primeros juegos olímpicos modernos bajo el lema “Lo esencial en la vida no es vencer, sino luchar bien”.

La práctica privada del deporte y el manejo de los atletas como mercancía no estaban en el ideal de Coubertin.  En este “negocio”, los países pobres del sur se ven siempre amenazados por el especulativo mercado de seres humanos que son robados a sus países y a sus pueblos merced a jugosos contratos imposibles de emular en sus naciones de origen. Detrás de ello, una poderosa maquinaria corrupta que ya una vez denunció Diego Armando Maradona es la que realmente se apodera de las grandes ganancias emanadas del deporte.

Las olimpiadas como expresión del todo nos muestran como avanzamos hacia una ciudadanía mundial donde la mezcla de razas, culturas y religiones vaya difuminando la diferencia que desune y mata. Así vimos al español de origen congolés Serge Ibaka mostrar sus dotes en el baloncesto; al alemán negro Raphael Holzdeppe, iluminarnos con su medalla de bronce en salto con pértiga (qué hubiera hecho Hitler ante la hazaña de este orgullo del pueblo alemán); o el británico Mohamed Farah de origen somalí y doble campeón de 5 mil y 10 mil metros planos; o al argentino de origen chino Song Liu haciendo su mayor esfuerzo en el tenis de mesa. Desde hace algunos años era y sigue siendo muy emocionante ver a los atletas negros y blancos compitiendo de igual a igual  en defensa de su Sudáfrica natal como expresión de la marginación creciente de la odiosa práctica del apartheid en su país.  

Fiel a ese legado compitieron nuestros atletas de América Latina y el Caribe. Ahí estuvo nuevamente Cuba, ubicada en el 15to. lugar en el medallero general, reconquistando el primer puesto entre los países de nuestra región. Lo hizo desde la dignidad de sus 11 millones de habitantes bloqueados –incluso en el deporte- por la obscenidad de la primera potencia mundial. Para la historia quedará en cambio los abrazos fraternos y las públicas expresiones de hermandad deportiva entre el estadounidense Ashton Eaton y el cubano Leonel Suárez, medallistas de oro y bronce respectivamente en el decatlón.

Como no sentirse orgullosos de la proeza de Usain Bolt y observar las tres banderas de Jamaica ondear altivas sin sombras en el podio total de los 200 metros planos de Londres. Ese Caribe profundo, parte indivisible de nuestra identidad nos aportó verdaderas emociones no sólo a través de los jamaiquinos, entre otros también de Keshorn Walcott,  de Trinidad y Tobago medallista dorado en lanzamiento de jabalina, Kirani James de Grenada, oro en 400 metros planos y Javier Culson, puertorriqueño plata en el atletismo, así como en los relevos de Jamaica, Trinidad y Tobago y Bahamas.

Más allá del sentimiento que pudiera embargar a mexicanos y brasileños, los latinoamericanos no pudimos ocultar la agitación por que las medallas de oro y plata en el futbol masculino quedaran en nuestra región. Esta vez la sonrisa fue para los hijos de Cuauhtémoc, que celebraron con emoción su única medalla de oro olímpica.

Las expresiones de júbilo y de amor patrio se hicieron sentir en toda su expresión. La ciclista colombiana Mariana Pajón, medallista dorada en ciclismo BMX dijo emocionada que  “Hay que competir con todo este sentimiento de ser colombiano, con ese amor por nuestro país” y agregó “Era la bandera de Colombia y no podía quedarle mal a Colombia. Por eso este oro es para esos 46 millones de compatriotas que, de alguna manera, me ayudaron a pedalear”.

El dominicano Félix Sánchez nos hizo vibrar con sus lágrimas  al ganar el oro en los 400 metros con vallas a los 34 años. Al respecto expresó que "una de oro y otra de plata es histórico para nuestro deporte y para nuestro país fue maravilloso" y, con verdadero orgullo patrio subrayó que "Tenemos un brillante futuro".

Mientras los deportistas occidentales podían celebrar con la presencia de su familia e incluso de amigos, el guatemalteco Erick Barrondo reconoció que tuvo que comprar un televisor a sus padres para que pudieran ver la prueba en la que ganó medalla de plata en la marcha de 20 Km.  Tras  ganar la primera medalla para Guatemala en la historia de los juegos olímpicos, Barrondo dijo que "sería feliz si después de esto alguien deja el mal camino y se pone a practicar deportes" y afirmó que  esperaba que “esta medalla inspire a los niños en mi país a dejar las armas y en vez de eso conseguir zapatos de entrenamiento", si eso pasa, “seré el hombre más feliz del mundo".

Para Venezuela, la consagración del medallista de oro en esgrima Rubén Limardo ha sido considerada un triunfo de todo el país y es que el propio Limardo hizo patente su agradecimiento al pueblo venezolano por su triunfo porque –según dijo-  “no es solamente para mí, sino para Venezuela“.

En el acto de reconocimiento y entrega de condecoraciones a Limardo y a los atletas venezolanos que regresaron de Londres, el presidente Chávez, fiel a los principios olímpicos de Coubertin dijo que “Ya el solo hecho de clasificar a las olimpíadas es una proeza para un joven venezolano, por eso es que independientemente de los resultados los hemos condecorado a todos…”, porque todos son expresión de lo mejor de Venezuela y su juventud.

viernes, 10 de agosto de 2012

El mayor acto terrorista de la historia

En agosto de 1945, Japón estaba militarmente derrotado, la guerra en Europa había terminado 3 meses antes con la derrota de los aliados del Imperio del Sol Naciente, los  fascistas italianos y los nazis alemanes habían sido desplazados del poder ante el empuje de las fuerzas del Ejército Rojo soviético y las tropas de Occidente que habían irrumpido en el continente europeo por Normandía en  Francia y por el sur de la bota italiana. La resistencia heroica de los  pueblos europeos recibió desde el este, el oeste y el sur  el apoyo necesario para su liberación.

Años antes, en  1941, Japón había subestimado la reacción de Estados Unidos ante un ataque a su territorio. El 7 de diciembre  había lanzado una gigantesca ofensiva aérea contra la flota estadounidense del Pacífico basificada en  Pearl Harbor, en la isla Oahu de Hawái. Aunque algunos historiadores han afirmado que el objetivo de la acción era liberar al imperio nipón del bloqueo económico a que era sometido y crear condiciones para una negociación en mejores condiciones, es difícil suponer eso en el año 1941. Parece más acertado suponer que con la destrucción de la flota estadounidense  pretendía reasumir el control y la consiguiente hegemonía sobre  el Océano Pacífico  y ocupar los territorios coloniales de Estados Unidos y Europa en ese vasto territorio, estratégico para un país insular como Japón.

Desde la otra cara de la moneda, lo que Estados Unidos ha querido presentar como una sorpresa, no lo fue tanto. Desde 1932, había estado preparado para un ataque sorpresa contra Pearl Harbor y  había entrenado a sus tropas para esa eventualidad   que consideraba como la “mejor manera” de atacar la isla.

En 1939 la Oficina de Inteligencia Naval (ONI) había redactado un informe secreto que contenía ocho medidas para inducir a Japón a atacar a Estados Unidos. El presidente Roosevelt puso en marcha las ocho medidas propuestas por la ONI en su informe. La primera de ellas consistía en situar a la flota en Hawái como cebo dentro del radio de alcance de los portaviones nipones. La implementación de estas medidas produjo resistencias y opiniones contrarias de diversos funcionarios, incluso entre algunos miembros de las Fuerzas Armadas. Todos ellos fueron oportunamente removidos de sus cargos y desplazados a otros sin relación con el tema. 

A partir de ese momento se comenzó a montar una de las operaciones de inteligencia mejor implementadas de la historia. Una de los argumentos que se ha utilizado es que las fuerzas atacantes mantuvieron un estricto  silencio de radio, lo cierto es que desde agosto de 1940 la inteligencia naval de Estados Unidos interceptaba y descifraba los mensajes de los diplomáticos y militares nipones. Estudiosos del tema afirman que “entre el 16 de noviembre y el 7 de diciembre de 1941 Estados Unidos interceptó 663 mensajes por radio entre Tokio y la fuerza de ataque, o sea, aproximadamente uno cada hora, entre ellos uno del almirante Yamamoto, Comandante en Jefe de la Flota Combinada de la Armada Imperial Japonesa, no dejaba ninguna duda de que Pearl Harbor sería el blanco del ataque japonés.

El 27 y 28 de noviembre de 1941, Roosevelt ordenó expresamente al almirante Kimmel y al general Short, los más altos mandos militares de Estados Unidos en Hawái permanecer a la defensiva pues “Estados Unidos desea que Japón cometa el primer acto abierto”.

Inmediatamente después del ataque, Roosevelt anunció que Estados Unidos se lanzaría a la guerra: "Nuestro pueblo, nuestro territorio y nuestros intereses están en grave peligro... He pedido que el Congreso declare que desde que Japón lanzó este cobarde ataque sin provocación alguna el domingo 7 de diciembre, Estados Unidos y el Imperio japonés están en estado guerra".

El secretario de Guerra escribió en su diario: "Cuando recibimos la noticia del ataque japonés, mi reacción inicial fue alivio porque la indecisión había terminado y ocurrió de tal manera que podría unificar a todo nuestro pueblo. Ese sentimiento persistió a pesar de las noticias de catástrofes. Este país, si está unido, no tiene nada que temer. Por otro lado, la apatía y las divisiones que fomentaban personas antipatrióticas eran muy desalentadoras".

Era la guerra que el gobierno de Estados Unidos quería. Como siempre necesitaban argumentos para mostrarse ante su pueblo como víctima de una agresión extranjera.  De esa manera, se justificaba su respuesta “en defensa de la integridad de América”. Así se fraguó la entrada de Estados Unidos en la guerra en contra de lo que expresaba su propia opinión pública, adversa a tal decisión. Así, también se comenzó a diseñar la manera en que debía concretarse la peor venganza de la historia. Con ello, el imperio estadounidense quiso sentar las bases de una hegemonía sustentada en el horror y el terror que produce el eso indiscriminado de la fuerza.

Fue el propio Emperador Hirohito quien el 22 de junio de 1945 en una sesión del Consejo Supremo de Guerra, declaró lo que otros altos dignatarios no querían o no se atrevían a insinuar: “el Japón debía hallar un medio para terminar la guerra, porque no hay forma de continuar con este estado de cosas. Oleadas tras oleadas de bombarderos estadounidenses reducen a cenizas las principales ciudades del Japón. El bloqueo se hace sentir en todos los aspectos de la vida. Acecha el hambre y las enfermedades, no hay combustibles, la distribución de agua es intermitente, no hay energía eléctrica, la distribución de alimentos está llegando a niveles trágicos y los servicios de salud atienden sólo casos de gravedad”. No era esta la situación de una potencia fortalecida y desafiante.

Por el contrario, buscaba desesperadamente negociar. Ya lo habían comenzado a hacer con la Unión Soviética. Mientras tanto, se incrementaban los bombardeos de Estados Unidos contra el inerme territorio japonés, destruyendo lo poco que quedaba de su poderío militar y naval. Se trataba de “ablandarlo” antes del golpe decisivo, que nadie imaginaba de tal magnitud. En otro orden, Estados Unidos recelaba de las conversaciones y acuerdos a los que pudiera llegar Japón con la Unión Soviética, los que le podrían hacer quedar en una situación complicada en la región del Pacífico de cara a un escenario mundial distinto en la posguerra.

En este contexto, los triunfadores se reunieron en Potsdam, Alemania, en una reunión cumbre de los mandatarios de las potencias vencedoras en la guerra. El tema de Japón estaba presente como punto sobresaliente de la agenda. Estados Unidos, Gran Bretaña y China (aún no había triunfado la revolución de 1949) proclamaron que la única alternativa era la  "rendición incondicional". Además de ello, se exigía privar  a Japón de todas sus ganancias territoriales y posesiones fuera de las islas metropolitanas, y que se ocuparían ciudades del Japón hasta que se hubiese establecido "un gobierno responsable e inclinado a la paz" de acuerdo con los deseos expresados por el pueblo en elecciones libres. Dos días después de publicada la Proclama de Potsdam, Japón rechazó los términos de rendición incondicional.

Aunque existían muchos puntos a resolver, había uno sobre el que los aliados no se habían manifestado y que para Japón era de honor: el status de su Emperador, por el cual los japoneses estaban dispuestos a las últimas consecuencias. El asunto no era difícil de resolver toda vez que ninguna de las potencias se había manifestado reacia a una decisión favorable a la continuidad de la monarquía. La única línea de comunicación de Japón con los aliados era la Unión Soviética, que aunque tenía información de inteligencia acerca de la posesión por Estados unidos del arma atómica, se encontraba al margen de los preparativos bélicos de sus aliados occidentales. Por su parte, Estados Unidos dudaba de las negociaciones soviéticas e incluso suponía que la URSS, -en realidad- estaba ganando tiempo para una acción bélica propia que les diera el control futuro sobre Japón. En ese contexto, el nuevo presidente estadounidense Harry Truman  ordenó el lanzamiento de las bombas atómicas.


El resto de la historia es conocida, el 6 de agosto la aviación estadounidense dejó caer la bomba en la indefensa Hiroshima y el 9 del mismo mes se repitió la acción contra Nagasaki. El Emperador japonés se vio obligado a aceptar la rendición incondicional ante la visión apocalíptica de 220 mil muertos en ambas ciudades. Se iniciaba la era nuclear, la era del terror nuclear. El mayor acto terrorista de la historia de la humanidad se había consumado. 

La desnutrición es la principal arma de destrucción masiva


En septiembre de 2004 se realizó en New York la Conferencia Especial Sobre el Combate a la Pobreza y el Hambre en el Mundo de forma paralela a la LIX Asamblea General de Naciones Unidas. El evento, al cual asistieron representantes de alrededor de 150 países tuvo como siempre loables intenciones, pero inciertos resultados cuando en el mundo de hoy se trata de buscar recursos para desarrollar programas sociales y luchar contra la pobreza y el hambre.

Según Naciones Unidas, más de 1000 millones de personas viven con menos de un dólar al día y 24 mil seres humanos mueren diariamente por causas relacionadas con el hambre. De esa cifra, 11 mil son niños. En el mundo hay 840 millones de personas que sufren malnutrición: 790 millones en los países subdesarrollados y 50 millones en los países ricos.

El objetivo de la Conferencia era lograr un compromiso internacional para conseguir 50 mil millones de dólares anuales, los cuales según el Banco Mundial son necesarios para combatir este flagelo.

Lamentablemente, esta iniciativa no ha tenido viabilidad si observamos lo que ha ocurrido desde la celebración de la Cumbre del Milenio en 2000, en la cual se estableció como meta la reducción de la pobreza en el mundo a la mitad para el año 2015 para lo que se deberían utilizar recursos frescos dirigidos específicamente a este objetivo.

La propuesta planteó “ocho medidas concretas susceptibles de implementar”, pero no se detalló el contenido de las mismas. Los recursos necesarios se debieron haber obtenido a partir de la adopción de mecanismos de control efectivo de los acuerdos suscritos, incluidos los financieros y por medidas que se encaminaran a incidir en la resolución de los problemas que causan la pobreza. Algunas acciones concretas que se propusieron en el evento fueron la supresión de aranceles para las exportaciones de los países pobres, establecer gravámenes a las transacciones financieras internacionales, –lo que se denomina Tasa Tobin-, al transporte aéreo y a los beneficios de las multinacionales. También se dijo que era menester gravar a los gobiernos de países que generen altos niveles de gases de efecto invernadero y a las ventas de armas.

Todas estas propuestas son las que hicieron impensable –desde un primer momento- que la Conferencia pudiera haber tenido algún éxito. El entonces presidente de Estados Unidos –el mayor deudor de la ONU- George Bush se opuso rotundamente a esa iniciativa y no asistió a la Conferencia. Su Secretaria de Agricultura Ann Venemen se pronunció contra el impuesto global, y aunque parezca increíble expresó que “un impuesto global es antidemocrático”.

No se trata de ser pesimistas, pero si revisamos las metas de la Cumbre del Milenio veremos que en datos brutos la pobreza no ha bajado. Por el contrario, ha aumentado. Para lograr las metas de la Cumbre del Milenio se deberían haber reducido 28 millones de pobres por año y sólo se ha disminuido en 2.1 millones anuales. Por otra parte, la aspiración de lograr para el 2015 la enseñanza primaria universal se ha hecho a un ritmo tan lento que de seguir así se llegaría al objetivo en el año 2100. La propuesta de reducir la mortalidad infantil en menores de cinco años se ha logrado de manera simbólica de 86 a 82 por cada mil nacidos vivos. Siguen muriendo 11 millones de niños por enfermedades que pueden ser curadas o prevenidas. Se propuso detener y comenzar a revertir el SIDA y aunque las muertes por su causa y las nuevas infecciones por el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) se redujeron en 2011 con respecto al año anterior, el progreso para controlar la epidemia sigue siendo lento, según un informe de la agencia de Naciones Unidas contra el Sida (Onusida) divulgado el 18 de julio pasado.

Las muertes por esta enfermedad cayeron de 1,8 millones en 2010 a 1,7 millones en 2011, mientras que las nuevas infecciones por VIH pasaron de 2,6 millones a 2,5 millones, de acuerdo con el informe titulado "Juntos vamos a terminar con el SIDA" presentado en Washington.

Al observar estas cifras, es normal que cualquier persona se pregunte si es posible solucionar este problema y lograr un verdadero plan de lucha contra la pobreza y el hambre, y la respuesta es sí. Recursos existen, sólo se necesita de la voluntad política y la decisión de los gobernantes de los países ricos.

Veamos. Para movilizar las tropas para a fin de invadir Irak, el Presidente de Estados Unidos pidió al Congreso 75 mil millones de dólares para el primer mes de combates, (marzo de 2003). Eso se suma a los 90 mil que ya habían gastado. Para tener una idea clara, la suma de 165 mil millones de dólares, servirían para construir 5500 hospitales de Tercer Nivel (es decir que tengan todas las especialidades). Si se calcula que hay 150 países pobres en el mundo, a cada país le podría tocar 37 hospitales (por ejemplo, en un país como Sudáfrica significaría 4 por provincia, y al menos 3 por cada departamento haitiano). Así, el problema de la salud daría un gran avance para la humanidad solamente con el dinero que se gastó para movilizar a las Fuerzas Armadas de Estados Unidos para el conflicto en Irak. Se debe considerar que la ocupación estadounidense de ese país duró casi 9 años), lo cual permitiría multiplicar las cifras anteriores por alrededor de 100.

Por otro lado, debemos recordar que el presupuesto militar de Estados Unidos para el año fiscal 2013 es de 643 mil millones de dólares, lo necesario para cubrir casi 13 años de lucha contra el hambre y la pobreza en el mundo según el plan presentado en la Conferencia de 2004. Es importante comparar esta cifra con los alrededor de 30 mil millones de dólares que el propio Estados Unidos destina a la salud, es decir menos del 5 % de los gastos militares.

También se deben considerar los ingentes recursos que los países pobres tienen que destinar al pago de la deuda y que deben sustraer de la inversión social. A pesar que los países subdesarrollados han pagado en los últimos 13 años 4.1 millón de millones de dólares por servicios de la deuda -nótese que son servicios, no amortizaciones, por lo que la deuda se mantiene y crece- la misma aumentó de 1.4 millón de millones a 2.6 millón de millones, es decir se han pagado tres veces lo que se debía y ahora la deuda es el doble.

En resumen, todas las iniciativas que se presenten para mejorar las condiciones de vida de la humanidad son viables, pero –hay que reiterarlo- debe haber un compromiso político real de los países ricos por cumplirlas, sino serán echadas en “saco roto” y los pueblos se seguirán preguntando cuál es el beneficio real de los acuerdos a que se llega en las conferencias internacionales e incluso se cuestionarán acerca de la validez de la existencia de la Organización de Naciones Unidas.

martes, 7 de agosto de 2012

La intervención imperial en Siria. Marco regional y global


Los medios de prensa occidentales se han apresurado en informar que el gobierno sirio vivía sus últimos días. Sin embargo, las cosas parecen estar cambiando, el domingo pasado citando un cable de la Agencia Francesa de Prensa, el periódico El Tiempo de Bogotá informó en una nota  “Bastión rebelde sirio, acorralado”.

Lo más increíble de esta situación es constatar cómo Estados Unidos y Europa, ahora con el apoyo de las monarquías árabes,  manejan a su antojo y tergiversan los patrones del comportamiento democrático para –sin inmutarse- imponer “soluciones particulares” a un problema que lo ven como general. Así, produjeron recambios en Túnez y Egipto, invadieron Libia, antes lo habían hecho en Afganistán e Irak, acusan al gobierno sirio de estar constituido por una minoría religiosa, pero en Bahréin,  donde ocurre lo mismo, apuntalaron la grosera y brutal entrada de los tanques sauditas que reprimieron a la población causando muchos muertos entre la población civil. En Yemen, trataron hasta el final de sostener el régimen, para que, cuando esto se hizo imposible, hacer una transición acorde a sus intereses.

Para entender lo que pasa en Siria hay que  estudiarlo en un marco geopolítico regional y global. El consabido tema de los derechos humanos y la democracia utilizado desde la perspectiva hipócrita de Estados Unidos, -país que más que ninguno protege terroristas y fomenta su acción en todo el planeta- va siendo trillado cuando contrastamos el discurso con la práctica. Como lo afirma la analista chilena Cristina Oyarzo “Los medios de prensa oficiales hacen girar sus secciones internacionales en torno al tema sirio, visto desde la lógica de la democracia y los Derechos Humanos. Vemos a Hillary Clinton haciendo llamamientos seudoreligiosos a la comunidad internacional para “proteger” y “salvar” a los civiles ante las brutalidades de un gobierno autoritario. El argumento moral, baratija política cotidiana, termina por embrutecernos”.

En ese marco, Siria es una pieza fundamental para el control primario del Medio Oriente, región rica en recursos energéticos, incluyendo el agua dulce de los Ríos Tigris y Éufrates y por su ubicación geográfica. Desde hace muchos años se ha estructurado una campaña mediática de Estados Unidos para sacudirse gobiernos que no le son afines y que impiden consolidar una estrategia para la región que se sustenta en el papel de Israel como portaviones de cualquier acción terrorista imperial en la zona.

Es sabido que Estados Unidos junto a Turquía, país miembro de la OTAN, en coordinación con las monarquías petroleras del Golfo Pérsico han apoyado desde hace años a la organización fundamentalista Hermanos Musulmanes y a fuerzas mercenarias para atacar Siria. Para ello –y sin ser lo primordial como pretenden demostrar los medios de comunicación- han apuntalado a las corrientes musulmanas sunitas opuestas al gobierno alauita de Damasco. Con ello se pretende debilitar el crecimiento de la influencia iraní y a todas las fuerzas que se oponen al imperialismo y al sionismo en la región, en particular al movimiento Hezbollah de El Líbano.

Todo esto ha estado sostenido por la máquina mediática que tiene su origen en la cadena televisiva catarí Al Jazzeera, con fuertes vínculos de subordinación a la BBC de Gran Bretaña.

En Siria, más allá de las simpatías o antipatías que genere el gobierno, el mismo sigue contando con influencia en la mayoría de la población.  Los actos terroristas organizados por la Administración Obama con sus pares de la OTAN  y financiados por las monarquía corruptas y violadoras de los derechos humanos de la región siguen todavía siendo un factor externo y el gobierno está actuando como lo haría cualquiera que es objeto de un agresión externa, o es que alguien se olvida que la venganza de Estados Unidos por el ataque japonés a Pearl Harbour fue lanzar dos bombas atómicas a ese país cuando ya estaba derrotado -fecha que por cierto se conmemora en estos días- o ya nadie rememora la respuesta de los pueblos europeos ate la bárbara ocupación nazi. Quienes pretenden mostrar lo que ocurre en Siria como una guerra civil en realidad de lo que están hablando es de lo que quisieran que aconteciera. Por ahora, lo que está aconteciendo es una invasión mercenaria desde Turquía, Irak, El Líbano y Jordania que se refugia en la población civil y que ha intentado sin éxito ocupar territorios para “liberarlos”. Alepo ni Homs han sido -al menos hasta ahora- la Benghazi siria. Y aquí, por diferentes razones, la posición de China y Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU no ha sido el mismo enfoque débil y subordinado que mostraron en Libia.

Por otro lado, y a diferencia de lo que ocurrió en Libia, en Siria ha sido imposible construir un bloque homogéneo de oposición. El analista vasco Txente Redondo, citando a un periodista local dice que las fuerzas opositoras  al gobierno sirio están “divididas, reina un ambiente de desconfianza, son débiles y les falta experiencia”. Y agrega, “Todo ello es una muestra evidente también de que son actores fácilmente manipulables por terceros actores”.

Como ocurre en casi todos los puntos del planeta donde Occidente organiza, prepara y arma fuerzas mercenarias a su servicio, éstas no tienen una agenda común ni un programa de cara al futuro. La misión que les han encomendado es producir el derrocamiento del gobierno, a fin de dar cabida a uno que pueda insertarse en los planes imperiales de dominio y hegemonía.

Redondo afirma que el Ejército Libre de Siria (ELS), cuenta con la asistencia del llamado “quinteto” (EE.UU, Consejo de Cooperación del Golfo, Turquía, OTAN y al Qaeda). Así, mientras que Arabia Saudita, Qatar y Turquía ofrecen apoyo material a los rebeldes, EE.UU y sus aliados en la OTAN estarían aportando soporte de inteligencia y “otras formas de asistencia” (la presencia de la CIA en Turquía es más que evidente).

La nueva carta que se ha comenzado a jugar la OTAN es la del general desertor Munaf Tlass, hijo de uno de los líderes más prominentes  del partido Baas del presidente El Assad y amigo de éste desde la infancia a pesar de que Tlass es sunita y El Assad alauita. Tampoco las deserciones han sido numerosas ni relevantes en las filas del gobierno, pero la huida de Tlass a Londres supone una figura salida de las entrañas del régimen a través del cual Occidente pretende unir a las dispersas fuerzas opositoras. 

El problema de fondo es que nadie sabe qué puede pasar en Siria ante un cambio de gobierno. Las monarquías árabes y Turquía  se han involucrado de lleno en el derrocamiento de El Assad porque a través de ello pretenden debilitar la influencia de Irán. Sin embargo, el escenario más probable es el de un caos del que al igual que en Libia sacarían mayor provecho fuerzas musulmanas  extremistas entre las cuales destaca Al Qaeda.


Todo esto hace que el futuro de Siria y de la región sea problemático. Estados Unidos y la OTAN, -como siempre- juegan en todos los escenarios, en el bélico aupando a las bandas mercenarias y en el diplomático tratando de quebrar la voluntad de China y Rusia en el Consejo de Seguridad. En esto se inscribe la renuncia de Kofi Annan como enviado especial de la ONU. Su misión fracasó por la presión de las potencias que perseveran en su afán intervencionista y en la solución militar del conflicto. Aunque esta gestión se desenvolvió siempre en un marco de debilidad, por las posiciones opuestas en el Consejo de Seguridad, la sola existencia de una opción de paz señalaba una luz en medio del túnel. Esta renuncia podría abrir el camino a la intervención militar y pondría en cuestión el papel que la ONU pueda jugar en el futuro  como garante de la paz en el mundo.