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viernes, 21 de abril de 2017

Corea. ¿De dónde viene el peligro?

Durante la VII Cumbre de la OEA+Cuba celebrada en Panamá en 2015, después de la extraordinaria intervención del presidente Rafael Correa, su colega estadounidense Barack Obama opinó que consideraba que no era útil recordar la historia. Colombia, se había adelantado al criterio del mandatario de la mayor potencia mundial y ya a comienzos de los años noventa del siglo pasado, la cátedra de historia desapareció como asignatura obligatoria de los pensum de estudio de la enseñanza media de este país. Los nuevos libros para enseñanza de la materia reflejan “poca profundidad y articulación entre los temas”, según un artículo publicado en agosto de 2015 en el periódico El Espectador de Bogotá.

En materia de educación, tal vez no haya nada mejor para las clases dominantes que borrar la historia para hacer de las nuevas generaciones entes intelectualmente amorfos que no sepan dilucidar el origen de la problemática que aqueja a sus países y al mundo. Obama, un académico de la prestigiosa Universidad de Harvard, sabía perfectamente lo que hablaba en Panamá, en el fondo estaba instando a que latinoamericanos y caribeños olvidáramos el rosario de tropelías y barbaridades cometidas por su país en los últimos doscientos años.

Toda esta reflexión vino a mi recuerdo al observar los ya consuetudinarios hechos en la península coreana que se vienen repitiendo con mayor o menor intensidad desde hace muchos años. Como es habitual se fabrican matrices de opinión que hacen olvidar el origen de los problemas, ubicando el centro de los mismos en lugares y hechos reales o no, acorde al interés de las potencias.

Parece olvidarse que el arranque del “problema coreano” no está en la posesión de armamento nuclear por parte de la República Popular Democrática de Corea, (RPDC) que es un hecho relativamente reciente, sino en la presencia injustificada en el sur, de uno de los mayores contingentes militares de Estados Unidos en cualquier lugar del mundo. En la década de los 50 del siglo pasado, Estados Unidos logró “vender” su versión de que la guerra en Corea había tenido su inicio a partir de la “agresión” del Sur por el ejército del Norte, como expresión de la política expansiva de la Unión Soviética. Es el primer absurdo, un país no se agrede a sí mismo, y hay que recordar que la línea fronteriza fue impuesta por las potencias a los coreanos del norte y del sur después de las conferencias de El Cairo (1943), Yalta (1945) y Potsdam (1945) cuando ya había finalizado la guerra en Europa y solo unos días antes que Estados Unidos lanzara las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. A los coreanos, nadie les preguntó nada. Como resultado de esa decisión, en el norte se estableció un gobierno popular, al mismo tiempo que la Unión Soviética tenía una presencia discreta en el país, mientras en el sur, el General estadounidense John R. Hodge desconoció la decisión de los comités de resistencia que se instalaron en Seúl y que propugnaban la independencia de toda la península. Hodge instauró un Consejo Asesor, formado por japoneses y colaboracionistas, ninguno de los cuales hablaba coreano, el cual constituyó un “Consejo Democrático Representativo” elegido a dedo, que impuso un gobierno fascista dirigido por Syngman Rhee, quien había vivido 37 años del total de sus 60, en Estados Unidos. 


En 1946, la ONU manejada por Estados Unidos organizó elecciones en el sur, las bandas terroristas asolaron a los opositores a Rhee, y cometieron alrededor de 600 asesinatos políticos, todo lo cual condujo a un triunfo de la derecha, con el aval de la ONU. En 1948 estallaron dos rebeliones en el sur en Yosu y Cheju Do. En las nuevas elecciones de 1950, era evidente que Rhee iba a ser derrotado. Estados Unidos entendió que la única manera de impedirla era mediante una intervención militar.

En esas condiciones se produjo la ofensiva del Norte sobre el Sur, a fin de unificar la nación en un solo país, la abundante información obtenida posteriormente demuestra que a la Unión Soviética la guerra en Corea no le fue beneficiosa, sobre todo porque impidió que a la recién creada República Popular China le fuera adjudicado el asiento que en justicia le correspondía en la ONU y sobre todo en el Consejo de Seguridad. Además, este conflicto significó para los soviéticos el desvío de importantes recursos necesarios para su propia defensa, tras la creación de la OTAN en 1949.

En el desarrollo del conflicto bélico propiamente, mientras este se desarrolló entre las fuerzas del norte y el ejército reaccionario de Syngman Rhee, el avance de las tropas bajo el mando de Kim Il Sung tuvieron un éxito arrollador estando a punto de lograr la victoria total, hasta que las fuerzas armadas de Estados Unidos pertenecientes a la VII Flora acantonadas en Japón intervinieron directamente, sin autorización de la ONU que debió aceptarlo como un hecho consumado para guardar las apariencias, creando un contingente militar con tropas de 15 países, siendo Colombia el único latinoamericano que lo integró, aportando 5100 soldados de los 140 mil del contingente internacional que se agregó a los 480 mil de Estados Unidos.

Las fuerzas armadas estadounidenses contuvieron el ataque coreano e iniciaron la ofensiva para derrotar y hacer desaparecer al gobierno de Kim Il Sung, sin embargo la oportuna presencia de una gran fuerza militar china impidió la explotación del éxito inicial por parte de Estados Unidos. El gigante asiático estaba preocupado por la posibilidad de la irrupción del conflicto en territorio propio bajo la obsesiva amenaza del general MacArthur de prolongarlo, incluso con el uso del arma atómica, lo cual obligó al presidente Truman a destituirlo en abril de 1951, todo en medio de la histeria anticomunista que desataba en Estados Unidos el senador Joseph McCarthy. 

Rhee fue destituido en 1960, después de grandes manifestaciones populares y estudiantiles que dieron al traste con su brutal gobierno represivo. Sin embargo, las fuerzas militares estadounidenses no abandonaron la península y hasta hoy se mantienen como fuerzas de ocupación en el sur y como amenaza a la estabilidad política del país y de la región. Si observamos que Estados Unidos tiene 28 mil soldados en 85 bases militares en Corea y 50 mil soldados en 109 bases militares en Japón, incluyendo naves portadoras de armamento nuclear, es comprensible que cualquier país, en este caso la RPDC tome medidas para salvaguardar su defensa, sobre todo si se considera la agresividad de la política exterior de Estados Unidos y el innegable hecho histórico de haber sido el único país en lanzar bombas atómicas sobre dos ciudades inermes cuando Japón estaba virtualmente derrotado en 1945.

Por supuesto que ningún país debería tener armas nucleares, mucho menos debería usarlas, pero eso forma parte de la hipocresía internacional que permanece mudo ante los programas nucleares de Israel, Pakistán e India, pero arma un escándalo ante la misma situación en Corea o Irán. Si se va a aplicar la ley internacional, que se haga de la misma manera con todos. ¿Por qué la RPDC no puede desarrollar su programa nuclear defensivo mientras la comunidad internacional permanece muda cuando Israel argumenta lo mismo?

En 1994, la RPDC firmó un acuerdo con la Administración de Bill Clinton por el cual aceptaba el cierre de los reactores de Yongbyon y el abandono de la construcción de dos centrales nucleares. También aceptó un acuerdo con el Organismo Internacional de la Energía Atómica para que éste llevara a cabo inspecciones. Por su parte, Estados Unidos se comprometió a normalizar las relaciones diplomáticas y económicas con Pyongyang, levantar las sanciones y proporcionar dos reactores de agua ligera que no pueden ser usados con fines militares. Este acuerdo chocó con los sectores belicistas de Estados Unidos que forzaron su rechazo En 1999, la paciencia de Pyongyang se agotó y reanudó su actividad nuclear.

En junio de 2000 se celebro en Pyongyang la histórica Cumbre entre las dos Coreas. Los dos mandatarios firmaron un acuerdo para trabajar conjuntamente a favor de la reunificación del país. En 2003 se realizó la primera ronda de negociaciones con la participación de China, Rusia, Estados Unidos, Japón y las dos Coreas y en febrero de 2004 durante la segunda ronda, Pyongyang aceptó concluir con su programa de proliferación nuclear, siempre que se le otorgaran seguridades de que Washington no tomaría represalias. Estados Unidos ni siquiera se molestó en dar una respuesta.

En 2007, tras cuatro años de negociaciones la RPDC aceptó cerrar el último reactor nuclear que estaba operativo en Yongbyon a cambio de ayuda internacional. El Consejo de Seguridad de la ONU celebró tal decisión, mientras tanto todos los años Estados Unidos y Corea del Sur continuaban realizando gigantescas maniobras militares y navales con la participación de armamento nuclear que apunta hacia la RPDC. 


Veintiocho años después de finalizada la guerra fría, las armas de Estados Unidos se siguen dirigiendo contra la RPDC, pero esta actitud a favor de incentivar el conflicto también está enfocada contra China y Rusia, que han rechazado el despliegue del sistema antimisiles THAAD en territorio surcoreano el cual amenaza directamente a la fuerza balística nuclear de disuasión de las dos potencias 

Vistas así las cosas, podríamos preguntarnos, ¿De dónde viene el peligro?, ¿Quién está amenazando a quién?, ¿No ha dado la RPDC suficientes muestras de querer resolver el conflicto por vía de la negociación?, ¿Tiene o no derecho la RPDC a protegerse? Juzgue usted mismo respetado lector.

sábado, 15 de abril de 2017

La verdad ha muerto: relaciones internacionales y medios de comunicación.


La humanidad debió recorrer un largo camino para darse un basamento jurídico que intentara darle equidad a colectividades independientes y políticamente diferentes que habitaban el planeta. Sólo en el siglo XVI, en Europa aparecieron los primeros Estados nacionales, pero hubo que esperar hasta el XX, cuando a partir del principio de la soberanía, se creó la primera sociedad internacional que realmente podía ostentar ese nombre. Aunque la Sociedad de Naciones creada tras la primera guerra mundial fracasó estrepitosamente, al no poder impedir el desarrollo de las condiciones que condujeron a la segunda gran conflagración mundial. El eje nazi-fascista pudo ser derrotado y las potencias triunfantes en el conflicto se pusieron de acuerdo para dar origen a la Organización de Naciones Unidas (ONU) en 1945. 

Con ello, se aprobó una estructura para el sistema internacional, que se sustentó en la Carta Internacional de Derechos Humanos, documento que comprende la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y sus dos protocolos facultativos. Esta fue la base para la construcción del Derecho Internacional público como soporte regulador del comportamiento de los Estados y de otros sujetos internacionales, en sus competencias propias y relaciones mutuas, sobre la base de ciertos valores comunes, para realizar la paz y cooperación internacional, mediante normas nacidas de fuentes internacionales específicas, o más brevemente, se puede afirmar que “es el ordenamiento jurídico de la Comunidad Internacional”, como reza su definición más clásica. Este ordenamiento ha permitido que en los últimos 70 años, a pesar de todos los desmanes hechos por las potencias, el mundo haya podido eliminar casi totalmente el colonialismo, permitiendo que nuevas naciones y pueblos puedan tener acceso a construir Estados propios con igualdad de derechos en el sistema internacional. Así mismo, se ha conseguido una paz relativa que evitó un holocausto nuclear, el cual podría haber conducido al fin de la especie humana en el planeta.

Junto a ello, el Derecho Internacional universal dio espacio para la construcción de regímenes jurídicos regionales, a partir de sujetos que tienen cierta homogeneidad política, económica, social y cultural y que además comparten un territorio continental común. En este marco, al Derecho Internacional americano le ha cabido un papel paradigmático en relación a otras regiones a pesar de que se ha construido a partir de una doctrina de imposición y avasallamiento, cual es la idea monroista y panamericana que no tiene asidero en la definición antes enunciada. La imposibilidad de construir un Derecho Internacional a partir del ideario bolivariano, ha hecho que el Derecho Internacional americano -en el cual los juristas latinoamericanos han introducido la parte principal a través de la historia- se haya tenido que basar en la defensa de la región frente a los abusos de Estados Unidos. En esa medida, es un derecho construido contra natura, toda vez que uno de sus aparentes suscriptores es quien lo ha pisoteado permanentemente.

Como nunca antes en la historia, en menos de una semana, Estados Unidos ha hecho un gran esfuerzo por torpedear uno y otro. En la región, la OEA un engendro concebido para salvaguardar sus intereses hemisféricos ha sufrido un traspiés institucional cuando violando sus propias regulaciones, convocó a una reunión espuria a fin de sancionar a Venezuela. La desesperación por lograr un resultado favorable la ha llevado al extremo de forzar el entramado corporativo que ha permitido realizar invasiones, asesinatos y secuestros de mandatarios, golpes de Estado y todo tipo de aberraciones de carácter jurídico encaminados a sostener la hegemonía en su “patio trasero”.

De la misma manera, en la instancia global, pasó a llevar a la ONU y a su Consejo de Seguridad ordenando un bombardeo ilegal en Siria, amenazando con un contingente naval a la República Popular Democrática de Corea y lanzando una bomba de gran poder destructivo en Afganistán. En el primer caso, Trump incluso pasó por encima de la legal y necesaria autorización del propio Congreso de Estados Unidos.

Cuando en un plazo tan corto, una potencia es capaz de realizar acciones agresivas simultáneas en países de dos continentes y cuatro regiones: América Latina, Medio Oriente, Asia Central y Oriental, violentando el orden jurídico global y regional, además del de su propio país, podemos afirmar que nos encontramos en una situación de alta peligrosidad para la estabilidad política y la mantención de la paz en el mundo. 

La última vez que algo similar había ocurrido fue durante el ascenso del fascismo en Italia, el nazismo en Alemania y el expansionismo japonés en Asia, durante la tercera década del siglo pasado. De la misma manera, en ese momento, se comenzó a manifestar un incremento desmesurado del armamentismo y el espíritu expansionista en Alemania que la llevó a ocupar la Cuenca del Sarre bajo control de la Sociedad de Naciones en 1935, la remilitarización de Renania en 1936 y la ocupación de Austria y Checoslovaquia en 1938, al mismo tiempo que se producía la guerra civil en España culminada con la victoria de los falangistas encabezados por Francisco Franco, aliado de Hitler y Mussolini, todo esto antes de la invasión a Polonia en 1939 que dio inicio oficial a la guerra. Estas acciones llevadas adelante por la Alemania hitleriana infringían el Tratado de Versalles, las decisiones de la Sociedad de Naciones y el frágil derecho internacional existente.

En paralelo, bajo dirección de Joseph Goebbels, ministro de Ilustración Pública y Propaganda del gobierno alemán, se desarrollaban acciones de propaganda con un fuerte contenido racista. Como vehículo para su trabajo, Goebbels tomó control de los medios de comunicación, cine y radio para utilizarlos con fines de divulgación de las ideas fascistas, antisemitas y anti cristianas, a través de la publicidad y un novedoso manejo del lenguaje. Su frase más famosa “Miente, miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira, más gente la creerá”, hoy podría ser fácilmente el lema de CNN u otra cadena transnacional de comunicación, vistas su manejo de los hechos cotidianos. Otro tanto podría decirse de las llamadas redes sociales, en las cuales se puede hacer cualquier afirmación, sin asumir responsabilidad jurídica ni mucho menos ética.

Las recientes actuaciones del vocero de la presidencia de Estados Unidos Sean Spicer, hacen recordar al jerarca nazi, por la similitud de su discurso, aunque el alemán lo supera ampliamente en cuanto al manejo del lenguaje y la cultura general. En el colmo de su ignorancia, Spicer se atrevió a afirmar que Hitler nunca había usado armas químicas, negando con ello el asesinato de millones de judíos por el nazismo en las cámaras de gases. 

No pretendo hacer un símil entre Trump y Hitler, solo recrear una situación de la historia que condujo a una devastadora guerra que causó más de 60 millones de muertos, así como de las causas que la generaron. Hitler acusó falsamente a los comunistas de incendiar el Reichstag cuando en realidad la acción terrorista fue planeada por los nazis como una operación de falsa bandera con el fin de aumentar su creciente poder.

En junio de 2013, Ben Rhodes, asesor de seguridad nacional del presidente Barack Obama afirmó que "Nuestra comunidad de inteligencia ha determinado que el régimen de Assad ha usado armas químicas, incluyendo el agente nervioso sarín, a pequeña escala, contra la oposición en múltiples ocasiones el último año". Esto sirvió como justificación para que el gobierno estadounidense enviara armas a los mercenarios que combaten contra el gobierno sirio. Aunque Rhodes no proporcionó detalles sobre tales informes que según él fueron elaborados por la "comunidad de inteligencia" ni dio pruebas científicas avaladas por instituciones respetables y creíbles, sus aseveraciones fueron determinantes toda vez que aseguró que provenían de "fuentes múltiples e independientes" de información que certificaban una "alta confianza". Un discurso similar, casi sin diferencias, motivó al presidente Trump a bombardear un aeropuerto en Siria, la semana pasada. 

Estas circunstancias análogas no pueden dejar de observarse. Después de todo, gobierne quien gobierne en Estados Unidos su actuación imperial es parte de su marca genética. En un artículo titulado “El nacimiento de una nueva época: la post verdad” escrito por el sacerdote jesuita Nathan Stone, éste nos informa que el Oxford English Dictionary (OED) escogió un término escandaloso para su palabra del año 2016: post-truth, (post-verdad) la cual define como relacionada “a circunstancias en las cuales los hechos objetivos tienen menos peso sobre la opinión pública que los sentimientos y creencias personales”. Este es el elemento fundamental sobre el que se construye la desinformación que emerge de las redes sociales. 

Stone afirma que la post verdad “pareciera indicar una época en la cual la verdad quedó como la obsesión excéntrica de algunos, una moda obsoleta de antaño” y lo reafirma señalando que el Washington Post nos ha comunicado que: “Es oficial. La verdad ha muerto. Los hechos pasaron de moda. Se espera que se trate de una dosis de ironía. Los políticos siempre han mentido, pero, de ahora en adelante, no importa”.

sábado, 8 de abril de 2017

El golpe de Estado más extraño de la historia


Desde hace como seis meses mi esposa me venía insistiendo en la necesidad de comprar platos para el uso cotidiano en nuestra casa. La semana pasada, la situación hizo crisis, quedaban dos platos y ambos estaban cuarteados y rotos, el jueves al mediodía nos dimos a la tarea de resolver el problema. Cuando manejo, sobre todo cuando mi hijo va en el vehículo, no atiendo el celular, de manera que tras la necesaria incursión, regresé a casa, para encontrar una avalancha de correos y mensajes de texto, algunos de amigos sinceramente preocupados por nuestra integridad física y otros deseosos de saber cuál era la situación del país, tras el “golpe de Estado” que había acontecido. Junto a ello, la llamada de varios medios de comunicación del exterior, solicitando entrevistas para explicar “cómo estaba el país tras los hechos ocurridos”. 

Mi primera reacción fue de sorpresa, venía de atravesar buena parte de la ciudad y estaba todo absolutamente normal. Algunos amigos, así como periodistas a los que contacté insistían en que investigara bien, porque según ellos se había producido un golpe de Estado en Venezuela de acuerdo a lo que informaban casi todos los medios de comunicación internacional. Por supuesto, la mención de “medios de comunicación internacional” movió los hilos de mi entendimiento y comencé a “aterrizar” en lo que debía estar pasando, mi pensamiento me condujo al inevitable: “otra vez lo están haciendo”, pero no dejaba de preocuparme de que mientras se estaba desarrollando un golpe de Estado, yo realizaba la banal labor de comprar platos. 

Recordé aquel lejano 11 de septiembre de 1973: los militares entrando con atuendos de guerra en edificios gubernamentales y deteniendo a mansalva a todo quien se moviera por las calles de Santiago, los Hawker Hunter volando sobre la ciudad para bombardear la Moneda, la prohibición y censura total a los medios de comunicación, la prohibición de funcionamiento de los partidos políticos y sindicatos, la represión masiva en universidades, en una de las cuales fue detenido mi padre, quien por su acento del Caribe, fue acusado inicialmente de ser “cubano”, la paralización de clases en todos los niveles de la educación, el allanamiento de las industrias, la detención y el asesinato sumario de sus dirigentes. Hasta yo, siendo un simple dirigente estudiantil de un liceo de Santiago, tuve que esconderme por algunos días. Nada de eso, pasaba en Caracas ese jueves 30 de marzo. Era un golpe de Estado muy extraño. Pero si suponía que ya había visto demasiadas cosas raras, tuve que prepararme para otras verdaderamente insólitas en los próximos dos días. La magnitud de la confabulación que se armó contra Venezuela unía a una variada fauna de distinto pelaje. 

Los medios de comunicación colombianos interrumpieron su programación, los noticieros iniciaban sus ediciones hablando largamente de Venezuela. El presidente Santos desde Cartagena exigía el respeto a la democracia. No bastaban la muerte por desnutrición de catorce mil niños wayúu en la Guajira según denuncia de Javier Rojas Uriana presidente de la Asociación Indígena en entrevista con la periodista Claudia Morales de la W Radio de Bogotá, o un Congreso taponado de corruptos y paramilitares, tampoco el asesinato de más de doscientos líderes sociales y activistas de derechos humanos en los últimos meses, mucho menos la asociación entre políticos y narcotraficantes o el incumplimiento del gobierno de los acuerdos con las Farc, una vez que el presidente obtuvo su Premio Nobel. No es noticia, los pacientes que mueren en las puertas de los hospitales porque las Empresas Prestadoras de Salud (EPS) les niegan el elemental derecho a atención médica. No es menester hablar de los centenares de miles de niños que no tienen acceso a educación de calidad, o de la crisis en el campo, o la persecución y asesinato de indígenas en el Cauca que mueren impunemente por tratar de recuperar la tierra que les robaron los latifundistas amparados y protegidos por paramilitares. 

En el colmo del paroxismo, se realizó una gran marcha “contra la corrupción” organizada entre otros por John Jairo Velázquez, alias Popeye, el jefe de sicarios de Pablo Escobar en alianza con el Centro Democrático, partido de Álvaro Uribe, y el ex procurador Ordoñez, destituido de su cargo el año pasado, tres ejemplos prístinos de la corrupción en Colombia. Pero no, nada de eso, Venezuela seguía siendo más importante, hasta que la tragedia se volcó sobre Mocoa, capital del abandonado y empobrecido Departamento del Putumayo, víctima de la naturaleza, pero sobre todo de la desidia y el desprecio de los gobiernos de ese país. Ahora, los medios tenían –a costa de los centenares de muertos y miles de víctimas- otra noticia que les permitiría vender publicidad y elevar el raiting de su inmoralidad consuetudinaria. La respuesta de Venezuela fue ofrecer su apoyo solidario e inmediato para ayudar a los miles de ciudadanos afectados. No se nos olvida que para Bolívar primero fue Boyacá que Carabobo, esa es nuestra herencia -cuando se trata de combatir la adversidad-, una y otra vez se debieron posponer los nacionalismos y hacer prevalecer la fraternidad humanitaria como pueden testimoniarlo los casi 10 millones de extranjeros que viven en este país, el 30% de su población. 



Un día después del mencionado “golpe de Estado” continuaron los zarpazos, el gobierno de Perú, aquel presidido por ese pobre hombre que considera a su país como un “perro simpático” que está durmiendo en la alfombrita de la Casa Blanca de Washington y no le genera ningún problema a Estados Unidos, retiró su embajador de Venezuela. Mientras ello ocurría, Perú es preso de la incapacidad gubernamental para dar respuesta a la crisis generada por los desastres naturales: Kuczynski fue alertado hasta en tres ocasiones desde enero por los organismos competentes del riesgo que tenía el país ante “las condiciones océano atmosféricas en el Pacífico Ecuatorial Oriental, que incluye la costa norte del Perú” por lo que consideraban “que se han consolidado las condiciones de un evento El Niño costero débil en el presente verano”. Este presidente que piensa en inglés, más preocupado de la democracia en Venezuela que de su pueblo, hizo caso omiso de tales advertencias, que ahora deben lamentar centenares de miles de ciudadanos. Si hubiera justicia, este señor debería ser juzgado por negligencia e ineptitud en el desempeño de sus funciones. 


Otro tanto hizo su vecina del sur, la presidenta Bachelet, indigna de su pasado y de la propia memoria de su padre, habiendo vivido ella misma la brutalidad de un golpe de Estado, y sin guardar las dimensiones con lo ocurrido en Venezuela actuando de inmediato y con lealtad perruna al secretario general de la OEA, se apresuró a denunciar el “golpe de Estado” y llamar a su embajador a Santiago. Este caso, no sorprende a nadie, tal actitud forma parte del ADN de su coalición de gobierno, ya en 2002, el ex presidente Ricardo Lagos, fue el primero en apoyar a los usurpadores que destituyeron al Comandante Chávez, cerrando su embajada para que ningún perseguido (ahí si los hubo y ese mismo día) pudieran acogerse a la institución del asilo y tener protección. La Nueva Mayoría gobernante en Chile (antes Concertación de Partidos por la Democracia) no actuó con la misma decisión ni celeridad durante los golpes de Estado contra los presidentes Manuel Zelaya en Honduras en 2009 ni Dilma Rousseff en Brasil en 2016. Tampoco la tuvo Sebastián Piñera en 2012 cuando fue derrocado por la misma vía el presidente Fernando Lugo en Paraguay. Casualmente ambos, Lagos y Piñera son pre candidatos a la presidencia de Chile, así que si de algo debemos estar seguros, es que habrá continuidad en la voluntad golpista y reaccionaria de la clase política chilena que actúa sin conflictos en los marcos “muy democráticos” de la Constitución impuesta por Pinochet cuando no había registros electorales ni un poder electoral autónomo como si lo hay en Venezuela. Por desgracia para la presidenta chilena, su ministro de relaciones exteriores y la clase política chilena, en Venezuela no hay un General Pinochet y si hay muchos Generales Prats y Bachelet, leales a la Constitución y a la democracia, dispuestos como ellos a entregar su vida para rechazar los planes golpistas que apoya el gobierno chileno. 

Para cerrar esta semana de confusiones, con verdadero estupor asistimos al show de Mercosur, el cual después de expulsar ilegalmente a Venezuela, se reunió de urgencia para analizar “la interrupción de la democracia” en la República Bolivariana. Lo grotesco del caso es que los reunidos eran los representantes de Brasil, un gobierno ilegitimo e ilegal que si protagonizó un golpe de Estado, cuyo mayor impulsor, Eduardo Cunha, hoy está preso por corrupto, Paraguay, donde en ese mismo momento se estaban produciendo violentas manifestaciones populares de rechazo a la imposición ilegal de una enmienda a la Constitución en el Senado, que permitiría la reelección presidencial. En Paraguay si hubo un asesinado y de forma atroz, además de 30 heridos, entre ellos 3 diputados, ante el silencio cómplice de la OEA y el propio Mercosur. Argentina, donde el democrático presidente Mauricio Macri en un poco más de un año ha tomado medidas de corte neoliberal que han significado la cesantía de alrededor de medio millón de ciudadanos con el consecuente aumento de la pobreza y la marginación y Uruguay…ay Tabaré, recuerdo hace solo unos años cuando con perversa sumisión y de manera vergonzosa para tu condición de representante de un pueblo digno y fraterno, le pedías al presidente Chávez que salvara tu hospital oncológico que moría por la inacción del gobierno. Nuevamente primó el espíritu humanitario bolivariano y Venezuela concedió un crédito muy blando para recuperar el hospital. Pero lo que Chávez no aceptó, fue el negocio que ofrecías para vender la arruinada línea aérea Pluna, que no tenía ninguna posibilidad de ser reflotada en los términos tramposos y mentirosos que tu planteabas, como lo afirmaba una persona conocedora y cercana al tema y que no voy a mencionar porque ya falleció. Y llorabas para que Venezuela introdujera el software libre y le diera el millonario negocio a tu hijo. No sé si lo hicieron o no, tampoco me interesa, solo recordaba tu actitud oportunista y despreciable, propia de personajes de baja calaña que se disfrazan de progresistas para cometer sus desmanes. ¿Es este el Mercosur que le reclama democracia a Venezuela? No se puede predicar moral, mientras se exhiben los genitales. No es decente ni decoroso. 

En fin, Venezuela, no tiene una mejor democracia que nadie, pero tampoco es peor que ninguna, lo que importa es que fue, la que eligió el pueblo venezolano, no en una componenda cerrada de la élite, tampoco fue impuesta por un dictador, sino votada soberanamente por el pueblo en referéndum, permitiendo rescatar el país de un pasado ignominioso en que la Carta Magna servía solo para el beneficio de la mitad de la población, mientras la otra mitad permanecía excluida y marginada. Como toda obra humana, debe ser mejorada y perfeccionada, pero deben ser los venezolanos y venezolanas quienes lo hagan, en paz y sin injerencias extranjeras, la Constitución establece los términos y los marcos, a ello nos atenemos.

viernes, 31 de marzo de 2017

¿Para qué sirve la OEA?


El problema de fondo no es que haga hoy o mañana la OEA con éste u otro secretario general, quien finalmente tiene que hacer lo que Estados Unidos dice si quiere mantener su cargo. Como recordó la Canciller Delcy Rodríguez, el 60% de los recursos de funcionamiento de la OEA provienen de Estados Unidos. Hace unos años, cuando la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) tomó medidas favorables al desarrollo cultural de los países del mundo subdesarrollado y en particular de Palestina, Estados Unidos y Gran Bretaña amenazaron con retirarse y lo hicieron, ejerciendo un vulgar chantaje contra el mundo. Hace unos años cuando América Latina y el Caribe en su mayoría tenía gobiernos autónomos de Washington, la potencia del norte apostó –como ya es tradicional- a la coacción y la imposición para sostener una organización que lucía desfalleciente y mustia. Actuaba a partir de sus principios de la política exterior: la presión, la imposición, la amenaza, la intimidación y la coerción y, cuando todo eso falla, la violencia, la invasión, el asesinato de dirigentes y la promoción de golpes de Estado militares o civiles. 

En aquel momento, los líderes latinoamericanos no tuvieron capacidad o no se propusieron firmar el certificado de defunción de la OEA y la bestia ha vuelto por sus fueros con un secretario general que acorde a su vida y a su historia oportunista y reaccionaria ha vendido su alma al diablo. Pero, el real problema de fondo, la verdadera pregunta que hay que hacerse es ¿qué hacemos todavía en la OEA?, mancillando la memoria del Libertador que en fecha tan temprana como 1824 visualizó las desgracias que sobrevendrían a la región bajo las ideas panamericanas y monroistas. Un país que se dice bolivariano y que incluso se llama República Bolivariana, no debería pertenecer a la OEA por principios. Es un contrasentido difícil de entender y mucho más difícil de explicar.

No obstante, se emprendió por primera vez la colosal tarea de construir instancias regionales bajo el alero del pensamiento del Libertador como Unasur y Celac, jamás se visualizó que su concreción manifestaba de forma inédita la estructuración del pensamiento bolivariano en materia de integración. Pareciera que no se ha entendido que bolivarianismo y monroísmo son paradigmas excluyentes. En el caso de Venezuela, asumir las ideas del Libertador tiene que ver con nuestra identidad, tiene que ver con la forma con la que nos miramos y nos debe mirar el mundo para portar con orgullo el nombre que nos dimos en la Constitución de 1999.

Al hablar de este tema, me estoy refiriendo exclusivamente a la manera como debemos conceptualizar la integración latinoamericana y caribeña bajo los preceptos de Bolívar y de Martí que completó el paradigma al construir la idea de Nuestra América que incorporaba a las naciones hermanas del Caribe. El antagonismo conceptual no dice relación con los vínculos que debemos tener con Estados Unidos, los cuales deben sustentarse en el derecho internacional, en el respeto a la soberanía y la no injerencia en los asuntos internos. Pero, una cosa es tener buenas relaciones con Estados Unidos y otra, formar parte de una organización que hegemoniza, y en la que se impone, amenaza y chantajea como ha quedado de manifiesto en la reciente reunión de la OEA., lo cual ha sido denunciado por El Salvador, Haití y República Dominicana. 

Me pregunto, ¿sirve la OEA para algo más que para recibir órdenes de Estados Unidos? No, porque no es un espacio de debate entre iguales, no hay un diálogo respetuoso de la soberanía, de aceptación de la igualdad entre naciones independiente de su dimensión geográfica, su población o su potencial económico, mucho menos de la tolerancia hacia aquellos países que han elegido libremente su destino político y su forma de gobernarse. Acaso alguien ha cuestionado alguna vez que Canadá todavía en el siglo XXI, siga teniendo como Jefe de Estado a la reina?????? de Inglaterra, o que en Estados Unidos se puede ser presidente aunque el ganador en los comicios sea el que obtuvo menos votos, o que Chile siga teniendo una Constitución impuesta por una dictadura cuando los registros electorales estaban cerrados. Nadie lo ha hecho y nadie lo puede hacer, aunque los tres casos sean testimonio de la transgresión de las más elementales normas democráticas, que dicen que los jefes de Estado deben ser elegidos, ungidos por la mayoría y que cada pueblo debe decidir libremente los principios políticos que regulan su vida. Así, de la misma manera debe ser respetada la decisión popular para que el sistema funcione acorde el ordenamiento político que se ha dado y para que los pueblos no tengan que vivir pensado que si su modelo no es del agrado de Estados Unidos es susceptible de ser invadido, amenazado o bloqueado. 

En la OEA, subsiste una relación asimétrica entre un polo de poder y una periferia de países que en algunas ocasiones han tenido gobiernos libres que han plantado cara a la potencia, pero que más de las veces no ha sido más que el estrado en el que oligarquías nauseabundas cual gusanos, se arrastran en procura de las heces fecales que depone el amo tras los festines de perversión, guerra y degeneración capitalista.


Por ejemplo, ¿Acaso piensa Peña Nieto que su burda subordinación a las huestes imperiales lo librará de seguir siendo el receptor de cuánta humillación se le ocurre al dueño de la Casa Blanca? Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de este cómplice de la desaparición de cientos de ciudadanos. Que pena da México, cuando Peña Nieto exige democracia en Venezuela sabiéndose que es presidente gracias a unas elecciones fraudulentas. ¿De cual democracia habla Peña Nieto?... ¿la de la impunidad, la de la corrupción de él y de su familia, la que tiene un presidente elegido por Televisa, la del show permanente para ocultar sus desmanes, la de las prácticas neoliberales que han incrementado los niveles de pobreza del noble pueblo mexicano, la del represor de los pueblos indígenas, jóvenes y maestros, la del ridículo a quien Trump dejó plantado mientras intentaba lamerle los pies, la de los decenas de periodistas asesinados sin que haya culpables, la de las miles de víctimas de feminicidio? Y no contento con eso, se arrastra y se deja avasallar por Estados Unidos mientras el pueblo mexicano enhiesto, manifiesta su repudio por tan artera actitud. Ni siquiera los presidentes del PAN, furibundos enemigos de Venezuela, se atrevieron a tanto para satisfacer al amo imperial. México seguirá siendo el país hermano que siempre fue y que siempre ha sido y cuando dentro de un año y medio, Peña Nieto sea un repulsivo cadáver político, nadie se va a acordar de él, solo será reconocido como un desagradable accidente de la extraordinaria historia del país de mayas y aztecas.

México volverá a ser como siempre el hermano mayor, el de la primera revolución a favor de los campesinos en nuestro continente, el de Villa y Zapata, el del general Lázaro Cárdenas, el que nos legó la Constitución de 1917. México volverá a ser el que convocó el Congreso integracionista de Tacubaya que debió dar continuidad al de Panamá de 1826 y el que realizó la Cumbre de la Riviera Maya en febrero de 2010 sentando las bases para el surgimiento de la Celac en Caracas un año después.

sábado, 18 de marzo de 2017

Hoy el problema no es la OEA, es Almagro.



Para nadie es un secreto la historia criminal que exhibe la Organización de Estados Americanos (OEA) en su prontuario, con ello dio continuidad al accionar que gestó Estados Unidos a partir de la idea panamericana que tuvo en la Doctrina Monroe su Alma Mater y que ocasionó la inmediata, certera y preclara denuncia del Libertador Simón Bolívar, tan solo un año después de su proclamación en 1823. No voy a aburrir al lector con la larga lista de intervenciones militares e invasiones de Estados Unidos en sus más de 200 años de vida, siempre apoyado por los gobiernos oligárquicos de la región, que usurparon la Independencia a favor de sus mezquinos intereses.

El fin de la segunda guerra mundial devino en la creación de un sistema multilateral que debía prevenir una nueva hecatombe planetaria. Los triunfadores en la conflagración diseñaron un orden internacional acorde a sus intereses. Todos aceptaron que Estados Unidos era el amo del hemisferio occidental y no hubo cortapisas para que la Organización de Naciones Unidas (ONU), tuviera un referente regional que iba a ser diseñado por la potencia del norte y los gobiernos del sur, subordinados a sus intereses. Así surgió el instrumento militar de dominación: el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) en 1947, y su contraparte (la OEA en 1948) que permitiría darle legitimidad política a los desmanes y tropelías que se habrían de ejecutar bajo el amparo del anterior. Ahora, se trataba de tener gobiernos serviles que lo sostuvieran y secretarios generales abyectos que se prestaran a poner la cara cuando a Estados Unidos se le ocurría un nuevo atropello.

Todo marchó bien hasta el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, que puso en entredicho todo el entramado panamericano, cuestionando sus propias bases de sustentación. El apoyo de Estados Unidos a Gran Bretaña durante la Guerra de las Malvinas en 1982, terminó de echar por la borda cualquier atisbo de credibilidad que todavía podía tener este engendro imperial.

El paradigma que se decía defender era la democracia, pero, ¿qué democracia? La Carta de la OEA lo dice claramente en su artículo 2, enciso b, “Promover y consolidar la democracia representativa dentro del respeto al principio de no intervención”. Lo anteriormente expuesto es prueba fehaciente que la OEA tiene lo que hoy se llamaría “una falla de origen”. La suposición es que el principio de representación constituye el elemento central de lo que Guy Hermet llama “democracia instituida o sustancial”, para diferenciarla de la “democracia utópica o democracia perfecta”. Esta “pequeña” diferencia es la que permite que en nombre de ella se cometan todo tipo de desmanes, irregularidades e incluso actuaciones al margen de la ley, toda vez que dichos “representantes” asumiéndose como únicos portadores del ideal democrático hayan usurpado sólo para sí, la legitimidad política.

Eso es lo que defiende la OEA, sin embargo, las cosas en la región han ido cambiando, hoy este engendro washingtoniano ha clamado por el regreso de Cuba, a la que expulsó de manera ignominiosa, y tampoco, -por ahora- ha podido aplicar la “Carta Democrática” a Venezuela, lo cual pone en evidencia que las actuaciones del secretario general, cuyas funciones están claramente delimitadas en los artículos 112 y 113 de la mencionada Carta, están fuera de la responsabilidad que éste tiene y al margen de la decisión de los Estados parte. En otras palabras, el secretario general está actuando de manera ilegal, por lo que si la OEA fuera una organización seria, lo debería destituir.

El eminente jurista español Antonio Remiro Brotóns, Catedrático de derecho Internacional de la Universidad autónoma de Madrid establece que a diferencia de los Estados, que son los sujetos de derecho primarios y plenos en virtud de su soberanía, las organizaciones interestatales son secundarios o derivados porque deben su existencia a la voluntad de los Estados, lo cual se manifiesta en su documento fundacional, además de lo cual, las organizaciones solo tienen los poderes que los Estados le hayan atribuido en las reglas que le son propias. En este sentido, es más que evidente que no existe ni en la Carta, ni en las reglas de funcionamiento de la OEA, la potestad de un secretario general de llamar a realizar elecciones en un país.

Por otro lado, los esfuerzos de la OEA por revitalizar la democracia, bastante traída a menos en las últimas décadas del siglo pasado, tuvieron en la Asamblea General realizada en Santiago de Chile en 1991 un intento de inflexión. Cuando fenecían las dictaduras que ensombrecieron el horizonte de la región, durante dos décadas, bajo el silencio cómplice de esta organización, la OEA aprobó en la capital chilena el “Compromiso de Santiago con la Democracia Representativa y la Modernización del Sistema Interamericano”, haciendo patente sus insuficiencias en esta materia…apenas 43 años después de su fundación. En este contexto se aprobó posteriormente la Resolución 1080 sobre la Promoción de la Democracia Representativa“. Así mismo en diciembre de 1992 en Washington la XVI Asamblea suscribió el Protocolo de Washington para la Reforma de la OEA. Vale decir, sin embargo, que desde la sanción de esta resolución se generaron muchas resistencias, sobre todo a su artículo 9 referido a la democracia.

Esta fue la razón por la que en la Tercera Cumbre de las Américas, celebrada en Quebec, Canadá, Venezuela, ya bajo la presidencia del Comandante Hugo Chávez y estando el presente en el evento de la ciudad canadiense, presentara reservas al documento final que pretendía completar ese artículo 9, toda vez que había una redacción imprecisa de la clausula referida a la democracia, elaborada ex profeso de esa manera para dejar abierta la interpretación de la misma.

En la Declaración de Quebec, Venezuela argumentó su reserva a los párrafos 1 y 6 “por cuanto a juicio de nuestro gobierno la democracia debe ser entendida en su sentido más amplio y no únicamente en su carácter representativo. Entendemos que el ejercicio democrático abarca además la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones y en la gestión de gobierno, con miras a la construcción diaria de un proceso dirigido al desarrollo integral de la sociedad”. En su extraordinaria visión de futuro, el Comandante Chávez sentaba un precedente y actuaba en consonancia con la nueva Constitución Política del país aprobada tan solo 16 meses antes.

En estos planteamientos y en el debate de cuál democracia se defiende, reside el trasfondo de la actuación reciente del secretario general Luis Almagro, él como militante -durante la mayor parte de su vida- del Partido Nacional de Uruguay que se define ideológicamente como nacionalista y panamericanista, es un seguidor de este paradigma que expone lealtad hacia Estados Unidos y oposición a la integración latinoamericana y caribeña. Es conocido el carácter oportunista de su partido y de él mismo que lo llevaría a ingresar al Frente Amplio de la mano de José (Pepe) Mujica para satisfacer su ambición personal de ser Canciller de su país. Tras instalarse en la OEA, -más por el prestigio de Pepe que lo aupó, que por méritos personales - retomó su personalidad rastrera y su verdadero pensamiento político de subordinación imperial.

Para una persona de estas condiciones, aprovechar las indefiniciones programáticas de la OEA y las vaguedades de su concepto de democracia a fin de permitirse violentar el mencionado artículo 2 que establece como propósito el respeto al principio de no intervención, es algo absolutamente normal, no alejado de sus rocambolesca vida personal.

Hay que decir que en el momento actual, a pesar de todo, los países de la región se han negado a aplicar la clausula democrática y suspender a Venezuela de la membrecía de esa organización. No obstante, Almagro ha desatado con ímpetu su lealtad al norte anglosajón, dándole la espalda a América Latina y el Caribe pretendiendo de tal manera, transformarse en un adalid de esa democracia putrefacta que defiende la OEA, suponiendo que la expulsión de Venezuela contribuirá a su exterminio a través de la creación de condiciones para una intervención militar en el país. Hoy, a pesar de su carácter estructuralmente intervencionista –y aunque parezca increíble que sea yo quien lo diga- el problema no es la OEA, es Almagro,...después veremos.

domingo, 12 de marzo de 2017

La forma más segura de llegar con éxito a Berlín.


En un concurrido acto realizado bajo un torrencial aguacero en la ciudad de New York en noviembre de 1955, Fidel Castro quien unos meses antes había cumplido 29 años de edad, ante un auditorio compuesto por emigrantes cubanos anunció que podía "informarles con toda responsabilidad que el año 1956 seremos libres o seremos mártires…”. Antes que finalizar ese año, el 2 de diciembre de 1956 se produjo en las costas sudorientales de Cuba, el desembarco de los combatientes que navegaron desde México en el yate Granma. La historia posterior es conocida y no viene al caso recordarla para efectos de este artículo.


Treinta años después, en 1985, fui testigo de una conversación de Fidel con dirigentes del Partido Comunista de Chile quienes habían diagnosticado que el año 1986 sería decisivo para la lucha contra la dictadura de Pinochet y así lo habían denominado:”el año decisivo”. El Comandante, fiel a su costumbre escuchó largamente los argumentos, después de lo cual formuló concretas preguntas que lo ayudaran a recrear la situación para concluir reflexionando acerca de la futilidad de fijar fechas y plazos precisos para el desarrollo de los acontecimientos políticos. Entonces Fidel recordó su discurso de 1955 y su proclama. Según él, además de dar información gratuita al enemigo sobre sus proyectos, le generó una gran presión al movimiento a fin de cumplir con la promesa hecha al pueblo, y agregó que eso les obligó a acelerar y adelantar planes que hubieran podido prepararse mejor.

La evocación viene a cuenta de las múltiples opiniones pesimistas en torno al “fin del ciclo progresista” que se verían acentuadas por una probable derrota (que como soporte a estas opiniones, ya se anuncia) de Alianza País en la segunda vuelta de la elecciones de Ecuador. ¿Cómo si los procesos de transformación revolucionaria de la sociedad se pudieran hacer avanzar, a partir de los triunfos o derrotas electorales, en los marcos estrechos del sistema liberal de democracia representativa? Por supuesto, que ese es hoy el escenario donde se libran las batallas más importantes, pero, en la misma medida que se pueden ganar o perder, ninguna reviste carácter estratégico. Incluso el muy apreciado y respetado Atilio Borón, llegó a firmar que las elecciones de Ecuador significan una nueva “Batalla de Stalingrado”, lo cual me parece fuera de todo contexto. En 1941, en Stalingrado se jugaban los destinos de la humanidad, en la conflagración participaron 3.5 millones de soldados por ambos bandos, 25 mil piezas de artillería, 4500 carros de combate y 2000 aviones. Al final, en los campos de combate quedaron alrededor de 1.9 millones de muertos, heridos y desaparecidos. En términos estratégicos, Stalingrado significó el inicio del fin del nazi-fascismo como sistema político imperante y aniquilado su afán expansionista y agresivo al servicio del capital. 

Con todo respeto, digo que el 2 de abril en Ecuador no se jugará el destino de la humanidad y gane quien gane las elecciones, no será ni el fin del capitalismo (si gana Alianza País) ni el fin de la revolución (si ganan los banqueros que apoyan a Lasso). Por supuesto que el resultado de los comicios tendrán gran impacto en Ecuador y también en América Latina, pero no se le puede hacer asumir al pueblo de ese país tamaña responsabilidad, cuando con extraordinario esfuerzo y sacrificio, con decisión y convicción bajo el liderazgo de Rafael Correa, han hecho prosperar su país en los últimos diez años, mucho más que en los cien años anteriores. Si eso no es un avance extraordinario, que ahora ha llevado a que Alianza País tenga mayoría en la Asamblea Nacional, ¿qué puede serlo?, cuando, como me dijera hace unos días un amigo ecuatoriano, antes de Correa, hace solo 12 años, “en mi país estaban vedadas las palabras revolución y socialismo”.

Otra cosa es no haber tenido la capacidad para prepararnos y enfrentar exitosamente los nuevos instrumentos de poder y agresión imperial, en primer lugar la de los medios de comunicación y las empresas encuestadoras. Durante el siglo pasado, aprendimos a luchar con las armas y tomamos el poder en Cuba y Nicaragua (si de Stalingrado se quiere hablar, la derrota sandinista de 1989 podría ser lo más cercano). Junto a ello, nos dominaban por vía electoral y también aprendimos a ganar elecciones: Salvador Allende señaló el camino (Su derrota y asesinato, ¿Otro Stalingrado?, ¿cuántos hay?), y Hugo Chávez lo transformó en tendencia a partir de 1998. Los sandinistas protagonizaron otra verdadera proeza, además de derrotar a Somoza en 1979, perseveraron y no abandonaron al pueblo tras la derrota, hasta volver a gobernar en 2007 (esta vez por vía electoral),…avances y retrocesos, victorias y derrotas, flujo y reflujo, todo lo propio que debe recorrer un pueblo en el camino de su liberación.

Pero, incluso cuando se habla de “fin de ciclo progresista”, se hace alusión al período en que hubo una buena cantidad de gobiernos democráticos y anti neoliberales en la región, lo cual, finalmente, configura un análisis desde arriba. ¿Quién se ha puesto a estudiar cuánto han avanzado los pueblos en términos de formación y organización política en ese período?¿ Por qué si miramos Argentina, solo vemos la derrota electoral de diciembre de 2015, cuando tenemos a la vista, las extraordinarias manifestaciones de la semana pasada en la que participaron 70 mil maestros en una, 500 mil trabajadores en otra y decenas de miles de mujeres para conmemorar su día?. El salto cualitativo es que no solo fueron en contra de las políticas neoliberales de Macri, también de repudio a la dirigencia obrera corrupta que pretende poner pañitos tibios a un pueblo enfervorizado que comenzó a exigir cambios mucho antes de lo que los pesimistas del “fin de ciclo” esperaban. No hay ciclos para los trabajadores, ni fecha fatales, la lucha es continua, es permanente, es constante y es como dijo el Che hasta que se triunfa o se muere. Las elecciones son solo momentos en los que si gana un representante del pueblo, se obtienen mejores condiciones para hacer avanzar más rápido los procesos. Si además, ese representante se llama Hugo Chávez o Evo Morales o Rafael Correa, la velocidad del cambio puede ser mucho mayor, parece que eso es lo que se ha dado en llamar ciclo, pero a diferencia de la lucha que es eterna, los tiempos electorales son finitos, comienzan y terminan, y está visto que no necesariamente terminan bien.

El próximo año 2018, no será decisivo, pero si muy importante en términos electorales, habrá comicios en Brasil, México y Venezuela: los dos grandes de América Latina y el Caribe, podrían tener gobiernos de izquierda antes que finalice ese año. Falta mucho tiempo aún y la capacidad imperial de fraguar trampas electorales está en su apogeo, pero hasta hora Andrés Manuel López Obrador y Lula Da Silva gozan de la mayor aceptación popular. Le preguntaba a un amigo mexicano, acerca de qué gran cambio podría significar López Obrador, me respondió escuetamente: “Hará un gobierno decente, y eso para México es mucho”. Ojalá que Lula lo haga también. 

Para América Latina y el Caribe, sería la primera vez que los dos países más grandes por su dimensión geográfica, su economía y su población, confluyan en un ánimo integracionista. Cuando México tuvo esa voluntad, Brasil se debatía entre dictaduras y cuando Lula llegó al poder, el neoliberalismo se había estacionado en el país del sur del Río Bravo. Sería entonces, la primera vez que converjan para llevar unidos a América Latina a jugar un papel más protagónico en el escenario global. 

Ojalá ello ocurra, tanto en Brasil como en México, pero escucho a Fidel: no quiero poner fechas, no quiero hablar de años decisivos, ni mencionar nuevos stalingrados. En los eventos electorales habrá que hacer el mayor esfuerzo en pro de la victoria, pero se gane o se pierda, se trata de dominar -lo que el brillante intelectual cubano Fernando Martínez Heredia denomina- las relaciones entre dificultad y revolución, y solo sé, que en cualquier caso, el único camino es luchar hasta la victoria siempre, es además la forma más segura de llegar con éxito a Berlín. 


sábado, 4 de marzo de 2017

¿A cuál Trump veremos en el futuro?


El pasado 20 de febrero el prestigioso Instituto Internacional de Investigaciones para la Paz de Estocolmo (SIPRI, por sus siglas en inglés) dio a conocer su informe anual de 2016, sobre comercio mundial de armas, de la misma manera que lo viene haciendo desde 1969. 

Entre las informaciones relevantes, destaca que las transferencias de armas en el quinquenio 2012-2016 llegó al volumen más alto desde el fin de la guerra fría, lo que hace patente que la humanidad y en particular las grandes potencias, lejos de avanzar hacia la paz y el desarrollo, profundizan en el gasto armamentístico, lo cual es un referente claro de las condiciones crecientes de conflicto en el planeta.

Como era de esperar, las zonas de mayores tensión: Medio Oriente, Asia y Oceanía (que para efectos del informe se miden juntas) son las que tuvieron incremento en el flujo de armamento, pero lo que resulta más paradójico es que de los cinco mayores exportadores de armas, cuatro (Estados Unidos, Rusia, China y Francia) son miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, la instancia que debería ser responsable de garantizar la paz y la seguridad del globo. El quinto es Alemania, el país causante de las dos devastadoras guerras del siglo XX, que no oculta su ambición guerrerista a través de un papel cada vez más activo y expansionista hacia el este de Europa como miembro de la OTAN y acompañante de Estados Unidos en todas sus aventuras bélicas en el planeta. Por supuesto, Alemania también ambiciona a ser miembro permanente del Consejo de seguridad, para de esa manera, lograr una “patente de corso” a su natural espíritu de propagación. 

La India, que también apuesta por un puesto en un virtual Consejo de Seguridad ampliado, se transformó en el mayor comprador de armas en el período, representando el 13% de las importaciones globales y un incremento del 43% respecto del período anterior, superando con creces a sus rivales vecinos de China y Pakistán. También es de resaltar el importante crecimiento de Vietnam que tuvo un ascenso de 202% pasando a ser el décimo mayor importador de armas del mundo. Estas cifras, son muestra evidente que Asia y el Pacífico avanzan aceleradamente hacia su conversión en la mayor zona de riesgo de confrontación global. 

Desde la perspectiva de los exportadores, Estados Unidos sigue siendo el país que conserva el primer puesto, con un 33% del total general y un incremento del 21% en este período en comparación con el anterior. Debe recordarse que en los ocho años de la muestra, el Premio Nobel de la Paz, Barack Obama, era el presidente de este país.

No obstante que Estados Unidos exporta armas a alrededor de 100 países en todo el mundo, (mucho más que cualquier otro país), la mitad de sus despachos tuvieron como destino al Medio Oriente. A sí mismo, Rusia atesoró el 23 %, China 6,2%, Francia 6% (aunque se espera un alza en los próximos años cuando se concreten varios contratos ya firmados) y Alemania 5,6% del total de venta de armas. 

En este contexto, se conoció el anuncio del presidente Donald Trump de que solicitará al Congreso un aumento de los gastos de “defensa” de su país de US$ 54 mil millones para el año 2018, es decir un 9% más que en el anterior presupuesto. El nuevo mandatario estadounidense adujo la necesidad de “apuntalar el poderío militar a los niveles apropiados para rescatar la grandeza perdida del país”. Trump ha dicho que este aumento va a permitir que las fuerzas armadas detengan su proceso de “decadencia por falta de recursos apropiados”. Para alcanzar este objetivo, se propuso lograr la supremacía absoluta de las fuerzas nucleares, así como el aumento de la dimensión del componente naval de sus fuerzas armadas. 

Si este aumento es aprobado por el Congreso, el Pentágono tendrá un presupuesto de US$ 650 mil millones (digo el Pentágono, porque si se suma el cómputo de los gastos de otras agencias de seguridad y defensa, el presupuesto militar de Estados Unidos superará el billón de dólares). Con todo, esa cantidad es muy superior a la de China (US$ 215 mil millones y la de Rusia (US$ 66 mil millones), es decir que el presupuesto de Estados Unidos será superior al doble del de sus potencias rivales, (tomados como uno solo), todo según cifras del SIPRI.

Aunque el Medio Oriente sigue siendo el epicentro de los mayores conflictos bélicos del planeta, en los dos últimos períodos medidos, cedió el primer lugar de importación de armas en el mundo (29%) a favor de Asia y Oceanía que tuvieron el 43%. Esto es un claro índice de la dirección en que apuntan los peligros del futuro. Para nadie es un secreto que el Mar del Sur de China es la región del mundo donde se concentra el mayor riesgo de que se produzca una conflagración de carácter global. En el resumen de un artículo elaborado por el Instituto Nacional de Estudios del Mar del Sur de China, ubicado en la ciudad da Haikou de la provincia meridional de Hainan en China y publicado en la edición en inglés del periódico China Daily del 25 de noviembre del año pasado bajo el título “Informe del crecimiento de la presencia militar de Estados Unidos en la región Asia-Pacífico” se señala que: “Los despliegues y actividades militares de Estados Unidos en la región de Asia-Pacífico son manifestaciones importantes de su estrategia de "reequilibrio". Desde que el presidente Barack Obama asumió el poder en 2009, el ejército estadounidense ha cambiado su enfoque y ha dado prioridad a la región. En 2012 y 2013, anunció oficialmente que el 60 por ciento de sus buques navales y de su fuerza aérea se desplegarían en la región de Asia-Pacífico en 2020. Impulsado por este reequilibrio en Asia-Pacífico, Estados Unidos ha construido gradualmente su despliegue de tropas, con una mayor presencia, el incremento de las actividades militares en la región y el aumento de la cooperación militar con sus aliados regionales y socios como Japón y Singapur”.

Cuando este artículo fue publicado, ya Donald Trump había sido electo presidente de Estados Unidos y había proferido severas amenazas contra China. A comienzos de enero, Rex Tillerson, entonces nominado para Secretario de Estado se unió a la comparsa de la retórica belicista en su comparecencia ante el Senado. Al referirse a las acciones del gobierno chino en relación a los arrecifes y bancos de arena en el Mar del Sur de China, Tillerson manifestó que: “Vamos a tener que enviar a China una señal clara de que en primer lugar, la construcción de las islas se detiene y, en segundo lugar el acceso a las islas no va a ser permitido”. 

China, que fiel a su filosofía, se había mostrado paciente ante los desplantes del presidente electo, respondió con firmeza esta vez, advirtiendo de los riesgos de un enfrentamiento militar entre ambas potencias. El 13 de enero el periódico Global Times, vocero oficioso del Partido Comunista de China editorializó “…Estados Unidos no debería pensar que China tiene miedo de sus amenazas”, agregando más adelante que:” A menos que Washington planee lanzar una guerra a gran escala en el Mar del Sur de China, cualquier otro método para evitar el acceso chino a esas islas será estúpido”, finalizando con un mensaje directo al hoy Secretario de Estado: “Tillerson haría bien en ponerse al día en estrategias nucleares si quiere que una potencia nuclear se retire de sus propios territorios”.


Trump parece haber captado el mensaje. Posteriormente se produjo una amistosa conversación telefónica con el Presidente Xi Jinping en la que quedó claro que las relaciones entre los dos países se seguirán manteniendo sobre la base del reconocimiento de la política de “una sola China”. Más recientemente, el presidente estadounidense recibió en la Casa Blanca a Yang Jiechi, experimentado diplomático chino, ex embajador en Estados Unidos, ex Canciller y actual Consejero de Estado quien después de conversar con el mandatario estadounidense manifestó que: "En consonancia con el consenso alcanzado por los dos jefes de Estado y siguiendo los principios de no conflicto, sin enfrentamiento, respeto mutuo y cooperación mutuamente beneficiosa, China está dispuesta a incrementar los intercambios con Estados Unidos a niveles altos y diversos, ampliar la cooperación y la coordinación en áreas bilaterales de amplio alcance y en las principales cuestiones regionales y mundiales y respetar los intereses y preocupaciones principales de cada uno".

¿Qué podemos aguardar para el futuro del planeta, al Trump de esta declaración o al que está solicitando un 9% de aumento en el presupuesto militar de su país, el mayor en una década? Es difícil predecirlo, pero a la luz de su retórica, el mundo vivirá en ascuas, esperando lo peor.