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sábado, 18 de marzo de 2017

Hoy el problema no es la OEA, es Almagro.



Para nadie es un secreto la historia criminal que exhibe la Organización de Estados Americanos (OEA) en su prontuario, con ello dio continuidad al accionar que gestó Estados Unidos a partir de la idea panamericana que tuvo en la Doctrina Monroe su Alma Mater y que ocasionó la inmediata, certera y preclara denuncia del Libertador Simón Bolívar, tan solo un año después de su proclamación en 1823. No voy a aburrir al lector con la larga lista de intervenciones militares e invasiones de Estados Unidos en sus más de 200 años de vida, siempre apoyado por los gobiernos oligárquicos de la región, que usurparon la Independencia a favor de sus mezquinos intereses.

El fin de la segunda guerra mundial devino en la creación de un sistema multilateral que debía prevenir una nueva hecatombe planetaria. Los triunfadores en la conflagración diseñaron un orden internacional acorde a sus intereses. Todos aceptaron que Estados Unidos era el amo del hemisferio occidental y no hubo cortapisas para que la Organización de Naciones Unidas (ONU), tuviera un referente regional que iba a ser diseñado por la potencia del norte y los gobiernos del sur, subordinados a sus intereses. Así surgió el instrumento militar de dominación: el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) en 1947, y su contraparte (la OEA en 1948) que permitiría darle legitimidad política a los desmanes y tropelías que se habrían de ejecutar bajo el amparo del anterior. Ahora, se trataba de tener gobiernos serviles que lo sostuvieran y secretarios generales abyectos que se prestaran a poner la cara cuando a Estados Unidos se le ocurría un nuevo atropello.

Todo marchó bien hasta el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, que puso en entredicho todo el entramado panamericano, cuestionando sus propias bases de sustentación. El apoyo de Estados Unidos a Gran Bretaña durante la Guerra de las Malvinas en 1982, terminó de echar por la borda cualquier atisbo de credibilidad que todavía podía tener este engendro imperial.

El paradigma que se decía defender era la democracia, pero, ¿qué democracia? La Carta de la OEA lo dice claramente en su artículo 2, enciso b, “Promover y consolidar la democracia representativa dentro del respeto al principio de no intervención”. Lo anteriormente expuesto es prueba fehaciente que la OEA tiene lo que hoy se llamaría “una falla de origen”. La suposición es que el principio de representación constituye el elemento central de lo que Guy Hermet llama “democracia instituida o sustancial”, para diferenciarla de la “democracia utópica o democracia perfecta”. Esta “pequeña” diferencia es la que permite que en nombre de ella se cometan todo tipo de desmanes, irregularidades e incluso actuaciones al margen de la ley, toda vez que dichos “representantes” asumiéndose como únicos portadores del ideal democrático hayan usurpado sólo para sí, la legitimidad política.

Eso es lo que defiende la OEA, sin embargo, las cosas en la región han ido cambiando, hoy este engendro washingtoniano ha clamado por el regreso de Cuba, a la que expulsó de manera ignominiosa, y tampoco, -por ahora- ha podido aplicar la “Carta Democrática” a Venezuela, lo cual pone en evidencia que las actuaciones del secretario general, cuyas funciones están claramente delimitadas en los artículos 112 y 113 de la mencionada Carta, están fuera de la responsabilidad que éste tiene y al margen de la decisión de los Estados parte. En otras palabras, el secretario general está actuando de manera ilegal, por lo que si la OEA fuera una organización seria, lo debería destituir.

El eminente jurista español Antonio Remiro Brotóns, Catedrático de derecho Internacional de la Universidad autónoma de Madrid establece que a diferencia de los Estados, que son los sujetos de derecho primarios y plenos en virtud de su soberanía, las organizaciones interestatales son secundarios o derivados porque deben su existencia a la voluntad de los Estados, lo cual se manifiesta en su documento fundacional, además de lo cual, las organizaciones solo tienen los poderes que los Estados le hayan atribuido en las reglas que le son propias. En este sentido, es más que evidente que no existe ni en la Carta, ni en las reglas de funcionamiento de la OEA, la potestad de un secretario general de llamar a realizar elecciones en un país.

Por otro lado, los esfuerzos de la OEA por revitalizar la democracia, bastante traída a menos en las últimas décadas del siglo pasado, tuvieron en la Asamblea General realizada en Santiago de Chile en 1991 un intento de inflexión. Cuando fenecían las dictaduras que ensombrecieron el horizonte de la región, durante dos décadas, bajo el silencio cómplice de esta organización, la OEA aprobó en la capital chilena el “Compromiso de Santiago con la Democracia Representativa y la Modernización del Sistema Interamericano”, haciendo patente sus insuficiencias en esta materia…apenas 43 años después de su fundación. En este contexto se aprobó posteriormente la Resolución 1080 sobre la Promoción de la Democracia Representativa“. Así mismo en diciembre de 1992 en Washington la XVI Asamblea suscribió el Protocolo de Washington para la Reforma de la OEA. Vale decir, sin embargo, que desde la sanción de esta resolución se generaron muchas resistencias, sobre todo a su artículo 9 referido a la democracia.

Esta fue la razón por la que en la Tercera Cumbre de las Américas, celebrada en Quebec, Canadá, Venezuela, ya bajo la presidencia del Comandante Hugo Chávez y estando el presente en el evento de la ciudad canadiense, presentara reservas al documento final que pretendía completar ese artículo 9, toda vez que había una redacción imprecisa de la clausula referida a la democracia, elaborada ex profeso de esa manera para dejar abierta la interpretación de la misma.

En la Declaración de Quebec, Venezuela argumentó su reserva a los párrafos 1 y 6 “por cuanto a juicio de nuestro gobierno la democracia debe ser entendida en su sentido más amplio y no únicamente en su carácter representativo. Entendemos que el ejercicio democrático abarca además la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones y en la gestión de gobierno, con miras a la construcción diaria de un proceso dirigido al desarrollo integral de la sociedad”. En su extraordinaria visión de futuro, el Comandante Chávez sentaba un precedente y actuaba en consonancia con la nueva Constitución Política del país aprobada tan solo 16 meses antes.

En estos planteamientos y en el debate de cuál democracia se defiende, reside el trasfondo de la actuación reciente del secretario general Luis Almagro, él como militante -durante la mayor parte de su vida- del Partido Nacional de Uruguay que se define ideológicamente como nacionalista y panamericanista, es un seguidor de este paradigma que expone lealtad hacia Estados Unidos y oposición a la integración latinoamericana y caribeña. Es conocido el carácter oportunista de su partido y de él mismo que lo llevaría a ingresar al Frente Amplio de la mano de José (Pepe) Mujica para satisfacer su ambición personal de ser Canciller de su país. Tras instalarse en la OEA, -más por el prestigio de Pepe que lo aupó, que por méritos personales - retomó su personalidad rastrera y su verdadero pensamiento político de subordinación imperial.

Para una persona de estas condiciones, aprovechar las indefiniciones programáticas de la OEA y las vaguedades de su concepto de democracia a fin de permitirse violentar el mencionado artículo 2 que establece como propósito el respeto al principio de no intervención, es algo absolutamente normal, no alejado de sus rocambolesca vida personal.

Hay que decir que en el momento actual, a pesar de todo, los países de la región se han negado a aplicar la clausula democrática y suspender a Venezuela de la membrecía de esa organización. No obstante, Almagro ha desatado con ímpetu su lealtad al norte anglosajón, dándole la espalda a América Latina y el Caribe pretendiendo de tal manera, transformarse en un adalid de esa democracia putrefacta que defiende la OEA, suponiendo que la expulsión de Venezuela contribuirá a su exterminio a través de la creación de condiciones para una intervención militar en el país. Hoy, a pesar de su carácter estructuralmente intervencionista –y aunque parezca increíble que sea yo quien lo diga- el problema no es la OEA, es Almagro,...después veremos.

domingo, 12 de marzo de 2017

La forma más segura de llegar con éxito a Berlín.


En un concurrido acto realizado bajo un torrencial aguacero en la ciudad de New York en noviembre de 1955, Fidel Castro quien unos meses antes había cumplido 29 años de edad, ante un auditorio compuesto por emigrantes cubanos anunció que podía "informarles con toda responsabilidad que el año 1956 seremos libres o seremos mártires…”. Antes que finalizar ese año, el 2 de diciembre de 1956 se produjo en las costas sudorientales de Cuba, el desembarco de los combatientes que navegaron desde México en el yate Granma. La historia posterior es conocida y no viene al caso recordarla para efectos de este artículo.


Treinta años después, en 1985, fui testigo de una conversación de Fidel con dirigentes del Partido Comunista de Chile quienes habían diagnosticado que el año 1986 sería decisivo para la lucha contra la dictadura de Pinochet y así lo habían denominado:”el año decisivo”. El Comandante, fiel a su costumbre escuchó largamente los argumentos, después de lo cual formuló concretas preguntas que lo ayudaran a recrear la situación para concluir reflexionando acerca de la futilidad de fijar fechas y plazos precisos para el desarrollo de los acontecimientos políticos. Entonces Fidel recordó su discurso de 1955 y su proclama. Según él, además de dar información gratuita al enemigo sobre sus proyectos, le generó una gran presión al movimiento a fin de cumplir con la promesa hecha al pueblo, y agregó que eso les obligó a acelerar y adelantar planes que hubieran podido prepararse mejor.

La evocación viene a cuenta de las múltiples opiniones pesimistas en torno al “fin del ciclo progresista” que se verían acentuadas por una probable derrota (que como soporte a estas opiniones, ya se anuncia) de Alianza País en la segunda vuelta de la elecciones de Ecuador. ¿Cómo si los procesos de transformación revolucionaria de la sociedad se pudieran hacer avanzar, a partir de los triunfos o derrotas electorales, en los marcos estrechos del sistema liberal de democracia representativa? Por supuesto, que ese es hoy el escenario donde se libran las batallas más importantes, pero, en la misma medida que se pueden ganar o perder, ninguna reviste carácter estratégico. Incluso el muy apreciado y respetado Atilio Borón, llegó a firmar que las elecciones de Ecuador significan una nueva “Batalla de Stalingrado”, lo cual me parece fuera de todo contexto. En 1941, en Stalingrado se jugaban los destinos de la humanidad, en la conflagración participaron 3.5 millones de soldados por ambos bandos, 25 mil piezas de artillería, 4500 carros de combate y 2000 aviones. Al final, en los campos de combate quedaron alrededor de 1.9 millones de muertos, heridos y desaparecidos. En términos estratégicos, Stalingrado significó el inicio del fin del nazi-fascismo como sistema político imperante y aniquilado su afán expansionista y agresivo al servicio del capital. 

Con todo respeto, digo que el 2 de abril en Ecuador no se jugará el destino de la humanidad y gane quien gane las elecciones, no será ni el fin del capitalismo (si gana Alianza País) ni el fin de la revolución (si ganan los banqueros que apoyan a Lasso). Por supuesto que el resultado de los comicios tendrán gran impacto en Ecuador y también en América Latina, pero no se le puede hacer asumir al pueblo de ese país tamaña responsabilidad, cuando con extraordinario esfuerzo y sacrificio, con decisión y convicción bajo el liderazgo de Rafael Correa, han hecho prosperar su país en los últimos diez años, mucho más que en los cien años anteriores. Si eso no es un avance extraordinario, que ahora ha llevado a que Alianza País tenga mayoría en la Asamblea Nacional, ¿qué puede serlo?, cuando, como me dijera hace unos días un amigo ecuatoriano, antes de Correa, hace solo 12 años, “en mi país estaban vedadas las palabras revolución y socialismo”.

Otra cosa es no haber tenido la capacidad para prepararnos y enfrentar exitosamente los nuevos instrumentos de poder y agresión imperial, en primer lugar la de los medios de comunicación y las empresas encuestadoras. Durante el siglo pasado, aprendimos a luchar con las armas y tomamos el poder en Cuba y Nicaragua (si de Stalingrado se quiere hablar, la derrota sandinista de 1989 podría ser lo más cercano). Junto a ello, nos dominaban por vía electoral y también aprendimos a ganar elecciones: Salvador Allende señaló el camino (Su derrota y asesinato, ¿Otro Stalingrado?, ¿cuántos hay?), y Hugo Chávez lo transformó en tendencia a partir de 1998. Los sandinistas protagonizaron otra verdadera proeza, además de derrotar a Somoza en 1979, perseveraron y no abandonaron al pueblo tras la derrota, hasta volver a gobernar en 2007 (esta vez por vía electoral),…avances y retrocesos, victorias y derrotas, flujo y reflujo, todo lo propio que debe recorrer un pueblo en el camino de su liberación.

Pero, incluso cuando se habla de “fin de ciclo progresista”, se hace alusión al período en que hubo una buena cantidad de gobiernos democráticos y anti neoliberales en la región, lo cual, finalmente, configura un análisis desde arriba. ¿Quién se ha puesto a estudiar cuánto han avanzado los pueblos en términos de formación y organización política en ese período?¿ Por qué si miramos Argentina, solo vemos la derrota electoral de diciembre de 2015, cuando tenemos a la vista, las extraordinarias manifestaciones de la semana pasada en la que participaron 70 mil maestros en una, 500 mil trabajadores en otra y decenas de miles de mujeres para conmemorar su día?. El salto cualitativo es que no solo fueron en contra de las políticas neoliberales de Macri, también de repudio a la dirigencia obrera corrupta que pretende poner pañitos tibios a un pueblo enfervorizado que comenzó a exigir cambios mucho antes de lo que los pesimistas del “fin de ciclo” esperaban. No hay ciclos para los trabajadores, ni fecha fatales, la lucha es continua, es permanente, es constante y es como dijo el Che hasta que se triunfa o se muere. Las elecciones son solo momentos en los que si gana un representante del pueblo, se obtienen mejores condiciones para hacer avanzar más rápido los procesos. Si además, ese representante se llama Hugo Chávez o Evo Morales o Rafael Correa, la velocidad del cambio puede ser mucho mayor, parece que eso es lo que se ha dado en llamar ciclo, pero a diferencia de la lucha que es eterna, los tiempos electorales son finitos, comienzan y terminan, y está visto que no necesariamente terminan bien.

El próximo año 2018, no será decisivo, pero si muy importante en términos electorales, habrá comicios en Brasil, México y Venezuela: los dos grandes de América Latina y el Caribe, podrían tener gobiernos de izquierda antes que finalice ese año. Falta mucho tiempo aún y la capacidad imperial de fraguar trampas electorales está en su apogeo, pero hasta hora Andrés Manuel López Obrador y Lula Da Silva gozan de la mayor aceptación popular. Le preguntaba a un amigo mexicano, acerca de qué gran cambio podría significar López Obrador, me respondió escuetamente: “Hará un gobierno decente, y eso para México es mucho”. Ojalá que Lula lo haga también. 

Para América Latina y el Caribe, sería la primera vez que los dos países más grandes por su dimensión geográfica, su economía y su población, confluyan en un ánimo integracionista. Cuando México tuvo esa voluntad, Brasil se debatía entre dictaduras y cuando Lula llegó al poder, el neoliberalismo se había estacionado en el país del sur del Río Bravo. Sería entonces, la primera vez que converjan para llevar unidos a América Latina a jugar un papel más protagónico en el escenario global. 

Ojalá ello ocurra, tanto en Brasil como en México, pero escucho a Fidel: no quiero poner fechas, no quiero hablar de años decisivos, ni mencionar nuevos stalingrados. En los eventos electorales habrá que hacer el mayor esfuerzo en pro de la victoria, pero se gane o se pierda, se trata de dominar -lo que el brillante intelectual cubano Fernando Martínez Heredia denomina- las relaciones entre dificultad y revolución, y solo sé, que en cualquier caso, el único camino es luchar hasta la victoria siempre, es además la forma más segura de llegar con éxito a Berlín. 


sábado, 4 de marzo de 2017

¿A cuál Trump veremos en el futuro?


El pasado 20 de febrero el prestigioso Instituto Internacional de Investigaciones para la Paz de Estocolmo (SIPRI, por sus siglas en inglés) dio a conocer su informe anual de 2016, sobre comercio mundial de armas, de la misma manera que lo viene haciendo desde 1969. 

Entre las informaciones relevantes, destaca que las transferencias de armas en el quinquenio 2012-2016 llegó al volumen más alto desde el fin de la guerra fría, lo que hace patente que la humanidad y en particular las grandes potencias, lejos de avanzar hacia la paz y el desarrollo, profundizan en el gasto armamentístico, lo cual es un referente claro de las condiciones crecientes de conflicto en el planeta.

Como era de esperar, las zonas de mayores tensión: Medio Oriente, Asia y Oceanía (que para efectos del informe se miden juntas) son las que tuvieron incremento en el flujo de armamento, pero lo que resulta más paradójico es que de los cinco mayores exportadores de armas, cuatro (Estados Unidos, Rusia, China y Francia) son miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, la instancia que debería ser responsable de garantizar la paz y la seguridad del globo. El quinto es Alemania, el país causante de las dos devastadoras guerras del siglo XX, que no oculta su ambición guerrerista a través de un papel cada vez más activo y expansionista hacia el este de Europa como miembro de la OTAN y acompañante de Estados Unidos en todas sus aventuras bélicas en el planeta. Por supuesto, Alemania también ambiciona a ser miembro permanente del Consejo de seguridad, para de esa manera, lograr una “patente de corso” a su natural espíritu de propagación. 

La India, que también apuesta por un puesto en un virtual Consejo de Seguridad ampliado, se transformó en el mayor comprador de armas en el período, representando el 13% de las importaciones globales y un incremento del 43% respecto del período anterior, superando con creces a sus rivales vecinos de China y Pakistán. También es de resaltar el importante crecimiento de Vietnam que tuvo un ascenso de 202% pasando a ser el décimo mayor importador de armas del mundo. Estas cifras, son muestra evidente que Asia y el Pacífico avanzan aceleradamente hacia su conversión en la mayor zona de riesgo de confrontación global. 

Desde la perspectiva de los exportadores, Estados Unidos sigue siendo el país que conserva el primer puesto, con un 33% del total general y un incremento del 21% en este período en comparación con el anterior. Debe recordarse que en los ocho años de la muestra, el Premio Nobel de la Paz, Barack Obama, era el presidente de este país.

No obstante que Estados Unidos exporta armas a alrededor de 100 países en todo el mundo, (mucho más que cualquier otro país), la mitad de sus despachos tuvieron como destino al Medio Oriente. A sí mismo, Rusia atesoró el 23 %, China 6,2%, Francia 6% (aunque se espera un alza en los próximos años cuando se concreten varios contratos ya firmados) y Alemania 5,6% del total de venta de armas. 

En este contexto, se conoció el anuncio del presidente Donald Trump de que solicitará al Congreso un aumento de los gastos de “defensa” de su país de US$ 54 mil millones para el año 2018, es decir un 9% más que en el anterior presupuesto. El nuevo mandatario estadounidense adujo la necesidad de “apuntalar el poderío militar a los niveles apropiados para rescatar la grandeza perdida del país”. Trump ha dicho que este aumento va a permitir que las fuerzas armadas detengan su proceso de “decadencia por falta de recursos apropiados”. Para alcanzar este objetivo, se propuso lograr la supremacía absoluta de las fuerzas nucleares, así como el aumento de la dimensión del componente naval de sus fuerzas armadas. 

Si este aumento es aprobado por el Congreso, el Pentágono tendrá un presupuesto de US$ 650 mil millones (digo el Pentágono, porque si se suma el cómputo de los gastos de otras agencias de seguridad y defensa, el presupuesto militar de Estados Unidos superará el billón de dólares). Con todo, esa cantidad es muy superior a la de China (US$ 215 mil millones y la de Rusia (US$ 66 mil millones), es decir que el presupuesto de Estados Unidos será superior al doble del de sus potencias rivales, (tomados como uno solo), todo según cifras del SIPRI.

Aunque el Medio Oriente sigue siendo el epicentro de los mayores conflictos bélicos del planeta, en los dos últimos períodos medidos, cedió el primer lugar de importación de armas en el mundo (29%) a favor de Asia y Oceanía que tuvieron el 43%. Esto es un claro índice de la dirección en que apuntan los peligros del futuro. Para nadie es un secreto que el Mar del Sur de China es la región del mundo donde se concentra el mayor riesgo de que se produzca una conflagración de carácter global. En el resumen de un artículo elaborado por el Instituto Nacional de Estudios del Mar del Sur de China, ubicado en la ciudad da Haikou de la provincia meridional de Hainan en China y publicado en la edición en inglés del periódico China Daily del 25 de noviembre del año pasado bajo el título “Informe del crecimiento de la presencia militar de Estados Unidos en la región Asia-Pacífico” se señala que: “Los despliegues y actividades militares de Estados Unidos en la región de Asia-Pacífico son manifestaciones importantes de su estrategia de "reequilibrio". Desde que el presidente Barack Obama asumió el poder en 2009, el ejército estadounidense ha cambiado su enfoque y ha dado prioridad a la región. En 2012 y 2013, anunció oficialmente que el 60 por ciento de sus buques navales y de su fuerza aérea se desplegarían en la región de Asia-Pacífico en 2020. Impulsado por este reequilibrio en Asia-Pacífico, Estados Unidos ha construido gradualmente su despliegue de tropas, con una mayor presencia, el incremento de las actividades militares en la región y el aumento de la cooperación militar con sus aliados regionales y socios como Japón y Singapur”.

Cuando este artículo fue publicado, ya Donald Trump había sido electo presidente de Estados Unidos y había proferido severas amenazas contra China. A comienzos de enero, Rex Tillerson, entonces nominado para Secretario de Estado se unió a la comparsa de la retórica belicista en su comparecencia ante el Senado. Al referirse a las acciones del gobierno chino en relación a los arrecifes y bancos de arena en el Mar del Sur de China, Tillerson manifestó que: “Vamos a tener que enviar a China una señal clara de que en primer lugar, la construcción de las islas se detiene y, en segundo lugar el acceso a las islas no va a ser permitido”. 

China, que fiel a su filosofía, se había mostrado paciente ante los desplantes del presidente electo, respondió con firmeza esta vez, advirtiendo de los riesgos de un enfrentamiento militar entre ambas potencias. El 13 de enero el periódico Global Times, vocero oficioso del Partido Comunista de China editorializó “…Estados Unidos no debería pensar que China tiene miedo de sus amenazas”, agregando más adelante que:” A menos que Washington planee lanzar una guerra a gran escala en el Mar del Sur de China, cualquier otro método para evitar el acceso chino a esas islas será estúpido”, finalizando con un mensaje directo al hoy Secretario de Estado: “Tillerson haría bien en ponerse al día en estrategias nucleares si quiere que una potencia nuclear se retire de sus propios territorios”.


Trump parece haber captado el mensaje. Posteriormente se produjo una amistosa conversación telefónica con el Presidente Xi Jinping en la que quedó claro que las relaciones entre los dos países se seguirán manteniendo sobre la base del reconocimiento de la política de “una sola China”. Más recientemente, el presidente estadounidense recibió en la Casa Blanca a Yang Jiechi, experimentado diplomático chino, ex embajador en Estados Unidos, ex Canciller y actual Consejero de Estado quien después de conversar con el mandatario estadounidense manifestó que: "En consonancia con el consenso alcanzado por los dos jefes de Estado y siguiendo los principios de no conflicto, sin enfrentamiento, respeto mutuo y cooperación mutuamente beneficiosa, China está dispuesta a incrementar los intercambios con Estados Unidos a niveles altos y diversos, ampliar la cooperación y la coordinación en áreas bilaterales de amplio alcance y en las principales cuestiones regionales y mundiales y respetar los intereses y preocupaciones principales de cada uno".

¿Qué podemos aguardar para el futuro del planeta, al Trump de esta declaración o al que está solicitando un 9% de aumento en el presupuesto militar de su país, el mayor en una década? Es difícil predecirlo, pero a la luz de su retórica, el mundo vivirá en ascuas, esperando lo peor. 

sábado, 25 de febrero de 2017

Ser o no ser. Esa es la cuestión.




En los días que corren, tratar de escribir con coherencia por una parte y apuntando a aquello que puede ser interesante y prioritario para el interés del lector, por otra, se ha transformado en un verdadero reto. Como he dicho en días pasados, la incertidumbre y el caos son el signo de los tiempos, en los que la mayor potencia mundial está marcando la pauta.

Aunque la situación actual me lleva a recordar al rey, cuando en la primera escena del tercer acto de Hamlet afirmara que: “La locura de los poderosos no debe dejarse pasar desapercibida”, no es necesariamente la supuesta demencia del Rey Donald –la misma que incluso un grupo de siquiatras ha confirmado- la que más preocupa, sino las consecuencias que ella tiene en el actuar de sus súbditos. La violenta oposición que ha decidido desatar el partido demócrata en alianza con las corporaciones transnacionales de la comunicación y la burocracia de Washington, han hecho trastabillar a Trump, quien ha visto desvanecerse su decreto contra los musulmanes y obligado a poner a “jugar banca” a su flamante asesor de seguridad nacional Michael T. Flynn, todo antes de cumplirse el primer mes de mandato.

Tales hechos han conformado una situación de debilidad de la figura presidencial lo que según el renombrado sociólogo estadounidense James Petras, ha obligado a Trump a retroceder y aceptar una agenda de “alianza” con el partido demócrata. No obstante, la peor consecuencia del ambiente creado, es que la debilidad de la figura presidencial estadounidense configura, -como ya ocurrió en el período Obama- una total anarquía en el accionar de las agencias y departamentos del gobierno de Estados Unidos, que comienzan a operar con criterio propio.

Pareciera que estos acontecimientos empiezan a manifestar influencia en el actuar de gobiernos y organizaciones aliadas de Estados Unidos en América Latina y el Caribe, las que envalentonadas por el apoyo tácito o evidente que reciben desde el norte desparraman su locura propia para abordar acciones que más que coherencia, reflejan debilidad ante la incapacidad de consolidar el retroceso del movimiento popular iniciado hace dos años.

En Argentina, Mauricio Macri ha configurado el gobierno más entreguista de la historia de ese país, si consideramos que se “arrodilló” vergonzosamente ante los “fondos buitre” que esquilmaron al pueblo argentino, se desinteresó de la reclamación por la usurpación británica de las islas Malvinas y ahora, en el paroxismo de la sumisión colonial, condecora al rey Borbón con la orden que lleva el nombre del General José de San Martín. 

Así mismo, las luchas sociales han ido en ascenso, mostrando una faceta propia de Argentina en cuanto a la permanente rebelión de sus sectores populares organizados. Según un informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), el año 2016 cerró con un alto grado de luchas laborales y sociales, que se manifestó en la existencia de 711 conflictos en el tercer trimestre del año.

El súmmum de la “obra de gobierno” de Macri ha sido el intento de hacer que el pueblo argentino le condone a él y a su familia la deuda de 4.6 mil millones de dólares que posee con el Estado. Durante el gobierno neoliberal de Carlos Menem, el Correo argentino, una empresa exitosa, orgullo del país, fue privatizada y adquirida por la familia Macri que la “exprimió” al máximo hasta declararla en quiebra. El gobierno de Néstor Kirchner la rescató, la hizo viable económicamente, pero quedó pendiente de pago el pasivo que adeudaba la familia Macri y que hoy el presidente pretende conmutar. 

Junto a ello, firmó un decreto que modifica la fórmula para calcular el aumento de las jubilaciones, retrotrayendo esos montos al año 2015, mientras en el país sigue desarrollándose una inflación galopante. Con ello el gobierno macrista pretende contar con más recursos de cara a las elecciones parlamentarias de octubre, suplir la baja de ingresos por los recortes impositivos a los sectores más altos de la sociedad y, finalmente, generar las condiciones para la privatización de la seguridad social.

Ha sido tal la dimensión del desastre que conllevaron ambas decisiones, que Macri recibió una feroz crítica de algunos de sus principales promotores, como el diario Clarín, el prominente periodista Jorge Lanata, suerte de conciencia gris de la ultra derecha de ese país y el propio partido Unión Cívica Radical, su aliado más próximo. Hoy, la pregunta más recurrente en las cercanías del río de la Plata es si Macri terminará o no su mandato. 

Más al norte, en Brasil, las cosas no parecen ir mejor. Durante su ejecutoria desde el golpe de Estado parlamentario que lo puso en el gobierno, el presidente de facto Michel Temer ha trabajado a favor de los sectores oligárquicos que lo llevaron a ese cargo, adelantando la destrucción del patrimonio público, en primer lugar de Petrobras y luego la banca pública con el fin de amputar la posibilidad de desarrollar políticas sociales a favor de las mayorías. De la misma manera, ha operado para afectar los derechos de los trabajadores, todo hecho en soledad, pero contando con el invaluable apoyo de sus adláteres corruptos del Congreso, el Poder Judicial y el soporte que surge del silencio cómplice de las Fuerzas Armadas mientras sigue menguando cada vez más el favor del pueblo. Por eso, a pesar de todas las trampas, amedrentamientos, presiones, amenazas y violaciones de la ley encaminadas a destruir la imagen de Lula e impedirle que pueda ser una opción real en las próximas elecciones, éste sigue puntero en todas las encuestas en primera y segunda vuelta contra cualquiera que sea el probable candidato de la derecha. En este caso, la locura del golpe de Estado como fin último de apartar al PT del gobierno, se comienza también a revertir en plazos muy acelerados.

Vistas así las cosas, uno puede preguntase el rumbo que tomará América Latina, cuando el acoso a México es brutal, a tal punto que la clase política de ese país, por primera vez en 17 años ha vuelto nuevamente la cara hacia América Latina y cuando los dos puntales sobre los que se ha estado construyendo la regresión política de la región se comienzan a tambalear, la pregunta es ¿cómo va a reaccionar el rey?, o dicho con más fundamento ¿cómo va a reaccionar la corte del rey? si se quisiera poner a efecto aquello que -nuevamente nos recuerda a Hamlet cuando escuchaba en voz de Polonio (acto 2, escena 2) quien le decía que: “La locura acierta a veces cuando el juicio y la cordura no dan fruto.” Ese es mi verdadero temor, la posibilidad que la supuesta locura del presidente sea el argumento para que él pueda cometer toda suerte de desmanes o, -mucho más probable- lo hagan sus subordinados cuando se comienza a configurar una situación “fuera de control”, bajo supuestas condiciones de demencia en las que se sientan libres de actuar contra personas o países, sean musulmanes, negros, migrantes indocumentados, homosexuales, mujeres, Irán, Venezuela o Cuba. En América Latina, se podría conformar un escenario particularmente peligroso, sobre todo cuando el pretendido ciclo que ha finalizado, se comience a manifestar otra vez, lo cual ocurrirá más temprano que tarde sin que nadie lo pueda dudar, aunque no estoy tan seguro que adquiera la misma forma que en 1998. Creo que necesariamente será a partir de nuevos liderazgos, y a través de modelos de democracias más profundas, más participativas y más radicales. 

Para América Latina y el Caribe, la disyuntiva vuelve a ser la misma que la del Príncipe de Dinamarca: “Ser o no ser, esa es la cuestión, si es más noble para el alma soportar las flechas y pedradas de la áspera fortuna o armarse contra un mar de adversidades y darles fin en el encuentro…”

domingo, 19 de febrero de 2017

Trump: incertidumbre, dilema y perplejidad (II)


El centro de la atención mundial del último mes ha estado puesto en los twitters del presidente de Estados Unidos, toda vez que hasta ahora no es claro que se pueda determinar hacia donde se orienta el nuevo inquilino de la Casa Blanca, por lo que sus “trinos” están siendo la única manera de tratar de dar seguimiento a su política exterior. 

Sin embargo, su primer mes de gobierno ha estado caracterizado por un enemigo inusitado que desde el primer momento demostró una férrea oposición y un ataque sin cuartel a las decisiones presidenciales en materia de política interna: el partido demócrata ha devenido más reaccionario y guerrerista que el republicano ante su desesperación por haber perdido la presidencia y el ulterior desmontaje de sus políticas por parte de Trump. Estos primeros treinta días han sido de dedicación mayoritaria a la política interna.

Dos cosas quedan claras, la primera es que las contradicciones inter partidarias en Estados Unidos, son sólo expresión de diferencias entre fracciones oligárquicas domésticas, es decir, en cada momento se hace lo qué decide el sector que está siendo más favorecido por la administración de turno y, segundo, que en política exterior ambas caras del poder conforman un todo único que apuesta por el mantenimiento de la hegemonía global de su país a cualquier precio. Es probable que aparezcan discordancias, como ocurre hoy respecto de Rusia, pero en el momento de tomar medidas a favor del conflicto, no habrá dudas respecto de acuerdos entre ambas facciones.

Si queremos tener una idea de quién gobernará Estados Unidos en los próximos años, debemos destacar que el gabinete de 21 miembros de Trump está formado por 16 hombres blancos y uno negro y 4 mujeres. Se calcula que la fortuna de los miembros del gabinete asciende a 35 mil millones de dólares.

Entre los miembros del “núcleo duro” del gabinete, se supone que los que mayor incidencia tengan en política exterior, -ahora que el General Michael Flynn ha sido abruptamente defenestrado de su cargo- son Rex Tillerson, Secretario de Estado, Steven Mnuchin, Secretario del Tesoro y James Mattis, Secretario de Defensa De ellos, Tillerson no tiene ninguna experiencia en la función pública, aunque si una cercanía con los asuntos petroleros y energéticos, y un conocimiento exacto de Venezuela por la participación de la la Exxon-Mobil empresa de la cual fue Director Ejecutivo, en la explotación petrolera en el territorio de Venezuela, ocupado por Guyana en reclamación en el Esequibo. Es muy probable, que dados los antecedentes de Tillerson, Estados Unidos regrese a la diplomacia petrolera que caracterizó los gobiernos de los Bush, padre e hijo.

Steven Mnuchin, el nuevo Secretario del Tesoro, fue ejecutivo de Goldman Sachs, uno de los bancos de inversión, acusado de fraude por las hipotecas subprime y causante directo de la deuda que llevó a Grecia al default. Mnuchin se vio bastante inexperto y con pocos argumentos ante los periodistas cuando en rueda de prensa informó sobre el asunto del vicepresidente de Venezuela Tareck El Aissami, la prensa le inquirió sobre otros temas que no supo contestar, afirmando: “Yo vine aquí solo a hablar de Venezuela”, asunto que no interesó a los reporteros. El Secretario de Defensa James Mattis, será seguramente, –junto a Tillerson- quien tenga mayor participación en los temas referidos al Medio Oriente, China y Rusia, con los que ha tenido vinculación como alto oficial de las Fuerzas Armadas en el pasado. 

Sigo pensando que, salvo México en primer orden, así como Cuba y Venezuela después, América Latina y el Caribe no revisten mayor importancia en la agenda de Trump, que actuará en este ámbito a partir de criterios interesados de sus asesores y en la medida de la influencia que tengan los lobbies que se mueven a su alrededor como quedó de manifiesto al recibir a la esposa de Leopoldo López, gracias a gestiones de Marcos Rubio, con lo cual, además de mandar un mensaje (por twitter), a Venezuela, Trump pretendió, sobre todo, hacerle un guiño al lobby cubano de la Florida que lo adversó primero, para terminar dándole su apoyo en las elecciones. Es contradictorio que mientras el líder de la oposición y presidente del poder legislativo venezolano se tiene que reunir con funcionarios de segundo orden de la embajada de Estados Unidos en Colombia, la señora López sea recibida en la Casa Blanca por el presidente de ese país. Con esto, Trump quiso consolidar al senador Rubio como un interlocutor válido para las comunidades venezolana, cubana, además de la colombiana a la que pertenece la esposa de Rubio, que viven en Miami y sus alrededores. 

Las principales tendencias mostradas hasta ahora por el nuevo gobierno han sido hacia la militarización de la política exterior y una obsesiva preocupación por el “terrorismo islámico” en el que coloca a Irán como referencia. Ambos aspectos pueden tener incidencia en América Latina, por la vinculación que el gobierno de Estados Unidos podría hacer del país persa con sus aliados de la región en un supuesto apoyo al terrorismo, como ha quedado de manifiesto en la reciente acusación contra el vicepresidente de Venezuela. El argumento de lucha contra el terrorismo podría transformarse en elemento central de una política de “seguridad” de Estados Unidos en la región. En este sentido, vale decir que Estados Unidos tiene una burocracia poderosa, sobre todo en el departamento de Estado y en las agencias de seguridad, en particular la de lucha contra narcóticos (DEA) y la CIA que no siempre desarrollan políticas a partir de la decisión de sus jefes, como ha quedado demostrado innumerables veces en años recientes. No se puede obviar que el incremento como nunca antes de la presencia de militares en el gabinete de Trump, significa una fuerte representación del Complejo Militar Industrial en el gobierno de Estados Unidos, con todas las consecuencias que ello tiene, si se considera que esta es la industria más importante y el soporte principal de la economía del país.

Trump tendrá que lidiar con los conflictos heredados de sus antecesores: el Medio Oriente, generado por Bush, Ucrania, obra de Obama y sobre todo con China que es el único de todos ellos que podría originar transformaciones estructurales en el sistema internacional. Con todos ellos, ha sido ambiguo, y se hace necesario estudiarlos con detenimiento. El quid del problema es saber si dará continuidad o hará cambios respecto del pasado en su política. Por lo pronto, ha mostrado voluntad de acercarse a Rusia para buscar puntos en común en aquellos asuntos donde los haya; en el Medio Oriente, pareciera que seguirá atado a Israel, sobre todo por su cercanía afectiva, toda vez que su yerno es un sionista militante y su hija una judía conversa, Esto lo marcará a la hora de tomar decisiones, sobre todo en relación a Irán. Nuevamente, en este aspecto, tendremos que esperar medidas influidas por factores subjetivos, que solo podrán ser modelados en el tiempo, cuando Trump, entienda su rol de estadista y de presidente de la primera potencia mundial. Se tendrá que sentar en toda la silla, no sólo en la punta de ella, como hasta ahora. 

Con China será diferente, porque además de las políticas heredadas, Trump tiene, desde hace muchos años, una idea propia formada. Ya en 2011, dijo que "China es nuestro enemigo, ellos nos quieren destruir", así mismo, en otro plano afirmó que: "En el ámbito comercial, los chinos son unos tramposos", e incluso en 2012 aseguró que: "El concepto de calentamiento global fue creado por y para los chinos para hacer que la manufactura de Estados Unidos no sea competitiva". Sin embargo, estas aseveraciones, de evidente contenido emocional, a las que Trump es muy propenso son hechas a través de twitter, por lo que no está obligado a explicarlas con detenimiento, dados los 140 caracteres que lo limitan, con los cuales el presidente se siente muy a gusto para emitir sus brillantes ideas. 

Pareciera claro que Trump pondrá el énfasis de su gestión en mejorar la economía de Estados Unidos, eso chocará con la política exterior y sobre todo con la política militar de sus antecesores. Habrá que saber si se producen cambios en el desarrollo de esas estrategias a favor de cumplir sus propuestas de campaña o mantendrá la política exterior agresiva y ofensiva de sus colegas que le precedieron en el cargo. Es muy pronto para saberlo con precisión, pero en cualquier caso, - si lo compramos con sus antecesores- es esperanzador para la humanidad que haya dicho que es esencial tener buenas relaciones con Moscú para prevenir "un holocausto nuclear sin igual".

sábado, 11 de febrero de 2017

Trump: incertidumbre, dilema y perplejidad.


Al comenzar el año, alguien me preguntó respecto de qué pensaba en relación a cómo se iban a desarrollar las relaciones internacionales este año, sobre todo después de la entronización de Donald Trump como nuevo presidente de Estados Unidos. En ese momento contesté que pensaba –y sigo pensando- que por mucho tiempo la característica fundamental que actuará como eje del comportamiento de los principales actores internacionales, -y con ello, de la mayoría de los mismos- se moverá entre la incertidumbre, la indecisión y el dilema, hasta llegar a la perplejidad y el titubeo.

Con el restablecimiento de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, se observó que, después de esa decisión, y sobre todo posterior al viaje del presidente Obama a La Habana, una gran cantidad de líderes de Occidente y sus “aliados” comenzaron a desfilar por la capital de la mayor de las Antillas-. Fue evidente que, todos ellos, necesitaban una señal desde Washington para tomar sus propias decisiones de política exterior. En esa medida, la incertidumbre y la permanente duda respecto de las intenciones reales del Presidente Trump, que pareciera todavía moverse en términos más emocionales que políticos, “inundan” la cotidianidad de la mayoría de las cancillerías “subordinadas”, que esperan una “señal del cielo” para saber si sacan o no sus paraguas, a fin de capear posibles temporales.

El mundo de hoy se mueve en medio de paradojas, algunas bastante risibles, otras verdaderamente ridículas. Me viene a la memoria: “CNN miente” lo dijo Trump, antes, cuando la evidencia de tal afirmación la hacían otros, sobrevenía de inmediato la acusación de haber configurado un “atentado a la libertad de expresión”, de manifestar “opiniones absurdas de quienes les hacen el juego al terrorismo” o simplemente “mentes afiebradas, que continúan añorando al comunismo”; “Estados Unidos se retira del TPP”, también lo dijo el presidente estadounidense y el mundo se quedó mudo. Los rastreros presidentes de América Latina que forman parte del tratado (Chile, Perú y Colombia) guardaron “respetuoso” silencio y de repente recordaron que China los podía salvar y cual gusanos se arrastraron a buscar a un nuevo amo que los salvara de la debacle. En otro ámbito, en el colmo del paroxismo el presidente español, sin que nadie se lo pidiera, se ofreció como intermediario entre el gobierno de Estados Unidos y los de América Latina. ¿Será que se le olvidó que desde hace casi dos siglos somos naciones independientes, que cada una de ellas, salvo Brasil, tiene gobiernos democráticamente elegidos y que todas tienen relaciones con Estados Unidos? En fin, son las nuevas cosas que motiva Donald Trump y que tienen al mundo de cabeza. 

Desde el mismo momento de la selección de sus colaboradores más cercanos, se comenzaron a enunciar diferencias respecto del “natural” comportamiento de un presidente de Estados Unidos. En sus audiencias de confirmación ante el Senado, algunos de ellos (sobre todo quienes tienen las responsabilidades más relevantes) manifestaron opiniones discordantes con las de su jefe. Ante la polvareda que se levantó, el propio Trump aclaró que sus colaboradores pueden manifestar libremente sus opiniones. En lo que a política exterior se refiere, se revelaron posiciones encontradas respecto a las relaciones con Rusia, Irán, y China, la política en el Medio Oriente, desarme nuclear y cambio climático entre algunos temas más relevantes. Esto fue un adelanto de lo que se venía.

Lo cierto es que han pasado tres semanas y no hay claridad respecto del futuro, a pesar que se tomaron algunas medidas que han copado el mundo informativo por lo novedoso respecto del pasado, a la ambigüedad se vino a sumar la contradicción como rasgo siempre presente: aún no es claro cómo se manejara la relación con Rusia, cuando la misma se ha movido entre la aparente afabilidad de sus líderes y el mantenimiento de las sanciones que acompañan el pensamiento radical de los principales personeros del gobierno de Estados Unidos. Rusia está haciendo su contribución, sus dirigentes han flexibilizado el lenguaje y sus medios de comunicación, sin bajar la guardia, asumen una mayor moderación en sus aseveraciones, sin embargo, en el contexto actual, esto no asegura nada. 

Con respecto a China, lo mismo, una inusitada agresividad que se ve apaciguada repentinamente. Otro tanto ha ocurrido con Irán. En fin, no se sabe qué pensar. Cuando uno ve las fotos de Trump sentado en la punta de una silla conversando con sus colegas del mundo, da la impresión de que está apurado, que en cualquier momento puede concluir el dialogo (como ya ha ocurrido) y que tales conversaciones son sólo expresión de una formalidad.

El caso de China es uno de los más patentes en este sentido, después de haber dicho hace solo un mes que no se comprometería a un acuerdo de largo plazo entre Estados Unidos y China sobre Taiwán, condicionándolo al progreso en la políticas monetarias y comerciales de Beijing, y afirmando que "todo puede ser objeto de negociación”, incluyendo la aceptación de la política de “una sola China” base fundamental para el sostenimiento de relaciones diplomáticas con el gigante asiático, lo cual trajo la repulsa y el rechazo del gobierno de ese país, ahora, en una conversación directa sostenida con el presidente Xi Jinping, el pasado jueves 10, Trump se comprometió a respetar esa política, afirmando que China y su país acercarán posiciones y que de ello saldrán resultados positivos para todos, lo cual generó gran alivio en la comunidad internacional. Sin embargo, al día siguiente, Federica Mogherini alta representante para la Política Exterior de la Unión Europea (UE), principal aliada de Estados Unidos, durante una visita a Washington, le ha instado a "no interferir" en la política de los países comunitarios, creando una nueva fricción en el escenario.

En el trasfondo, todas estas acciones son expresión de un remezón profundo en el sistema, que no puede ser obviado en el análisis. Hay causas estructurales que pueden explicar la victoria de Trump, a pesar que se conocían sus opiniones de antemano, las cuales fueron expuestas muy transparentemente durante la campaña. Y ahí, tal vez resida el malestar del establishment, que está acostumbrado a actuar en “lo oscurito”. Obama no dijo que iba a construir el muro en la frontera con México pero “adelantó” 1100 Km. Trump dijo que no iba a cerrar la cárcel ilegal de Guantánamo y apoyó abiertamente el mantenimiento de la tortura como método para obtener información. Obama, por el contrario aseguró que iba a cerrar Guantánamo y no lo hizo, y mientras rechazaba la aplicación de apremios ilegítimos, sus fuerzas armadas y agencias de seguridad los siguieron utilizando. Obama repudió, siempre que pudo, al terrorismo islámico mientras lo apoyaba clandestinamente con armamento, entrenamiento y cobertura. Trump ha dicho que es imprescindible una alianza con Rusia para derrotar al Estado Islámico. Pronto seremos testigos, de si la continuidad o el cambio es lo que marcará la política del nuevo presidente en este ámbito.

Por ahora, lo que sí se puede afirmar es que la victoria de Trump al menos ha puesto en entredicho tres pilares que caracterizan la visión occidental de la política: 1. La democracia representativa como verdad universal. Falso, En Estados Unidos solo votó la mitad de la población y la minoría obtuvo el triunfo, por tanto, la democracia no es necesariamente el gobierno de la mayoría ni necesita de la participación ciudadana para ser legal. 2. Los tratados de libre comercio son la panacea de la economía global y el neoliberalismo la solución de los problemas de la humanidad. Falso, Trump, el magnate presidente se demoró una semana en echar abajo parte importante de este edificio, mientras sus adláteres de todo el mundo buscan desesperadamente al Fidel Castro culpable de esta debacle y 3. El respeto a los derechos humanos es el instrumento fundamental para hacer respetar la ley en el planeta y dentro de ella, el elemento fundacional es la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Falso, el presidente de Estados Unidos se permite abiertamente decir que puede hacer lo que le parezca y pasar por encima de los principios fundamentales del derecho, si el interés de Estados Unidos, así lo amerita. 

Este es el escenario…vamos a ver que pasa. 

viernes, 16 de diciembre de 2016

Bruno Rodríguez Parrilla en 1991. “El relevo de la Revolución está asegurado por la Revolución misma”


Al parecer, mi artículo de la semana pasada sobre la transición en Cuba, despertó cierto interés en quienes lo leyeron. Algunos de ellos, me escribieron o se comunicaron conmigo para recordar mi libro publicado en 1993 con el sugestivo título de ¿Y cuándo Fidel no esté?, insinuándome que hablara de ello. Aunque en agosto del año pasado, escribí sobre el tema, me pareció válido rememorarlo a partir de la dinámica que ha adquirido el mismo tras el fallecimiento del líder cubano Fidel Castro. 

Inquieto por la situación que habría de crearse cuando ello ocurriera, en fecha tan lejana como 1991 me propuse indagar acerca del pensamiento y la visión de los jóvenes cubanos sobre el tema. Entre diciembre de ese año y enero de 1992 realicé en La Habana una serie de entrevistas a mujeres y hombres cubanos que bordeaban los 30 años. Trece de estas entrevistas dieron origen en 1993 a este libro con portada del artista plástico Aníbal Ortizpozo y publicado por el Vice rectorado Administrativo de la UCV que conducía el profesor Elías Eljuri en coedición con la revista Ko´eyú Latinoamericana que dirigía el entrañable amigo Joel Cazal. En la presentación del libro se expone que el mismo cubre” un espectro de la juventud cubana suficientemente representativo a pesar que el imperativo del regreso nos obligó a postergar otras conversaciones que también tentaban nuestro interés”. 

Hoy, ante la fatalidad del hecho cierto: la desaparición física del Comandante en Jefe de la Revolución Cubana Fidel Castro, me parece muy pertinente, dar a conocer nuevamente la respuesta final a la pregunta que cierra la entrevista (que además es la última del libro) a Bruno Rodríguez Padilla, quien en ese momento, a sus 33 años, era miembro del Buro Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), y director de su órgano oficial, el periódico Juventud Rebelde. Desde marzo de 2009, Rodríguez Parrilla, quien es abogado de profesión, es el ministro de relaciones exteriores de Cuba y desde diciembre de 2012 miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba, la más alta instancia de conducción política del país. 

Las opiniones dadas hace 25 años por el hoy Canciller cubano cobran gran vigencia y legitimidad cuando se observan en el contexto del momento actual que vive Cuba. Quisiera extraer dos respuestas de la entrevista que podrían dar luces a aquellos que se inquietan por la llamada “transición cubana” y suponen que la misma comenzó ahora, tras el fallecimiento de Fidel.

Ante la pregunta de ¿Qué significa para un joven cubano en lo individual, y qué significa para tu generación, “mantener el poder conquistado en 1959 en las nuevas condiciones” (difíciles por lo demás?), Bruno afirmó que: “Yo conquisté el poder con un año de edad, en el 59. Se oye mucho en el mundo discutir sobre el poder, sobre cuotas de poder: Mi generación participa del poder, como participan las otras, lo que no quiere decir que la Juventud (Se refiere a al UJC. Nota del autor) no favorezca procesos que aceleren la promoción social de los jóvenes, la presencia de los jóvenes en las tareas vitales del país, incluso en los niveles de dirección y en las responsabilidades políticas y estatales más importantes: por eso más que consecuencias de una política , es consecuencia de un hecho de la realidad, como te decía la juventud tiene el espacio que nadie le ha dado, sino que se lo ha ganado con su presencia, donde se decide la Revolución, donde se hace la revolución todos los días. Si tú te pones a revisar la composición del partido, de los órganos locales de gobierno, de los aparatos económicos, de las empresas encontrarás a una generación muy fuerte representada, incluso a generaciones más jóvenes. Eso significa que nosotros asumimos siempre una gran responsabilidad, de hecho sentimos la responsabilidad de compartir el poder de una manera importante. No pretendemos mayores ni menores cuotas de poder, porque en una revolución que sobrevive en las circunstancias actuales, no es realista pretender distribuir el poder en cuotas”.

Agregó que “Esta es una Revolución y un país cuyo poder se sustenta en las mayorías. Lo único que nos queda son las mayorías. A un amigo le preguntaba hace poco: ´¿Ustedes piensan abandonar, dejar la Revolución?`. Él decía ´Eso no lo podemos hacer porque en Cuba lo único que hay es Revolución y mosquitos`. De manera que nosotros participamos del poder de la Revolución en todos los órdenes, en lo que hacemos y en la mayoría que aportamos. El día que la Revolución no tenga una sustancial mayoría, dejará de ser, y dejará de ser una Revolución auténtica”

Finalmente, la indagatoria cerró con la siguiente pregunta: “¿Consideras que tu generación está capacitada para asumir responsabilidades superiores? Y entre otras cosas algo que en Cuba es una realidad: ¿podrán suplir el ascendiente moral, la capacidad y la experiencia de la generación que derrocó a Batista, en particular el presidente Fidel Castro? ¿Crees que les den esa posibilidad de sustituirlos?

He aquí su respuesta: “En lo personal me siento cumpliendo funciones y asumiendo tareas muy responsables. Me es difícil decir si estoy preparado para desarrollar nuevas responsabilidades en el entendido de responsabilidades superiores. Francamente no me siento desbordado, pero si ante una responsabilidad que considero muy grande, está relacionada con un trabajo en la Juventud y con la dirección de un periódico en las condiciones actuales del país. Es difícil imaginarme una tarea que me sea más complicada. Me siento privilegiado de tener una responsabilidad, la cual todos los días se me presenta difícil, me exige soluciones y me deja poco tiempo.

En lo personal, estoy preparado para hacer varias cosas distintas. He tenido una vida muy dispersa. Fui bastante tiempo dirigente estudiantil, soy abogado, trabajé en los medios académicos, fui profesor universitario, trabajé en los sectores artísticos y literarios ya en la Juventud, estuve en las Fuerzas Armadas un tiempo, estuve en el trabajo internacional de la Juventud y en el servicio exterior y ahora soy director de un periódico, es decir, he hecho cosas bastante diferentes”.

Agregaba más adelante “Hay gente con una visión extraña de la juventud, a veces peyorativa, son los que hablan mucho de la madurez, como si fuera cronológica, y uno no conociera gente muy madura y muy joven y gente muy inmadura y poco joven, como los conozco yo también.

En fin, en esto hay que avanzar, pero, creo que esta es una generación que dispone de un espacio amplísimo, dispone de todo el espacio que se ha ganado, lo cual es decir mucho, y también es decir que los espacios de que no se dis­­pone hoy, son espacios a ganarse.

La Revolución es mucho más que Fidel. Sin lugar a dudas que su peso y su participación son extraordinarios, sobre todo en la conducción de este momento súper crítico, no sólo de la Revolución, sino de la historia nacional, pero estoy convencido que no se trata de salir a buscar otro Fidel, entre otras cosas porque no se puede. Tuvimos un Martí, y no tenemos otro, tenemos ahora a Fidel, y soy un convencido, no vamos a tener otro, porque eso es irrepetible, pero hay una generación, (política más que biológicamente hablando) de la que han surgido una cantidad importante de compañeros cuya madurez es capaz de suplir el vacío que deje la dirección histórica de la revolución. Si eso saliera mal, querrá decir que nos equivocamos rotundamente y lo que hicimos tuvo poco valor, pero es necesario decir que una de las extraordinarias virtudes de Fidel, es precisamente ser portador de ese concepto, el haber inculcado eso, el abrir esos canales de participación, y estoy seguro que sin Fidel, todo el mundo, quien esté y quien no esté en la dirección, sentirá una responsabilidad mayor que la que siente hoy.

El relevo de la Revolución está asegurado por la Revolución misma. Es parte de la obra de la Revolución. Ella existe hoy y seguirá existiendo, porque como hasta hoy, en cada momento ha habido una generación que ha asumido su responsabilidad con la patria, y lo que es más importante, ha gestado y ha hecho crecer el relevo necesario”.