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sábado, 15 de junio de 2019

Vida, pasión y… pronta muerte del Grupo de Lima


En 1945, al finalizar la segunda guerra mundial, se constituyó un nuevo sistema internacional que daba cuenta aproximada de la correlación política de fuerzas en el planeta, pero que en gran medida respondió a la imposición de Estados Unidos, el gran vencedor en la conflagración, sobre todo porque su territorio no fue tocado por el conflicto y su aparato industrial estaba intacto. También concurrieron a la creación de esta situación la mínima cantidad de bajas que sufrió ese país en comparación con Europa y China y su participación de última hora (menos de un año) en la verdadera guerra que fue la que se desarrolló en Europa, a pesar que ha querido magnificar hasta hoy el carácter de las acciones bélicas contra Japón en el Pacífico y Asia. 

Así, Estados Unidos modeló el mundo a su medida sin poder evitar que la Unión Soviética y China jugaran un papel protagónico, la primera por su gran potencial económico y su participación decisiva en la guerra, y China, que a pesar de haber quedado devastada tras 14 años de ocupación japonesa, hizo valer sus 540 millones de habitantes (más del 20% de la población mundial) para incorporarse a la nueva instancia de poder global: el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Estados Unidos añadió a sus dos aliados europeos: Gran Bretaña y Francia. De esa manera quedó configurado el verdadero poder mundial que vino a ser complementado en 1949 con la creación de la Organización del Atlántico Norte (OTAN), brazo militar de Estados Unidos en el mundo, en alianza con países militarmente subordinados 

Pronto, tal estructura tuvo su correlato en América Latina, solo que en su área de influencia directa, Estados Unidos no tuvo cortapisas para diseñar un “traje a su medida”, que se hizo efectivo tras el surgimiento del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) en 1947 y la Organización de Estados Americanos (OEA) en 1948, lo cual concretó el ancestral sueño panamericano basado en la Doctrina Monroe. 

sábado, 8 de junio de 2019

El fin de la historia. ¿Por Fukuyama? No, por Sebastián Piñera


Decir que cada país es diferente y tiene sus particularidades no expone novedad alguna, las características nacionales, idiosincráticas, además de las causas que concurrieron a la formación del Estado y la sociedad, así como las condicionantes en que se produjo la independencia que dio origen a los Estados nacionales en América Latina a comienzos del siglo XIX incidieron directamente en la configuración del comportamiento político de los actores a través de la historia, a ello se le suma la poderosa influencia que ejercen las dimensiones y las características de la geografía, así como la riqueza económica que posee cada país. Cuando reunimos todos estos ingredientes podemos comenzar a comprender las peculiaridades de sus sistemas políticos y sobre todo, entender que los procesos por los que ha transitado o transita alguno de ellos, son difícilmente replicables en otro. 

En esta ocasión quisiera revisar algunos hechos acaecidos en el último medio siglo en Chile que podrían dar cuenta de ciertas particularidades que podrían ayudar a comprender mejor la conducta y la actuación de la clase política. 

Los científicos sociales y los políticos se ven obligados a hacer análisis prospectivos que permitan a los primeros, vislumbrar el futuro para hacer propuestas, y tomar decisiones acertadas en el caso de los segundos, pero nadie puede pronosticar con certeza lo que ha de ocurrir, ni siquiera en el corto plazo, mucho menos después de transcurrir largos períodos de la historia. Por supuesto, es mucho más fácil estudiar los fenómenos ocurridos para sacar conclusiones y proyectarlas a fin de que sirvan para el mejor trazado del futuro. 

En estas circunstancias, y pasados casi cincuenta años podría elucubrarse que el gobierno del presidente Salvador Allende no tenía ninguna posibilidad de éxito en los términos que él lo había planteado y en la perspectiva de cumplir el programa que había prometido al pueblo y por el que entregó su vida. Es una elemental conclusión que podría sacarse a la luz del posterior proceder de muchos de sus colaboradores que se transformaron en tránsfugas, traidores al ideal del presidente, aliados y amigos de los que sostuvieron la dictadura que lo derrocó y que sumió por 17 años a Chile de oscurantismo, represión y muerte. 

El gobierno de Allende fue un ejemplo de pulcritud administrativa al punto que a pesar de que Pinochet esculcó hasta el último rincón en la búsqueda de actos de corrupción, no pudo encontrar nada que manchara la impronta de la gestión realizada por la Unidad Popular. Pero el posterior exilio de muchos de sus representantes por las capitales europeas que motorizó su mutación en asalariados de la social democracia y la democracia cristiana internacional, cambió la naturaleza de su talante, para convertirse en portadores análogos de los valores de la dictadura: el robo, la corrupción, la mentira, el engaño al pueblo y la utilización de la política como bien de lucro y no de servicio al pueblo como era la tradición del Chile previo a 1973. 

Tal vez, la percepción de Allende al haber conocido más profundamente a sus colaboradores lo llevó a la decisión de dar su vida para sembrar un ejemplo de dignidad imperecedero en la historia. Es posible que se haya dado cuenta antes que nadie acerca de la putrefacción que lo rodeaba. En esas condiciones, existe la probabilidad de que en lo más recóndito de su conciencia, le taladrara la idea de que no podía avanzar mucho más allá de donde había llegado y es muy factible que se sintiera solitario en su afán de no traicionar la confianza que el pueblo había depositado en él. 

El 6 de septiembre de 2015, leí y guardé una carta escrita por el señor Eduardo Villegas (a quien no conozco) dirigida al Director de la radio de la Universidad de Chile titulada “La soledad de Salvador Allende”. Quedé hondamente impactado, por lo que decidí conservarla hasta hoy. En una de sus partes, el señor Villegas dice “…lo más relevante e impactante en mi modesta opinión, fue según el ex funcionario del Departamento de Estado, William Blum, que: ´toda esta información sensible de Estado, [se refiere a la información que la CIA estadounidense comenzó a recabar desde la misma elección de Allende para preparar un golpe de Estado] fue obtenida a partir de la ´compra` de altos funcionarios y dirigentes políticos de la coalición partidaria de Allende, la Unidad Popular`. Evidentemente, la ´inversión financiera` fue canalizada hacia los ´compañeros` del Presidente Allende para dar ´información` sensible de Estado a una potencia extranjera, lo que constituye una gran traición no solo a Chile y a su gobierno Constitucional, sino que a su propio camarada”. 

En otro ámbito del mismo tema, estamos a pocos años de cumplir 50 años desde que se inició el largo periplo a través del cual, la democracia cristiana transitó una ruta que la llevó de ser aliada de la ultra derecha para derrocar a Allende hasta ahora, año 2019, cuando repite tal acción para volver a ser aliado de la ultra derecha con el fin de sostener al gobierno de Sebastián Piñera, hijo de la dictadura. En el intertanto hizo toda clase de peripecias, para usufructuar primero como aliada de Pinochet para después ser su opositora. Posterior a 1990 se transformó en partido de gobierno y principal beneficiado del regreso de la democracia, tras un acuerdo con Estados Unidos y Pinochet para “hacer justicia en la medida de lo posible”, sin importarle ni siquiera que la dictadura ordenara el asesinato de su líder, dejando claro como paga el amo a quien le sirve. 

La historia recoge el indudable origen fascista del Partido Demócrata Cristiano de Chile (PDC) que se remonta a la Falange Nacional fundada en 1935 caracterizada por una ideología nacionalista, fascista y corporativista, cercana a los postulados que enarbolaba Benito Mussolini. 

Otra característica resaltante del Chile del último medio siglo es la capacidad de las clases dominantes para generar fuerzas que asumiéndose de izquierda, en el ámbito de situaciones marcadas por la ofensiva del movimiento popular en la lucha por la conquista de sus derechos, se transforman en el ariete principal en contra de la propia izquierda. 

Así ocurrió en 1969 con el surgimiento del Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) que con un “olfato político” increíble emergió desde el PDC para incorporarse a la Unidad Popular ante la posibilidad cierta de triunfo de Salvador Allende en las elecciones que se habrían de realizar en septiembre de 1970. De extraña manera, el MAPU asumió ostentosas posiciones de ultra izquierda que lejos de ayudar, torpedearon al gobierno de la Unidad Popular, dificultando el sostenimiento de los equilibrios que intentaba asegurar el presidente Allende para mantenerse en el gobierno al que había sido llevado por votación popular. Hoy, alguno de los más conspicuos líderes del MAPU como Oscar Guillermo Garretón (quien vivió un exilio dorado en Cuba) y Enrique Correa, no son más que repugnantes lobbystas de empresas de dudosa reputación, presuntos violadores y acosadores sexuales y hasta de los propios miembros de las fuerzas armadas que han sido acusados de transgresión de los derechos humanos. 

Otro tanto, aconteció con la creación del Partido por la Democracia (PPD) en 1988, en medio de las indetenibles manifestaciones populares, que se expresaban de múltiples formas contra la dictadura. No surgió antes, no, sino en la recta final y en el momento en que se avizoraba el fin de la satrapía pinochetista. Nótese la casualidad, el MAPU surgió un año antes del triunfo de la Unidad Popular y el PPD, un año antes del colapso de la dictadura. Vale decir que entre sus fundadores estaban insignes miembros del otrora MAPU, que nuevamente cambiaron de sigla cuando vieron que la victoria del pueblo estaba cerca. De la afiebrada retórica anti dictadura, pasaron a ser principales sostenedores del modelo creado por ella, de su estirpe neoliberal y su subordinación a Estados Unidos. Si Allende reviviera para verlo, creo que preferiría volver a morir ante tamaña perfidia y apostasía. Es de tal podredumbre este fétido partiducho que Heraldo Muñoz, un chileno domesticado en Estados Unidos por el Partido Demócrata y la corriente ultra reaccionaria de Hillary Clinton, es el actual secretario general de ese engendro 

Aunque es muy pronto para emitir juicios definitivos, pareciera que en la actualidad el partido político de Giorgio Jackson, Revolución Democrática, sería un nuevo MAPU o un nuevo PPD. Si resultara ser cierto, ello cerraría este ciclo de 50 años de la historia chilena, en la que partidos “oportunamente” surgidos en la coyuntura, se asumen como “distintos” para terminar siendo freno del movimiento popular e instrumento de la ambición de sus líderes. 

No cabe duda que el modelo de Pinochet ha sido el más “exitoso” de todos los que en América Latina irrumpieron en la década de los 70 bajo los influjos de la doctrina de seguridad nacional y el Plan Cóndor. La dictadura logró que su sistema perviviera en el tiempo, sostenido incluso por los partidos políticos que la enfrentaron, y que se han coludido para mantener el patrón neoliberal independientemente de quien gobierne haciendo muy tenue las diferencias entre los conglomerados de derecha que han gobernado los últimos 39 años. 

La conjunción de acciones que van desde el asesinato y la desaparición de dirigentes, la tortura y la persecución cometidas por la dictadura, se han venido a unir con la atomización del movimiento sindical, la división del movimiento popular, la extensión de la propiedad monopólica y del sistema neoliberal con la cuasi desaparición del Estado, el exterminio de la prensa alternativa y la anulación de Chile en el escenario internacional, salvo para resguardar los intereses de los empresarios, todo lo cual se ha consolidado en la pos dictadura, y que han venido a configurar el exitoso modelo chileno, vitrina que Estados Unidos muestra al mundo como ejemplo de país leal indistintamente administrado por socialistas o fascistas sin que se puedan observar grandes diferencias. 

Un Síndrome de Estocolmo generalizado en la clase política que antaño sostuvo posiciones de defensa de los intereses populares parece cubrir como un paraguas a parte importante de ese sector, los ejemplos de Isabel Allende, Michelle Bachelet, Carolina Tohá, Juan Pablo Letelier, Marco Enríquez Ominami, Eduardo Frei Ruiz-Tagle entre otros, son solo algunos de los que expresan con su actuación -como símbolo de los tiempos- la adoración a los verdugos de sus padres. 

Hacía tiempo que quería escribir sobre esto, pero ahora es un imperativo, se van a eliminar los estudios de historia y los jóvenes no sabrán que esto sucedió. De eso se trata, de que no conozcan de donde vienen para que no puedan pensar a donde quieren ir. Ni siquiera a Pinochet se le ocurrió tamaño despropósito.

domingo, 2 de junio de 2019

Mucho más que una guerra comercial. El conflicto de Estados Unidos contra China (II y final)



La semana pasada cerramos este espacio diciendo que: “El gigantesco mercado chino es la primera arma que tiene ese país para enfrentar la guerra de Trump…pero no es la única”. Efectivamente, en el desenvolvimiento de este conflicto se ha podido observar como China con su habitual pensamiento de largo plazo, comienza a prepararse para enfrentar el diferendo en esos términos, tal vez esa sea otra ventaja a su favor: mientras Estados Unidos lo asume en el plano coyuntural y específicamente hoy con la mirada puesta en las elecciones del próximo año, el país oriental –fiel a su tradición- lo encara en perspectiva estratégica y no circunscrito a la figura que está dirigiendo el ejecutivo. 

En este momento la frase más socorrida en los ámbitos políticos y académicos chinos es que esta confrontación es una oportunidad para ampliar, mejorar y acelerar los planes de inversión en ciencia y tecnología a fin de lograr en cortos plazos, aquellos objetivos que se habían propuesto un margen superior de realización. 

sábado, 25 de mayo de 2019

Mucho más que una guerra comercial. El conflicto de Estados Unidos contra China I.


El planeta se encuentra suspendido de un hilo y sigue con suma expectación las noticias vinculadas a lo que se ha dado en llamar “guerra comercial” entre Estados Unidos y China. Vale debatir si en realidad se trata de una guerra y si en verdad las causas de su inicio y la actual escalada tiene un trasfondo de orden comercial. 

Como es sabido, este conflicto fue iniciado en marzo de 2018 tras un anuncio realizado por el presidente de Estados Unidos Donald Trump, quien informó su decisión de imponer aranceles por un monto 50 mil millones de dólares a los productos chinos bajo el artículo 301 de la Ley de Comercio de 1974, sustentado en el supuesto de “prácticas desleales de comercio” y “robo de propiedad intelectual” por parte de la nación asiática. Unos días después, China respondió aplicando aranceles a 128 productos estadounidenses, dando origen de esa manera a un escalamiento del diferendo que pareció entrar en una etapa de tregua y posteriores negociaciones tras el encuentro de los presidentes de ambos países en Buenos Aires el pasado 1° de diciembre en el marco de la celebración de la Cumbre del G-20. 

Sin embargo, tras 11 rondas de conversaciones realizadas en ambas capitales, el conflicto lejos de acercase a una culminación exitosa, ha escalado incluso con la decisión de imponer nuevos aranceles por parte de Estados Unidos justo cuando estaba por comenzar la realización de ese décimo primer encuentro bilateral que se habría de realizar en Washington durante la segunda semana de este mes de mayo. 

viernes, 3 de mayo de 2019

Urgente, urgente, vea hoy el 13er. show de la saga “El día decisivo”



A mediados de la década de los 80 el partido comunista de Chile, en su combate contra la dictadura de Pinochet, proclamó que 1986 sería el “año decisivo” en la lucha para derrocar al tirano. De manera privada se le consultó al Comandante Fidel Castro su opinión sobre tal decisión. Conocedor de su prestigio y su influjo sobre el movimiento revolucionario y la izquierda en general, Fidel era muy cauto a la hora de emitir opiniones sobre las disposiciones adoptadas por otras organizaciones y se limitó a hablar de la experiencia propia. Dijo que fue un error de su parte haber declarado que en el año “56 seremos libres o seremos mártires”, no sólo porque tal opinión generó presión para él mismo y para sus compañeros por la necesidad imperiosa de cumplir la palabra empeñada con el pueblo, explicó que de la misma manera un eventual atraso por cualquier situación no prevista iba a ver quebrantadas las expectativas creadas, lo cual también iba a generar un impacto negativo en el pueblo. 


Por supuesto, yo no espero que Juan Guaidó o Leopoldo López hayan estudiado a Fidel Castro, ni mucho menos que tengan una dignidad y un respeto por el pueblo, que los haga sentir que comprometer la palabra genera una obligación con el pueblo, porque es la forma como un político refrenda su compromiso con ese pueblo que dice representar. Estamos hablando de antípodas: el honor frente a la desvergüenza, la defensa de los principios frente a la actuación a cambio de dinero, el valor personal frente a la cobardía, el compromiso político sin cálculo frente al cálculo político para estar en la mirada de los líderes de Estados Unidos, el actuar con la mirada siempre puesta en los intereses del pueblo frente al interés del pueblo usado para obtener objetivos personales, la defensa irrestricta de la soberanía y la integridad de la patria frente a la impudicia de entregar la patria al extranjero. 

sábado, 27 de abril de 2019

El amor vuela de noche y anida en otro abril cualquiera





Sergio Rodríguez Gelfenstein 

La muerte no es verdad, 
cuando se ha cumplido bien 
La obra de la vida 
José Martí 

A mi hermano y amigo Rolando Corao 

A finales de este mismo mes de abril, pero del año 2006, escribí una nota que envié al Comandante Chávez en el que argumentaba acerca de las razones por las cuales me atrevía a darle carácter de contradicción estructural de nuestra política exterior a la pertenencia de Venezuela a la Organización de Estados Americanos (OEA), considerando que tal hecho negaba nuestra condición de república bolivariana, generando una incompatibilidad identitaria que en los hechos significaba una afrenta al Libertador Simón Bolívar. Además de esto, alegaba las conocidas razones de orden político que establecían el contrasentido que emanaba de la historia de esta institución en relación con las normas fijadas en el propio preámbulo de nuestra Constitución que, entre otras asuntos, se propone impulsar y consolidar la integración latinoamericana de acuerdo con el principio de no intervención y autodeterminación de los pueblos. Todos estos puntos de vista concluían fundamentando la necesidad de la inmediata salida de Venezuela de tan desprestigiada organización 

Un año después, en mayo de 2007 escribí un artículo titulado “Salirnos de la OEA es lo único congruente con el ideal bolivariano” en que ya de manera pública exponía objeciones y expresaba mi repudio a la membrecía de Venezuela en la OEA. Para no repetir argumentos, voy a copiar algunos párrafos de dicho escrito. Después de presentar el contexto de su surgimiento y los objetivos iniciales de su propuesta originaria, explicaba que el fin de la segunda guerra mundial modificó las circunstancias que habían permitido desarrollar la política del Buen Vecino por parte de Estados Unidos en su relación con América Latina, a partir de lo cual se había desatado una feroz persecución anti comunista, que agrupaba a todo tipo de actividad democrática y de defensa de la soberanía, lo que tenía su epicentro en las acciones que el senador Joseph McCarty desarrollaba dentro del propio Estados Unidos, rotulando y dando a partir de ello el trazado que habría de seguir la OEA: “Se reservaron para Washington la sede e iniciaron una “diplomacia regional” a través de la amenaza, el chantaje, la coerción y la extorsión de gobiernos que además no mostraban gran interés en oponerse a ello. Vale decir que el año anterior, en Río de Janeiro, se había creado el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) como instrumento militar hegemónico controlado por Estados Unidos para asegurarse la lealtad de las Fuerzas Armadas de los países latinoamericanos en su confrontación estratégica con la Unión Soviética” 

A continuación, hacía una revisión histórica de la imposición de las ideas panamericanas sustentadas en la Doctrina Monroe en contraposición a las ideas bolivarianas de integración latinoamericana y caribeña que habían sido magistralmente completadas por José Martí en su ensayo “Nuestra América” de 1891 y la conferencia “Madre América” en 1899 que dieron continuidad y sustento al ideal bolivariano cuando ya fenecía el siglo XIX.