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viernes, 31 de marzo de 2017

¿Para qué sirve la OEA?


El problema de fondo no es que haga hoy o mañana la OEA con éste u otro secretario general, quien finalmente tiene que hacer lo que Estados Unidos dice si quiere mantener su cargo. Como recordó la Canciller Delcy Rodríguez, el 60% de los recursos de funcionamiento de la OEA provienen de Estados Unidos. Hace unos años, cuando la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) tomó medidas favorables al desarrollo cultural de los países del mundo subdesarrollado y en particular de Palestina, Estados Unidos y Gran Bretaña amenazaron con retirarse y lo hicieron, ejerciendo un vulgar chantaje contra el mundo. Hace unos años cuando América Latina y el Caribe en su mayoría tenía gobiernos autónomos de Washington, la potencia del norte apostó –como ya es tradicional- a la coacción y la imposición para sostener una organización que lucía desfalleciente y mustia. Actuaba a partir de sus principios de la política exterior: la presión, la imposición, la amenaza, la intimidación y la coerción y, cuando todo eso falla, la violencia, la invasión, el asesinato de dirigentes y la promoción de golpes de Estado militares o civiles. 

En aquel momento, los líderes latinoamericanos no tuvieron capacidad o no se propusieron firmar el certificado de defunción de la OEA y la bestia ha vuelto por sus fueros con un secretario general que acorde a su vida y a su historia oportunista y reaccionaria ha vendido su alma al diablo. Pero, el real problema de fondo, la verdadera pregunta que hay que hacerse es ¿qué hacemos todavía en la OEA?, mancillando la memoria del Libertador que en fecha tan temprana como 1824 visualizó las desgracias que sobrevendrían a la región bajo las ideas panamericanas y monroistas. Un país que se dice bolivariano y que incluso se llama República Bolivariana, no debería pertenecer a la OEA por principios. Es un contrasentido difícil de entender y mucho más difícil de explicar.

No obstante, se emprendió por primera vez la colosal tarea de construir instancias regionales bajo el alero del pensamiento del Libertador como Unasur y Celac, jamás se visualizó que su concreción manifestaba de forma inédita la estructuración del pensamiento bolivariano en materia de integración. Pareciera que no se ha entendido que bolivarianismo y monroísmo son paradigmas excluyentes. En el caso de Venezuela, asumir las ideas del Libertador tiene que ver con nuestra identidad, tiene que ver con la forma con la que nos miramos y nos debe mirar el mundo para portar con orgullo el nombre que nos dimos en la Constitución de 1999.

Al hablar de este tema, me estoy refiriendo exclusivamente a la manera como debemos conceptualizar la integración latinoamericana y caribeña bajo los preceptos de Bolívar y de Martí que completó el paradigma al construir la idea de Nuestra América que incorporaba a las naciones hermanas del Caribe. El antagonismo conceptual no dice relación con los vínculos que debemos tener con Estados Unidos, los cuales deben sustentarse en el derecho internacional, en el respeto a la soberanía y la no injerencia en los asuntos internos. Pero, una cosa es tener buenas relaciones con Estados Unidos y otra, formar parte de una organización que hegemoniza, y en la que se impone, amenaza y chantajea como ha quedado de manifiesto en la reciente reunión de la OEA., lo cual ha sido denunciado por El Salvador, Haití y República Dominicana. 

Me pregunto, ¿sirve la OEA para algo más que para recibir órdenes de Estados Unidos? No, porque no es un espacio de debate entre iguales, no hay un diálogo respetuoso de la soberanía, de aceptación de la igualdad entre naciones independiente de su dimensión geográfica, su población o su potencial económico, mucho menos de la tolerancia hacia aquellos países que han elegido libremente su destino político y su forma de gobernarse. Acaso alguien ha cuestionado alguna vez que Canadá todavía en el siglo XXI, siga teniendo como Jefe de Estado a la reina?????? de Inglaterra, o que en Estados Unidos se puede ser presidente aunque el ganador en los comicios sea el que obtuvo menos votos, o que Chile siga teniendo una Constitución impuesta por una dictadura cuando los registros electorales estaban cerrados. Nadie lo ha hecho y nadie lo puede hacer, aunque los tres casos sean testimonio de la transgresión de las más elementales normas democráticas, que dicen que los jefes de Estado deben ser elegidos, ungidos por la mayoría y que cada pueblo debe decidir libremente los principios políticos que regulan su vida. Así, de la misma manera debe ser respetada la decisión popular para que el sistema funcione acorde el ordenamiento político que se ha dado y para que los pueblos no tengan que vivir pensado que si su modelo no es del agrado de Estados Unidos es susceptible de ser invadido, amenazado o bloqueado. 

En la OEA, subsiste una relación asimétrica entre un polo de poder y una periferia de países que en algunas ocasiones han tenido gobiernos libres que han plantado cara a la potencia, pero que más de las veces no ha sido más que el estrado en el que oligarquías nauseabundas cual gusanos, se arrastran en procura de las heces fecales que depone el amo tras los festines de perversión, guerra y degeneración capitalista.


Por ejemplo, ¿Acaso piensa Peña Nieto que su burda subordinación a las huestes imperiales lo librará de seguir siendo el receptor de cuánta humillación se le ocurre al dueño de la Casa Blanca? Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de este cómplice de la desaparición de cientos de ciudadanos. Que pena da México, cuando Peña Nieto exige democracia en Venezuela sabiéndose que es presidente gracias a unas elecciones fraudulentas. ¿De cual democracia habla Peña Nieto?... ¿la de la impunidad, la de la corrupción de él y de su familia, la que tiene un presidente elegido por Televisa, la del show permanente para ocultar sus desmanes, la de las prácticas neoliberales que han incrementado los niveles de pobreza del noble pueblo mexicano, la del represor de los pueblos indígenas, jóvenes y maestros, la del ridículo a quien Trump dejó plantado mientras intentaba lamerle los pies, la de los decenas de periodistas asesinados sin que haya culpables, la de las miles de víctimas de feminicidio? Y no contento con eso, se arrastra y se deja avasallar por Estados Unidos mientras el pueblo mexicano enhiesto, manifiesta su repudio por tan artera actitud. Ni siquiera los presidentes del PAN, furibundos enemigos de Venezuela, se atrevieron a tanto para satisfacer al amo imperial. México seguirá siendo el país hermano que siempre fue y que siempre ha sido y cuando dentro de un año y medio, Peña Nieto sea un repulsivo cadáver político, nadie se va a acordar de él, solo será reconocido como un desagradable accidente de la extraordinaria historia del país de mayas y aztecas.

México volverá a ser como siempre el hermano mayor, el de la primera revolución a favor de los campesinos en nuestro continente, el de Villa y Zapata, el del general Lázaro Cárdenas, el que nos legó la Constitución de 1917. México volverá a ser el que convocó el Congreso integracionista de Tacubaya que debió dar continuidad al de Panamá de 1826 y el que realizó la Cumbre de la Riviera Maya en febrero de 2010 sentando las bases para el surgimiento de la Celac en Caracas un año después.

sábado, 18 de marzo de 2017

Hoy el problema no es la OEA, es Almagro.



Para nadie es un secreto la historia criminal que exhibe la Organización de Estados Americanos (OEA) en su prontuario, con ello dio continuidad al accionar que gestó Estados Unidos a partir de la idea panamericana que tuvo en la Doctrina Monroe su Alma Mater y que ocasionó la inmediata, certera y preclara denuncia del Libertador Simón Bolívar, tan solo un año después de su proclamación en 1823. No voy a aburrir al lector con la larga lista de intervenciones militares e invasiones de Estados Unidos en sus más de 200 años de vida, siempre apoyado por los gobiernos oligárquicos de la región, que usurparon la Independencia a favor de sus mezquinos intereses.

El fin de la segunda guerra mundial devino en la creación de un sistema multilateral que debía prevenir una nueva hecatombe planetaria. Los triunfadores en la conflagración diseñaron un orden internacional acorde a sus intereses. Todos aceptaron que Estados Unidos era el amo del hemisferio occidental y no hubo cortapisas para que la Organización de Naciones Unidas (ONU), tuviera un referente regional que iba a ser diseñado por la potencia del norte y los gobiernos del sur, subordinados a sus intereses. Así surgió el instrumento militar de dominación: el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) en 1947, y su contraparte (la OEA en 1948) que permitiría darle legitimidad política a los desmanes y tropelías que se habrían de ejecutar bajo el amparo del anterior. Ahora, se trataba de tener gobiernos serviles que lo sostuvieran y secretarios generales abyectos que se prestaran a poner la cara cuando a Estados Unidos se le ocurría un nuevo atropello.

Todo marchó bien hasta el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, que puso en entredicho todo el entramado panamericano, cuestionando sus propias bases de sustentación. El apoyo de Estados Unidos a Gran Bretaña durante la Guerra de las Malvinas en 1982, terminó de echar por la borda cualquier atisbo de credibilidad que todavía podía tener este engendro imperial.

El paradigma que se decía defender era la democracia, pero, ¿qué democracia? La Carta de la OEA lo dice claramente en su artículo 2, enciso b, “Promover y consolidar la democracia representativa dentro del respeto al principio de no intervención”. Lo anteriormente expuesto es prueba fehaciente que la OEA tiene lo que hoy se llamaría “una falla de origen”. La suposición es que el principio de representación constituye el elemento central de lo que Guy Hermet llama “democracia instituida o sustancial”, para diferenciarla de la “democracia utópica o democracia perfecta”. Esta “pequeña” diferencia es la que permite que en nombre de ella se cometan todo tipo de desmanes, irregularidades e incluso actuaciones al margen de la ley, toda vez que dichos “representantes” asumiéndose como únicos portadores del ideal democrático hayan usurpado sólo para sí, la legitimidad política.

Eso es lo que defiende la OEA, sin embargo, las cosas en la región han ido cambiando, hoy este engendro washingtoniano ha clamado por el regreso de Cuba, a la que expulsó de manera ignominiosa, y tampoco, -por ahora- ha podido aplicar la “Carta Democrática” a Venezuela, lo cual pone en evidencia que las actuaciones del secretario general, cuyas funciones están claramente delimitadas en los artículos 112 y 113 de la mencionada Carta, están fuera de la responsabilidad que éste tiene y al margen de la decisión de los Estados parte. En otras palabras, el secretario general está actuando de manera ilegal, por lo que si la OEA fuera una organización seria, lo debería destituir.

El eminente jurista español Antonio Remiro Brotóns, Catedrático de derecho Internacional de la Universidad autónoma de Madrid establece que a diferencia de los Estados, que son los sujetos de derecho primarios y plenos en virtud de su soberanía, las organizaciones interestatales son secundarios o derivados porque deben su existencia a la voluntad de los Estados, lo cual se manifiesta en su documento fundacional, además de lo cual, las organizaciones solo tienen los poderes que los Estados le hayan atribuido en las reglas que le son propias. En este sentido, es más que evidente que no existe ni en la Carta, ni en las reglas de funcionamiento de la OEA, la potestad de un secretario general de llamar a realizar elecciones en un país.

Por otro lado, los esfuerzos de la OEA por revitalizar la democracia, bastante traída a menos en las últimas décadas del siglo pasado, tuvieron en la Asamblea General realizada en Santiago de Chile en 1991 un intento de inflexión. Cuando fenecían las dictaduras que ensombrecieron el horizonte de la región, durante dos décadas, bajo el silencio cómplice de esta organización, la OEA aprobó en la capital chilena el “Compromiso de Santiago con la Democracia Representativa y la Modernización del Sistema Interamericano”, haciendo patente sus insuficiencias en esta materia…apenas 43 años después de su fundación. En este contexto se aprobó posteriormente la Resolución 1080 sobre la Promoción de la Democracia Representativa“. Así mismo en diciembre de 1992 en Washington la XVI Asamblea suscribió el Protocolo de Washington para la Reforma de la OEA. Vale decir, sin embargo, que desde la sanción de esta resolución se generaron muchas resistencias, sobre todo a su artículo 9 referido a la democracia.

Esta fue la razón por la que en la Tercera Cumbre de las Américas, celebrada en Quebec, Canadá, Venezuela, ya bajo la presidencia del Comandante Hugo Chávez y estando el presente en el evento de la ciudad canadiense, presentara reservas al documento final que pretendía completar ese artículo 9, toda vez que había una redacción imprecisa de la clausula referida a la democracia, elaborada ex profeso de esa manera para dejar abierta la interpretación de la misma.

En la Declaración de Quebec, Venezuela argumentó su reserva a los párrafos 1 y 6 “por cuanto a juicio de nuestro gobierno la democracia debe ser entendida en su sentido más amplio y no únicamente en su carácter representativo. Entendemos que el ejercicio democrático abarca además la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones y en la gestión de gobierno, con miras a la construcción diaria de un proceso dirigido al desarrollo integral de la sociedad”. En su extraordinaria visión de futuro, el Comandante Chávez sentaba un precedente y actuaba en consonancia con la nueva Constitución Política del país aprobada tan solo 16 meses antes.

En estos planteamientos y en el debate de cuál democracia se defiende, reside el trasfondo de la actuación reciente del secretario general Luis Almagro, él como militante -durante la mayor parte de su vida- del Partido Nacional de Uruguay que se define ideológicamente como nacionalista y panamericanista, es un seguidor de este paradigma que expone lealtad hacia Estados Unidos y oposición a la integración latinoamericana y caribeña. Es conocido el carácter oportunista de su partido y de él mismo que lo llevaría a ingresar al Frente Amplio de la mano de José (Pepe) Mujica para satisfacer su ambición personal de ser Canciller de su país. Tras instalarse en la OEA, -más por el prestigio de Pepe que lo aupó, que por méritos personales - retomó su personalidad rastrera y su verdadero pensamiento político de subordinación imperial.

Para una persona de estas condiciones, aprovechar las indefiniciones programáticas de la OEA y las vaguedades de su concepto de democracia a fin de permitirse violentar el mencionado artículo 2 que establece como propósito el respeto al principio de no intervención, es algo absolutamente normal, no alejado de sus rocambolesca vida personal.

Hay que decir que en el momento actual, a pesar de todo, los países de la región se han negado a aplicar la clausula democrática y suspender a Venezuela de la membrecía de esa organización. No obstante, Almagro ha desatado con ímpetu su lealtad al norte anglosajón, dándole la espalda a América Latina y el Caribe pretendiendo de tal manera, transformarse en un adalid de esa democracia putrefacta que defiende la OEA, suponiendo que la expulsión de Venezuela contribuirá a su exterminio a través de la creación de condiciones para una intervención militar en el país. Hoy, a pesar de su carácter estructuralmente intervencionista –y aunque parezca increíble que sea yo quien lo diga- el problema no es la OEA, es Almagro,...después veremos.

domingo, 12 de marzo de 2017

La forma más segura de llegar con éxito a Berlín.


En un concurrido acto realizado bajo un torrencial aguacero en la ciudad de New York en noviembre de 1955, Fidel Castro quien unos meses antes había cumplido 29 años de edad, ante un auditorio compuesto por emigrantes cubanos anunció que podía "informarles con toda responsabilidad que el año 1956 seremos libres o seremos mártires…”. Antes que finalizar ese año, el 2 de diciembre de 1956 se produjo en las costas sudorientales de Cuba, el desembarco de los combatientes que navegaron desde México en el yate Granma. La historia posterior es conocida y no viene al caso recordarla para efectos de este artículo.


Treinta años después, en 1985, fui testigo de una conversación de Fidel con dirigentes del Partido Comunista de Chile quienes habían diagnosticado que el año 1986 sería decisivo para la lucha contra la dictadura de Pinochet y así lo habían denominado:”el año decisivo”. El Comandante, fiel a su costumbre escuchó largamente los argumentos, después de lo cual formuló concretas preguntas que lo ayudaran a recrear la situación para concluir reflexionando acerca de la futilidad de fijar fechas y plazos precisos para el desarrollo de los acontecimientos políticos. Entonces Fidel recordó su discurso de 1955 y su proclama. Según él, además de dar información gratuita al enemigo sobre sus proyectos, le generó una gran presión al movimiento a fin de cumplir con la promesa hecha al pueblo, y agregó que eso les obligó a acelerar y adelantar planes que hubieran podido prepararse mejor.

La evocación viene a cuenta de las múltiples opiniones pesimistas en torno al “fin del ciclo progresista” que se verían acentuadas por una probable derrota (que como soporte a estas opiniones, ya se anuncia) de Alianza País en la segunda vuelta de la elecciones de Ecuador. ¿Cómo si los procesos de transformación revolucionaria de la sociedad se pudieran hacer avanzar, a partir de los triunfos o derrotas electorales, en los marcos estrechos del sistema liberal de democracia representativa? Por supuesto, que ese es hoy el escenario donde se libran las batallas más importantes, pero, en la misma medida que se pueden ganar o perder, ninguna reviste carácter estratégico. Incluso el muy apreciado y respetado Atilio Borón, llegó a firmar que las elecciones de Ecuador significan una nueva “Batalla de Stalingrado”, lo cual me parece fuera de todo contexto. En 1941, en Stalingrado se jugaban los destinos de la humanidad, en la conflagración participaron 3.5 millones de soldados por ambos bandos, 25 mil piezas de artillería, 4500 carros de combate y 2000 aviones. Al final, en los campos de combate quedaron alrededor de 1.9 millones de muertos, heridos y desaparecidos. En términos estratégicos, Stalingrado significó el inicio del fin del nazi-fascismo como sistema político imperante y aniquilado su afán expansionista y agresivo al servicio del capital. 

Con todo respeto, digo que el 2 de abril en Ecuador no se jugará el destino de la humanidad y gane quien gane las elecciones, no será ni el fin del capitalismo (si gana Alianza País) ni el fin de la revolución (si ganan los banqueros que apoyan a Lasso). Por supuesto que el resultado de los comicios tendrán gran impacto en Ecuador y también en América Latina, pero no se le puede hacer asumir al pueblo de ese país tamaña responsabilidad, cuando con extraordinario esfuerzo y sacrificio, con decisión y convicción bajo el liderazgo de Rafael Correa, han hecho prosperar su país en los últimos diez años, mucho más que en los cien años anteriores. Si eso no es un avance extraordinario, que ahora ha llevado a que Alianza País tenga mayoría en la Asamblea Nacional, ¿qué puede serlo?, cuando, como me dijera hace unos días un amigo ecuatoriano, antes de Correa, hace solo 12 años, “en mi país estaban vedadas las palabras revolución y socialismo”.

Otra cosa es no haber tenido la capacidad para prepararnos y enfrentar exitosamente los nuevos instrumentos de poder y agresión imperial, en primer lugar la de los medios de comunicación y las empresas encuestadoras. Durante el siglo pasado, aprendimos a luchar con las armas y tomamos el poder en Cuba y Nicaragua (si de Stalingrado se quiere hablar, la derrota sandinista de 1989 podría ser lo más cercano). Junto a ello, nos dominaban por vía electoral y también aprendimos a ganar elecciones: Salvador Allende señaló el camino (Su derrota y asesinato, ¿Otro Stalingrado?, ¿cuántos hay?), y Hugo Chávez lo transformó en tendencia a partir de 1998. Los sandinistas protagonizaron otra verdadera proeza, además de derrotar a Somoza en 1979, perseveraron y no abandonaron al pueblo tras la derrota, hasta volver a gobernar en 2007 (esta vez por vía electoral),…avances y retrocesos, victorias y derrotas, flujo y reflujo, todo lo propio que debe recorrer un pueblo en el camino de su liberación.

Pero, incluso cuando se habla de “fin de ciclo progresista”, se hace alusión al período en que hubo una buena cantidad de gobiernos democráticos y anti neoliberales en la región, lo cual, finalmente, configura un análisis desde arriba. ¿Quién se ha puesto a estudiar cuánto han avanzado los pueblos en términos de formación y organización política en ese período?¿ Por qué si miramos Argentina, solo vemos la derrota electoral de diciembre de 2015, cuando tenemos a la vista, las extraordinarias manifestaciones de la semana pasada en la que participaron 70 mil maestros en una, 500 mil trabajadores en otra y decenas de miles de mujeres para conmemorar su día?. El salto cualitativo es que no solo fueron en contra de las políticas neoliberales de Macri, también de repudio a la dirigencia obrera corrupta que pretende poner pañitos tibios a un pueblo enfervorizado que comenzó a exigir cambios mucho antes de lo que los pesimistas del “fin de ciclo” esperaban. No hay ciclos para los trabajadores, ni fecha fatales, la lucha es continua, es permanente, es constante y es como dijo el Che hasta que se triunfa o se muere. Las elecciones son solo momentos en los que si gana un representante del pueblo, se obtienen mejores condiciones para hacer avanzar más rápido los procesos. Si además, ese representante se llama Hugo Chávez o Evo Morales o Rafael Correa, la velocidad del cambio puede ser mucho mayor, parece que eso es lo que se ha dado en llamar ciclo, pero a diferencia de la lucha que es eterna, los tiempos electorales son finitos, comienzan y terminan, y está visto que no necesariamente terminan bien.

El próximo año 2018, no será decisivo, pero si muy importante en términos electorales, habrá comicios en Brasil, México y Venezuela: los dos grandes de América Latina y el Caribe, podrían tener gobiernos de izquierda antes que finalice ese año. Falta mucho tiempo aún y la capacidad imperial de fraguar trampas electorales está en su apogeo, pero hasta hora Andrés Manuel López Obrador y Lula Da Silva gozan de la mayor aceptación popular. Le preguntaba a un amigo mexicano, acerca de qué gran cambio podría significar López Obrador, me respondió escuetamente: “Hará un gobierno decente, y eso para México es mucho”. Ojalá que Lula lo haga también. 

Para América Latina y el Caribe, sería la primera vez que los dos países más grandes por su dimensión geográfica, su economía y su población, confluyan en un ánimo integracionista. Cuando México tuvo esa voluntad, Brasil se debatía entre dictaduras y cuando Lula llegó al poder, el neoliberalismo se había estacionado en el país del sur del Río Bravo. Sería entonces, la primera vez que converjan para llevar unidos a América Latina a jugar un papel más protagónico en el escenario global. 

Ojalá ello ocurra, tanto en Brasil como en México, pero escucho a Fidel: no quiero poner fechas, no quiero hablar de años decisivos, ni mencionar nuevos stalingrados. En los eventos electorales habrá que hacer el mayor esfuerzo en pro de la victoria, pero se gane o se pierda, se trata de dominar -lo que el brillante intelectual cubano Fernando Martínez Heredia denomina- las relaciones entre dificultad y revolución, y solo sé, que en cualquier caso, el único camino es luchar hasta la victoria siempre, es además la forma más segura de llegar con éxito a Berlín. 


sábado, 4 de marzo de 2017

¿A cuál Trump veremos en el futuro?


El pasado 20 de febrero el prestigioso Instituto Internacional de Investigaciones para la Paz de Estocolmo (SIPRI, por sus siglas en inglés) dio a conocer su informe anual de 2016, sobre comercio mundial de armas, de la misma manera que lo viene haciendo desde 1969. 

Entre las informaciones relevantes, destaca que las transferencias de armas en el quinquenio 2012-2016 llegó al volumen más alto desde el fin de la guerra fría, lo que hace patente que la humanidad y en particular las grandes potencias, lejos de avanzar hacia la paz y el desarrollo, profundizan en el gasto armamentístico, lo cual es un referente claro de las condiciones crecientes de conflicto en el planeta.

Como era de esperar, las zonas de mayores tensión: Medio Oriente, Asia y Oceanía (que para efectos del informe se miden juntas) son las que tuvieron incremento en el flujo de armamento, pero lo que resulta más paradójico es que de los cinco mayores exportadores de armas, cuatro (Estados Unidos, Rusia, China y Francia) son miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, la instancia que debería ser responsable de garantizar la paz y la seguridad del globo. El quinto es Alemania, el país causante de las dos devastadoras guerras del siglo XX, que no oculta su ambición guerrerista a través de un papel cada vez más activo y expansionista hacia el este de Europa como miembro de la OTAN y acompañante de Estados Unidos en todas sus aventuras bélicas en el planeta. Por supuesto, Alemania también ambiciona a ser miembro permanente del Consejo de seguridad, para de esa manera, lograr una “patente de corso” a su natural espíritu de propagación. 

La India, que también apuesta por un puesto en un virtual Consejo de Seguridad ampliado, se transformó en el mayor comprador de armas en el período, representando el 13% de las importaciones globales y un incremento del 43% respecto del período anterior, superando con creces a sus rivales vecinos de China y Pakistán. También es de resaltar el importante crecimiento de Vietnam que tuvo un ascenso de 202% pasando a ser el décimo mayor importador de armas del mundo. Estas cifras, son muestra evidente que Asia y el Pacífico avanzan aceleradamente hacia su conversión en la mayor zona de riesgo de confrontación global. 

Desde la perspectiva de los exportadores, Estados Unidos sigue siendo el país que conserva el primer puesto, con un 33% del total general y un incremento del 21% en este período en comparación con el anterior. Debe recordarse que en los ocho años de la muestra, el Premio Nobel de la Paz, Barack Obama, era el presidente de este país.

No obstante que Estados Unidos exporta armas a alrededor de 100 países en todo el mundo, (mucho más que cualquier otro país), la mitad de sus despachos tuvieron como destino al Medio Oriente. A sí mismo, Rusia atesoró el 23 %, China 6,2%, Francia 6% (aunque se espera un alza en los próximos años cuando se concreten varios contratos ya firmados) y Alemania 5,6% del total de venta de armas. 

En este contexto, se conoció el anuncio del presidente Donald Trump de que solicitará al Congreso un aumento de los gastos de “defensa” de su país de US$ 54 mil millones para el año 2018, es decir un 9% más que en el anterior presupuesto. El nuevo mandatario estadounidense adujo la necesidad de “apuntalar el poderío militar a los niveles apropiados para rescatar la grandeza perdida del país”. Trump ha dicho que este aumento va a permitir que las fuerzas armadas detengan su proceso de “decadencia por falta de recursos apropiados”. Para alcanzar este objetivo, se propuso lograr la supremacía absoluta de las fuerzas nucleares, así como el aumento de la dimensión del componente naval de sus fuerzas armadas. 

Si este aumento es aprobado por el Congreso, el Pentágono tendrá un presupuesto de US$ 650 mil millones (digo el Pentágono, porque si se suma el cómputo de los gastos de otras agencias de seguridad y defensa, el presupuesto militar de Estados Unidos superará el billón de dólares). Con todo, esa cantidad es muy superior a la de China (US$ 215 mil millones y la de Rusia (US$ 66 mil millones), es decir que el presupuesto de Estados Unidos será superior al doble del de sus potencias rivales, (tomados como uno solo), todo según cifras del SIPRI.

Aunque el Medio Oriente sigue siendo el epicentro de los mayores conflictos bélicos del planeta, en los dos últimos períodos medidos, cedió el primer lugar de importación de armas en el mundo (29%) a favor de Asia y Oceanía que tuvieron el 43%. Esto es un claro índice de la dirección en que apuntan los peligros del futuro. Para nadie es un secreto que el Mar del Sur de China es la región del mundo donde se concentra el mayor riesgo de que se produzca una conflagración de carácter global. En el resumen de un artículo elaborado por el Instituto Nacional de Estudios del Mar del Sur de China, ubicado en la ciudad da Haikou de la provincia meridional de Hainan en China y publicado en la edición en inglés del periódico China Daily del 25 de noviembre del año pasado bajo el título “Informe del crecimiento de la presencia militar de Estados Unidos en la región Asia-Pacífico” se señala que: “Los despliegues y actividades militares de Estados Unidos en la región de Asia-Pacífico son manifestaciones importantes de su estrategia de "reequilibrio". Desde que el presidente Barack Obama asumió el poder en 2009, el ejército estadounidense ha cambiado su enfoque y ha dado prioridad a la región. En 2012 y 2013, anunció oficialmente que el 60 por ciento de sus buques navales y de su fuerza aérea se desplegarían en la región de Asia-Pacífico en 2020. Impulsado por este reequilibrio en Asia-Pacífico, Estados Unidos ha construido gradualmente su despliegue de tropas, con una mayor presencia, el incremento de las actividades militares en la región y el aumento de la cooperación militar con sus aliados regionales y socios como Japón y Singapur”.

Cuando este artículo fue publicado, ya Donald Trump había sido electo presidente de Estados Unidos y había proferido severas amenazas contra China. A comienzos de enero, Rex Tillerson, entonces nominado para Secretario de Estado se unió a la comparsa de la retórica belicista en su comparecencia ante el Senado. Al referirse a las acciones del gobierno chino en relación a los arrecifes y bancos de arena en el Mar del Sur de China, Tillerson manifestó que: “Vamos a tener que enviar a China una señal clara de que en primer lugar, la construcción de las islas se detiene y, en segundo lugar el acceso a las islas no va a ser permitido”. 

China, que fiel a su filosofía, se había mostrado paciente ante los desplantes del presidente electo, respondió con firmeza esta vez, advirtiendo de los riesgos de un enfrentamiento militar entre ambas potencias. El 13 de enero el periódico Global Times, vocero oficioso del Partido Comunista de China editorializó “…Estados Unidos no debería pensar que China tiene miedo de sus amenazas”, agregando más adelante que:” A menos que Washington planee lanzar una guerra a gran escala en el Mar del Sur de China, cualquier otro método para evitar el acceso chino a esas islas será estúpido”, finalizando con un mensaje directo al hoy Secretario de Estado: “Tillerson haría bien en ponerse al día en estrategias nucleares si quiere que una potencia nuclear se retire de sus propios territorios”.


Trump parece haber captado el mensaje. Posteriormente se produjo una amistosa conversación telefónica con el Presidente Xi Jinping en la que quedó claro que las relaciones entre los dos países se seguirán manteniendo sobre la base del reconocimiento de la política de “una sola China”. Más recientemente, el presidente estadounidense recibió en la Casa Blanca a Yang Jiechi, experimentado diplomático chino, ex embajador en Estados Unidos, ex Canciller y actual Consejero de Estado quien después de conversar con el mandatario estadounidense manifestó que: "En consonancia con el consenso alcanzado por los dos jefes de Estado y siguiendo los principios de no conflicto, sin enfrentamiento, respeto mutuo y cooperación mutuamente beneficiosa, China está dispuesta a incrementar los intercambios con Estados Unidos a niveles altos y diversos, ampliar la cooperación y la coordinación en áreas bilaterales de amplio alcance y en las principales cuestiones regionales y mundiales y respetar los intereses y preocupaciones principales de cada uno".

¿Qué podemos aguardar para el futuro del planeta, al Trump de esta declaración o al que está solicitando un 9% de aumento en el presupuesto militar de su país, el mayor en una década? Es difícil predecirlo, pero a la luz de su retórica, el mundo vivirá en ascuas, esperando lo peor.