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lunes, 21 de noviembre de 2011

Elecciones…elecciones


Para efectos de la democracia representativa, las elecciones son el súmmum de la realización y la confirmación del proceso. Por lo menos así era cuando los resultados satisfacían los intereses de las oligarquías locales y la potencia imperial.

La votación que llevó a Salvador Allende a la primera magistratura de Chile en 1970 rompió con esa lógica y entonces, el sistema fue usado para erosionar, sabotear y hacer imposible la gestión del presidente socialista y, cuando nada de eso impidió que su esfera de influencia creciera fue sacado del poder a sangre y fuego. En ese momento la democracia representativa dejó de ser válida y los partidos del sistema fueron los primeros en justificar el golpe de estado.

Así fue hasta casi finalizar el siglo XX. En Venezuela, el Comandante Chávez retomó el camino de Allende, llegando al poder con las mismas reglas del sistema. Con ello, se inició un proceso que ha llevado a que la mayoría de los países de América Latina sean gobernados por mandatarios que según palabras de la presidenta Cristina Fernández “se parecen más a sus pueblos”. Ahora, el modelo no sirve y las elecciones dejaron ser el termómetro de la democracia, porque está siendo usado por “populistas y demagogos”. Los procesos electorales necesitaban ser “observados”. ¿Por quién? Por los que se asumen como el modelo a seguir.

El problema es que algunos de ellos tienen como Jefes de Estado a monarcas parásitos que nunca han sido elegidos por sus pueblos. Incluso, uno de ellos, el de España, para ser designado le bastó el voto de un putrefacto dictador fascista que en sus estertores decidió quien iba a ser el ungido.

Más recientemente, en Grecia e Italia se consolidaron sendos golpes de estado y se cambiaron los primeros ministros sin que hubiera campaña electoral ni elecciones, ni conteo de votos. Bastó una decisión unipersonal. Lo novedoso es que ya no son los militares quienes violentan la democracia, -así concebida por Occidente-, sino que ahora son los bancos, las grandes instituciones financieras y –en el caso de Europa- el binomio germano-francés en el que los primeros ponen el dinero y los segundos su carácter de potencia nuclear miembro permanente del Consejo de Seguridad.

No hubo ninguna protesta, ni observadores, conteo de votos, o cuestionamientos a la metodología, tampoco dudas sobre el órgano superior de elecciones. Esta curiosa “elección” si fue considerada democrática. Es evidente que hay elecciones y…elecciones. El problema es quién las hace y quien las caracteriza.

Por su parte, el proceso electoral en España, también deja interesantes experiencias. La más importante es que la profundidad de la crisis no escatima para hacer caer gobiernos de diferente orientación, pero que finalmente están unidos en la defensa del sistema. La socialdemocracia, que en algún momento fue de izquierda, hoy defensora de los modelos neoliberales fue aplastada en Grecia y España, antes en América Latina pasó por el mismo rasero en Chile y Perú.

La gran enseñanza es que la democracia es mucho más que votar, que la participación popular se va tornando clave y que el eje de la política –en el siglo XXI- se va desplazando del parlamento a las calles.

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