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lunes, 2 de febrero de 2015

¿Es posible la integración latinoamericana y caribeña?

En 2004 cuando se firmó el Tratado que estableció una Constitución para Europa, se generó un gran debate en círculos académicos y de la opinión pública de América Latina a partir de la interrogante de si eso era posible en nuestra región.

La primera expresión integracionista de América Latina fue el Mercado Común Centroamericano (MCCA) que surgió en 1960, casi de manera simultánea con el Tratado de Roma de 1957, primer eslabón de la Unión Europea. El MCCA fue el primer acuerdo de su tipo en el continente.

Sin embargo, si regresamos en la historia debemos tener presente que el primer intento de reunión de los países americanos “antes españoles” -como decía el llamamiento- , fue el Congreso de Panamá convocado por Bolívar en 1824. Estados Unidos no fue invitado originalmente a este evento, sin embargo el Presidente de Colombia, Francisco de Paula Santander requirió la presencia del país del norte sin la complacencia ni el conocimiento del Libertador Simón Bolívar.

El espíritu integracionista del Congreso de Panamá se propuso dar continuidad en Tacubaya, México, sin embargo, tal idea no pudo concretarse. En 1831 con el apoyo y empuje del canciller mexicano Lucas Alamán renació la idea integracionista a través de una propuesta, que tuvo acogida en Perú, país que asumió con gran esfuerzo la idea de reunión de las naciones hispanoamericanas, concluyendo exitosamente en un Congreso que se realizó en Lima entre el 11 de diciembre de 1847 y el 1° de marzo de 1848. Dando seguimiento a los acuerdos de Panamá de 1826, el Congreso se propuso firmar un Tratado de Confederación que establecía que dado el común origen y necesidades y los intereses recíprocos de los países firmantes (Perú, Chile, Bolivia, Ecuador y Nueva Granada), “no pueden considerarse sino parte de una misma nación, que debe mancomunar sus fuerzas y sus recursos para remover todos los obstáculos que se oponen al destino que les ofrecen la naturaleza y la civilización”.

Importantes intelectuales latinoamericanos abonaron al pensamiento integracionista en la etapa posterior a las luchas independentistas del siglo XIX: el argentino Juan Bautista Alberdi, el neogranadino José María Torres Caicedo, el peruano Francisco de Paula Vigil, los ecuatorianos Juan Montalvo y Pedro Moncayo, los chilenos Justo Arteaga Alemparte y José Victorino Lastarria, el Mexicano Luis Nepomuceno de Pereda.

Un nuevo Congreso fue convocado en Santiago de Chile y concretado el 15 de septiembre de 1857 con la participación de Chile, Perú, Ecuador y la adhesión de Bolivia, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, México y Paraguay. Aquí se firmó el Tratado Continental o “Tratado que fija las bases de la unión de las Repúblicas Americanas”.

Otro encuentro dio inicio el 15 de noviembre de 1865 en Lima. Este Congreso que contó con la participación de representantes de Colombia, Chile, Venezuela, Ecuador, El Salvador y Perú aprobó cuatro tratados, entre ellos el de Unión y Alianza defensiva. Los otros fueron los de conservación de la paz entre los Estados contratantes, de correos y de comercio y navegación.

Algunos años después, en 1889-1890 se realizó en Washington la I Conferencia Interamericana. A partir de ese momento, los países americanos se reunieron bajo hegemonía de Estados Unidos en 14 ocasiones, 8 en conferencias interamericanas, 3 en reuniones de consulta de cancilleres y 3 en conferencias internacionales americanas extraordinarias, la última de las cuales, realizada cuando finalizaba la II Guerra Mundial, en el Palacio de Chapultepec en Ciudad de México del 21 de febrero al 8 de marzo de 1945, echó las bases del sistema interamericano moderno que surgiría pocos años después.

En esos años, de fines de siglo XIX otros intelectuales encadenaron las ideas bolivarianas con el siglo XX. El más excelso fue el cubano José Martí, pero también destacaron el uruguayo José Enrique Rodó, el argentino José Ingenieros, el venezolano Rufino Blanco Fombona, el cubano Enrique José Varona, el peruano José Santos Chocano, el colombiano José Vargas Vila, el costarricense Joaquín García Monje y el dominicano Pedro Henríquez Ureña, entre otros.

La idea panamericana se concretó con la firma del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) en Río de Janeiro durante el año 1947 y con la creación de la Organización de Estados Americanos (OEA) en Bogotá en 1948. Así, se instituyeron los instrumentos militar y político de lo que se dio en llamar “integración americana”. La presencia de Estados Unidos como potencia hegemónica en ambas estructuras distaba mucho del modelo propuesto por Bolívar quien esbozó la idea de un sistema interamericano compuesto por actores que se debían relacionar en igualdad de condiciones.

La idea de Bolívar era -en esencia y en su práctica- contradictoria con la enunciada por el presidente Monroe quien en diciembre de 1823 pronunció un discurso en el Congreso de su país, que posteriormente se transformó en doctrina de política exterior de Estados Unidos adoptando el nombre de su propulsor. A través de ella, Estados Unidos asumió unilateralmente el papel de “protector” del hemisferio, legalizando de esa manera la posibilidad de intervenir en los asuntos internos de cualquier país del continente. Esta contradicción inauguró una doble visión de la política interamericana que aún hoy no se resuelve: bolivarismo vs. monroismo o para entenderlo mejor, el paradigma panamericano vs el nuestro americano, utilizando la conceptualización que José Martí dio a las naciones de la América meridional, al sur del Río Bravo, incluyendo las islas del Caribe.

A partir del momento de su fundación, el manto del TIAR cubrió el mapa de América Latina de intervenciones militares de Estados Unidos, desde Guatemala 1954, Cuba 1961, República Dominicana 1965 y Chile en 1973 hasta Honduras en 2009, (por mencionar algunas de las más importantes) signaron el derrotero de la historia de las relaciones interamericanas. Sin embargo, el pacto militar comenzó a dejar de tener legitimidad después de la invasión británica a las Islas Malvinas en 1982 cuando Estados Unidos se puso de parte de su aliado de la OTAN, contraviniendo uno de los principios fundamentales que le dieron origen, cual era la protección de cualquier país americano ante la agresión de una potencia extra continental.

La OEA, a su vez, -ahora bajo su “paraguas”- dio continuidad a las conferencias interamericanas transformándolas en “reuniones de consulta”. En la VIII convocatoria que recibió esta denominación, realizada en Punta del Este, Uruguay en 1962, Cuba fue expulsada del sistema interamericano, situación que apenas se revirtió en junio de 2009, durante la 39na. Asamblea General de ese organismo que se celebro en la ciudad hondureña de San Pedro Sula. Las juntas de la OEA se siguieron haciendo hasta 1967 cuando dieron paso a las asambleas generales anuales, la primera de las cuales se realizó en 1971.

La década de los 60 del siglo pasado, consignó también el interés de los países americanos por empezar a buscar modelos alternativos de desarrollo y mecanismos de vinculación económicos que le permitieran encontrar soluciones a los problemas comunes que los aquejaban. De esta manera, y de forma paralela a la creación del Mercado Común Centroamericano MCCA surgió la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) fundada ese mismo año de 1960, la cual dio un paso superior en 1980 al transformarse en la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI) con el objetivo de crear un área de libre comercio entre todos los países y mecanismos subregionales de integración. En 1968 y con el objetivo de lograr una mayor coordinación de los esfuerzos integradores se había creado la Comisión Económica de Coordinación Latinoamericana (CECLA), la cual emitió una declaración conocida como “Consenso de Viña del Mar” que planteaba una enérgica revisión de las relaciones norte-sur y una fuerte crítica a Estados Unidos en cuestiones atingentes al desarrollo económico. Como un mecanismo paralelo a las asambleas de la OEA funcionó también desde 1970 la Comisión Económica de Coordinación y Negociación (CECON) organismo informal para el diálogo norte-sur en el hemisferio occidental.

A su vez los países caribeños de habla inglesa se organizaron para dar vida en 1965 al Tratado de Libre Comercio del Caribe que evolucionó para formar en 1973 una estructura más amplia, el CARICOM. En fecha más reciente, en el año 1994 se relacionaron con un número superior de naciones caribeñas hablantes de otros idiomas e incluso con el Grupo de los Tres (México, Colombia y Venezuela) -países del continente que tienen aguas territoriales en el Caribe-, así como con los países centroamericanos, para crear la Asociación de Estados del Caribe (AEC), la cual no ha tenido mayor relevancia.

En el año 1969 surge el Acuerdo de Cartagena entre los países andinos que dio origen posteriormente al Pacto Andino y en años recientes a la Comunidad Andina de Naciones. Por su parte, los países del sur firmaron el Acuerdo del Río de la Plata, primer embrión de lo que hoy es MERCOSUR.

Desde el punto de vista político, el más amplio ámbito de concertación del continente se generó como necesidad de buscar una solución a los conflictos bélicos que vivían los países centroamericanos en la década de los 80. Así, surgió en 1984 el Grupo de Contadora formado por México, Venezuela, Colombia y Panamá, el cual se vino a reforzar con la participación de importantes Estados que se iban emancipando del yugo de las dictaduras para empezar a jugar un papel trascendental en la construcción de un esquema multilateral latinoamericano. De esta manera, Perú, Brasil, Uruguay y Argentina constituyeron el Grupo de Apoyo a Contadora que cuando se fusionó con éste, originó el Grupo de los Ocho, germen de lo que después derivó en un mecanismo político mucho más vigoroso, el Grupo de Río.

El incremento de la actividad integracionista desde Latinoamérica nunca fue bien visto desde Washington conllevando a que el Presidente George Bush (padre) presentara en 1990 la Iniciativa para las Américas (IPA), dando continuación histórica al proyecto presentado 100 años antes, durante la I Conferencia Interamericana, proponiéndose crear una única zona de libre comercio desde Alaska hasta la Patagonia. Con esta misma idea, México, Estados Unidos y Canadá firman en 1994 el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), con lo cual México expuso un interés primordial en el norte del continente y de alguna manera se alejó del papel que siempre tuvo como actor principal en América Latina.

La IPA y el TLCAN fueron el primer eslabón en la idea estadounidense de avanzar hacia un mercado común de todo el continente sin Cuba. Con ese objetivo se convocó en diciembre de 1994 a una reunión Cumbre que se realizó en noviembre de 2003 en Miami a fin de fundar un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) para el año 2005.

Este largo recuento nos lleva a entender que a través de toda su historia el continente americano ha tenido ánimos integracionistas. Pero, como decía antes, aún no se resuelve el problema básico, cual es la definición en torno al modelo a implementar: monroísmo vs. bolivarismo, latinoamericanismo vs. panamericanismo, es decir, en pocas palabras, si se hace con Estados Unidos o sin Estados Unidos.

El modelo de integración ideado por Estados Unidos es muy diferente al que llevó a la construcción de la Unión Europea. Primero, lo que el país del norte proponía es la integración de las economías, lo cual además, ni siquiera sería total, en la práctica, se concretaría una apertura de los mercados del sur del continente, porque las medidas proteccionistas existentes en ese país no permitiría un mercado en igualdad de condiciones, seríamos inundados de productos industrializados del norte a cambio de la exportación de nuestras materias primas. Por otro lado, no habría libre tránsito de ciudadanos como si existe en Europa.

En el papel, la Unión Europea estableció la necesidad de que su mecanismo de integración fuera una alianza entre iguales. La práctica demostró que eso resultara siendo una falacia. Para su logro los países más poderosos desde el punto de vista económico debían hacer una importante erogación de recursos hacia las naciones más atrasadas a fin de crear condiciones socio-económicas similares que permitan crear instituciones donde todos tuvieran una participación equitativa. La vida señaló que eso se hizo a cambio del establecimiento de ciertas capacidades de decisión en los países más poderosos que impusieron draconianas medidas a aquellas naciones que sufrieran crisis por aplicación de medidas neoliberales que afectaron a la mayoría de la población, como se observa hoy en Grecia y España.

De la misma manera, el modelo norteamericano se erige sobre la hegemonía única de Estados Unidos, sin considerar las gigantescas asimetrías existentes entre las naciones del continente, lo cual lo hace inviable en el mediano y largo plazo. La integración no se puede fundar sobre la base de la desigualdad y la inequidad. Lo que subyace es el mantenimiento y la profundización de un modelo basado en la supremacía de un país sobre otros.

Paralelamente, los latinoamericanos y caribeños hemos comenzado a crear y fortalecer mecanismos propios libres de ataduras europeas o estadounidenses que todavía persisten. Los esfuerzos españoles por robustecer la identidad iberoamericana o la hispanoamericana han ido encaminados a eso, igual que la idea panamericana fomentada por Estados Unidos.

Sobre todo en los últimos años, y como consecuencia de que en nuestro continente haya cada vez “más gobiernos que se parecen a sus pueblos” como dijo la presidenta argentina Cristina Fernández, los mecanismos de integración regional sin la presencia y hegemonía de Estados Unidos han cobrado mayor vigencia y presencia.

Al concluir la anterior centuria, se escuchó un primer grito de alerta y rebelión, fue el de los zapatistas en México, en 1994, ese clamor estremeció no sólo a la región, se sintió en todo el mundo en momentos en que se había profetizado el “fin de la historia”. Desde el norte se respondió con una propuesta neoliberal, la que fue aceptada sumisamente por los gobiernos de entonces.

Venezuela bajo el liderazgo y conducción del Comandante Hugo Chávez comenzó a cambiar esa perspectiva. Chávez se propuso transformar esta estructura injusta y, dar inicio a la recuperación del sueño bolivariano, para convertirlo en el proyecto bolivariano que había quedado trunco en 1830.

Venezuela empezó a ser libre en materia petrolera, el propio presidente Chávez hizo un gran esfuerzo para hacer renacer la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), en la que Estados Unidos había logrado separar y dividir a sus miembros, para que no tuvieran una posición conjunta. El Comandante Chávez visitó uno por uno a todos los líderes de los países productores de petróleo y logró que se hiciera -después de casi 20 años- una nueva cumbre de la OPEP en Caracas, cambiando la perspectiva energética mundial. Estados Unidos no podría seguir sentando las bases y marcando las pautas del comportamiento de los países productores. A partir de eso, Chávez visualizó que Venezuela, poseedor de la mayor reserva de petróleo del planeta, debía usarla como instrumento de liberación, para la Independencia, para la solidaridad y la integración de nuestros pueblos. El petróleo debía ser en el siglo XXI la sangre que derramaron los soldados venezolanos en el siglo XIX bajo el liderazgo de Bolívar y Sucre.

Otros pueblos de América Latina por su lado también comenzaron a tener sus propios procesos de toma de conciencia y emancipación y así vino una avalancha de victorias populares, lo que dio inicio a una nueva ola de democracia. De esta manera, se empezaron a establecer vínculos, comenzó una era de conocerse y acercarse, inició una época de entender que las necesidades eran las mismas, que las economías de la América meridional eran complementarias, y que si se lograba establecer un tipo de comercio justo y equitativo entre los países de la región se podía ampliar el espacio de libertad política conquistado. En la medida del tiempo se fueron sumando otros países con gobiernos que tal vez tienen un mayor grado de relación con el imperio pero que finalmente, la fuerza de la necesidad y la crisis que agobia al mundo los ha llevado al acercamiento con sus pares de Latinoamérica y el Caribe.

Ese es el contexto de la derrota del ALCA en Mar del Plata en 2005 y la creación de condiciones para la fundación de Unasur y Celac, el fortalecimiento de Mercosur y otras iniciativas de integración y/o concertación política regional y subregional.

En particular, la Alba (Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América) que ya tiene 9 miembros que han retomado las ideas enunciados hace casi 200 años por el Libertador Simón Bolívar para adaptarlos a la realidad de hoy y sobre las bases de principios de cooperación solidaria, no de carácter intervencionista; cooperación entre iguales, no entre “donantes agresivos y receptores pasivos”; equidad para superar las grandes desigualdades entre nuestros países y las tremendas asimetrías heredadas del pasado colonial y neocolonial; complementariedad de las economías, para ser independientes y no recibir imposiciones de aquellos que nos suministran lo que algún país no tiene y sobre todo respeto irrestricto a la soberanía y la autodeterminación de los pueblos.

El Libertador Simón Bolívar esbozaba la necesidad de comunicaciones más frecuentes y relaciones más estrechas cuando finalizara la guerra de Independencia. Con ello, se refería seguramente a lo que se ha comenzado a construir hoy entre nuestros líderes, gobiernos y pueblos. Él no pudo dedicarse plenamente a ese objetivo porque las ambiciones mezquinas de las oligarquías pudieron más en las naciones recién independizadas.

En la Carta de Jamaica, que conmemoraremos este año en su bicentenario, el Libertador da su opinión acerca de cuáles eran las condiciones que permitieron desencadenar la lucha por la Independencia e hizo una caracterización de cada uno de las naciones americanas en guerra. Enseñaba, que porque somos diferentes, somos fuertes, ¿qué nos han enseñado? Lo contrario, que somos débiles porque somos diferentes.

Es de gran actualidad y relevancia el párrafo donde refiere que “Porque los sucesos hayan sido parciales y alternados, no debemos desconfiar de la fortuna. En unas partes triunfan los independientes, mientras que los tiranos en lugares diferentes, obtienen sus ventajas, y ¿cuál es el resultado final? ¿No está el Nuevo Mundo entero, conmovido y armado para su defensa? Echemos una ojeada y observaremos una lucha simultánea en la misma extensión de este hemisferio”

Bolívar nos enseñó el valor de la diversidad, la idea que en el “Nuevo Mundo entero” no todos luchan por la Independencia, también los tiranos sacaban sus ventajas, pero le daba suprema cuantía al hecho de que todos estaban “conmovidos y armados para su defensa”. Esto fue válido en la lucha por la independencia política, lo es hoy en la lucha por la independencia económica.

Sobre la base de estas ideas podemos afirmar que es posible la integración y la unidad de Nuestra América como la llamó José Martí. Solo, la integración nos señala un futuro que nos puede colocar en un lugar relevante en el mundo del siglo XXI.

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