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miércoles, 3 de octubre de 2012

Venezuela, ayer, hoy y mañana.


En el año 1998 el mundo era caótico. Unos años antes había caído el Muro de Berlín. La desaparición de la Unión Soviética en 1991 marcó el fin de una época. La guerra fría había terminado y con ella la estructura bipolar del sistema internacional. Sin embargo, Estados Unidos, el gran vencedor, no pudo imponer de inmediato la unipolaridad como era su deseo. Aunque con escasa organicidad y poca fuerza, existía el ímpetu necesario para impedir que se estableciera un poder único sobre el planeta. Eran tiempos en los que campeaba la idea de que “la historia había terminado” y que el capitalismo se impondría como modelo único en toda la faz de la Tierra.


El primer día de 1994, en el México profundo, los zapatistas dieron el primer grito de alerta el mismo día que el gobierno neoliberal firmaba un tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá, el mismo que hasta hoy subordina política y económicamente al gran país de mayas y aztecas. La Revolución cubana pasaba su peor momento después del “desvanecimiento” del campo socialista, pero a pesar de todo mantenía enhiesta la bandera de la independencia, la equidad y la justicia social. Pero, en general, el movimiento popular era permeado por la desmoralización y la derrota. “Nada pasaba” y parecía que nada iba a pasar.


En ese 1998, América Latina había concluido su transición de las dictaduras a gobiernos de democracia representativa que sin embargo, seguían los dictados del Consenso de Washington, un postulado ideológico y económico que aconsejaba entre otros aspectos, la privatización de las empresas públicas, la desregulación del mercado, la protección de la propiedad privada como sacro santa responsabilidad del Estado, la liberalización del comercio y la eliminación de las barreras arancelarias a las inversiones extranjeras privadas. En resumen, la pérdida de la soberanía en favor de las transnacionales y la subordinación de nuestros países a Estados Unidos. Incluso se llegó a plantear la eliminación de las fuerzas armadas y su mutación en policías porque en virtud del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), Estados Unidos se iba a encargar de “proteger” la soberanía de los pueblos de América Latina y el Caribe.


Venezuela era conocida en el mundo por ser un gran productor de petróleo y por la belleza de sus mujeres, sólo que a nadie le importaba hacer patente que la riqueza que producía ese petróleo se redistribuía de forma regresiva y que a pesar de los gigantescos ingresos que producía el hidrocarburo teníamos un 51% de pobreza, entre ella 20, 6% de pobreza extrema. Tampoco se ponía de relieve que la mujer venezolana además de bella, es valiente e inteligente y que reclamaba su participación, no sólo en concursos de belleza, también en los más diversos ámbitos de la política, la academia, las ciencias, la cultura, las artes y el deporte.


En 1989, el pueblo venezolano protagonizó una protesta en contra de la aplicación de medidas neoliberales. La respuesta del sistema fue una brutal represión que produjo miles de muertos, casi todos pertenecientes a sectores excluidos en la capital. El descontento cobró fuerza y organización. Las Fuerzas Armadas, cuyos oficiales en Venezuela son de extracción humilde, se hicieron eco del sentir popular y en febrero y noviembre de 1992, se hicieron intérpretes de ese sentimiento acumulado insurgiendo contra el régimen establecido. Un desconocido Comandante, Hugo Chávez Frías se hizo cargo de la acción y su nombre comenzó a ser escuchado sin saber los avatares que le deparaba la historia.


Sin embargo, en 1998, Venezuela no escapaba de la ola neoliberal. Era uno más entre los países que se sometían servilmente… y de repente, todo comenzó a cambiar.


Aquel incógnito Comandante del 4 de febrero de 1992, había sido elegido presidente de la República de Venezuela. El pueblo, protagonista en febrero de 1992, lo era nuevamente. Había trocado su espíritu de lucha y su fervor patriótico en votos que auguraban un nuevo comienzo para la República, la Quinta se empezó a llamar. El Comandante Chávez prometió que ésta, se alzaría sobre nuevas bases y llamó al pueblo a Constituyente. Aquel contradictorio 15 de diciembre de alegrías y tristezas, las venezolanas y los venezolanos se dieron una nueva Constitución avanzada y moderna que consagraba al pueblo como protagonista de la democracia que ahora, además de representativa, era también participativa.


No hubo que esperar mucho para que Estados Unidos comenzara a tramar la forma de derribar al Presidente Chávez. Han intentado de todo, pero una y otra vez han chocado con el valladar del pueblo que comenzó a tomar en sus manos los destinos del país.


Las transformaciones internas se hicieron sentir en el escenario internacional. Venezuela es hoy un país respetado en el mundo. Ha ampliado y diversificado sus relaciones internacionales al establecer vínculos fraternales con países de África y Asia. Se ha incrementado la presencia en los organismos multilaterales ejerciendo un papel activo al lado de los pueblos del sur que luchan por su emancipación política y económica. Se ha instaurado un nuevo marco de relaciones con los países europeos y con Estados Unidos, basado en que los vínculos se deben sustentar en el respeto a la soberanía y la autodeterminación


Pero, lo más importante es que se han implementado vínculos prioritarios con los países de la región. Así, Venezuela ha comenzado a jugar un papel transcendente en Unasur, Mercosur, Alba y Celac, y ha hecho de su potencial energético un vehículo para la integración, en primer orden con los países del Caribe al crear Petrocaribe.


En otro ámbito, el presidente Chávez jugó un rol principal en el renacimiento de la OPEP, lo cual ha permitido crear una política de precios que ha revalorizado el principal producto de exportación de Venezuela, ha redundando en un incremento importante de los ingresos de la nación, los que ahora se han utilizado para desarrollar los gigantescos proyectos sociales que adelanta el gobierno. El reconocimiento internacional a Venezuela ha llegado en forma de el otorgamiento como sede de trascendentes eventos internacionales, tales como la Cumbre que dio origen a la CELAC en diciembre de 2011 y la XVII Cumbre del Movimiento de Países No Alineados que se llevará a cabo en 2015.


El papel de Venezuela trasciende lo meramente formal. La fuerza de su pujanza está apoyada en su condición de país que emprende su proceso de transformación en medio de una férrea oposición estadounidense que como se dijo anteriormente ha intentado las más diversas formas de intervención en sus asuntos internos. Todo esto despierta el interés de millones de personas de buena voluntad que hoy observan el país y que estarán pendientes este próximo 7 de octubre del resultado de las elecciones.


La fuerza de Venezuela y del gobierno del presidente Chávez reside en la capacidad de resistir y avanzar. Eso es lo que se juega el próximo domingo, la disyuntiva es entre seguir adelante como nación independiente que forja su destino y se abre paso en el escenario agresivo y convulso del siglo XXI, utilizando el mundo como espacio para lograr los vínculos y las transacciones que coadyuven a mejorar las condiciones de vida del pueblo o, el regreso al pasado, a aquel en que el país estaba hipotecado en favor de potencias extranjeras que ni siquiera respetaban las leyes de la nación, al de la entrega de la soberanía que no permitía decidir respecto a medidas eminentes que involucraban a la ciudadanía, al de la privatización de la sociedad para gobernar en favor de una minoría.


Una vez más, el domingo 7 de octubre el pueblo venezolano tiene la palabra. Debemos votar en conciencia y renovar nuestra voluntad de pueblo libre, valeroso y gallardo. Debemos votar por la continuidad del proceso iniciado en 1998 que transformó a Venezuela y la hizo respetada como nunca en el concierto internacional.

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