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jueves, 24 de septiembre de 2026

"Houston tenemos un problema". La inocultable crisis económica de Estados Unidos

 


“Houston, hemos tenido un problema aquí”. La icónica frase pronunciada por el astronauta Jack Swigert y corroborada con un poco más de mesura -a fin de trasmitir calma- por Jim Lovell, comandante de la misión espacial Apolo 13 en abril de 1970, se transformó de manera informal en el alerta que se usa cuando surge un imprevisto indicando que hay una situación difícil que requiere atención inmediata. Para efectos cinematográficos, en la película Apolo 13, Hollywood cambió la frase al tiempo presente para hacerla más dramática: “Houston, tenemos un problema”.

El enunciado bien podría ser utilizado por los secretarios estadounidenses de Tesoro, Scott Bessent y de Comercio, Howard Lutnick para informar sobre el estado de la economía de su país: “Washington, tenemos un problema”. La respuesta del presidente Trump ha sido intervenir cada vez más en los mercados para contener el desastre y el descontento que está produciendo la situación. El debate en la administración se desarrolla en torno a suavizar o eliminar los principios fundamentales que rigen la política en el ámbito económico.

Entre estos fundamentos se podría citar la forma como quisieran manejar el régimen arancelario. Pero se encuentran con las manos atadas. Por ejemplo, en relación a la carne de vacuno, Trump autorizó un cupo extraordinario y temporal libre de aranceles para la importación de 300 mil toneladas métricas de carne magra para moler, divididas en hasta 100.000 toneladas mensuales durante 90 días. Con ello pretendía bajar el precio en un 25% y contener la inflación en los alimentos. Estas importaciones provendrían -entre otros países- de Australia, México y Brasil a los que Trump ha estado golpeando duramente con los aranceles.

No obstante, una de las consecuencias más insoslayable es que la medida ha afectado a los productores nacionales. Es necesario decir que el inventario ganadero de Estados Unidos se encuentra en su nivel más bajo desde 1951 debido a sequías prolongadas, altas tasas de interés y encarecimiento de insumos, lo que dejó fuera de competencia a la carne producida en el país. Los empresarios del sector criticaron la decisión advirtiendo que la entrada masiva de carne extranjera más barata perjudicaría los esfuerzos internos para reconstruir y expandir los hatos ganaderos. En agosto. el precio de la carne al consumidor final llegó a US$ 15 (para la carne molida) y más de US$28 (para cortes selectos como el lomo o filete), un aumento del 12% en el último año.

Otra medida tomada ha sido la reducción de las tasas de interés, una decisión natural cuando se hace necesario estimular la economía en un momento en que es patente la desaceleración o la debilidad del mercado laboral. Una vía que se está implementando es la compra de bonos del Estado y la otra, reducir las tasas de las hipotecas a fin de obtener financiamiento inmediato para incrementar el gasto público, cubrir deudas y finalmente controlar la economía regulando la cantidad de dinero en circulación para frenar la inflación, en el primer caso. En el segundo, se trata de estimular la economía al hacer que la vivienda sea más accesible y liberar dinero para el consumo. Evidentemente, esto no soluciona el problema, solo da un recurso temporal, en este caso con claros objetivos electorales.

Junto a ello, Trump ha presionado a las empresas energéticas para que bajen el precio de los combustibles y ha exigido lo mismo al comercio minorista. De igual manera, la política arancelaria del presidente estadounidense ha generado descontento hasta en las filas de su propio partido que comienza a temer un desastre electoral en noviembre. En otro ámbito, la confrontación de Trump con Canadá, el segundo socio comercial y uno de los aliados políticos más importantes de Estados Unidos -que algunos líderes republicanos han llegado ahora a llamarla “idiota útil”-, no ayuda a la solución del problema.

A todas luces estas acciones son expresión de impotencia y desesperación por parte de la administración Trump. Es bueno recordar que la Corte Suprema de Estados Unidos, el 20 de febrero de este año, anuló los amplios aranceles globales impuestos por Trump bajo la Ley de Poderes de Emergencia Económica Internacional, lo cual hizo que el presidente además, esté actuando en los bordes de la ley y las instituciones de su país con argumentos tan fútiles como que las medidas tomadas le permiten a Estados Unidos “luchar contra el trabajo forzado” en el mundo.

En este escenario, los estados del Medio Oeste que conforman el “cinturón maicero” de Estados Unidos (Iowa que es el mayor productor nacional, Illinois, Nebraska, Indiana y de forma parcial Minnesota, Ohio, Kansas, Misuri, Dakota del Sur, Dakota del Norte, Wisconsin, Míchigan y Kentucky) están en franca crisis económica. Vale decir que todos, con excepción de Illinois, han votado tradicionalmente por los republicanos. En esa medida, las decisiones de Trump en materia económica están cercenando la base electoral histórica de su partido.

Los productores agrícolas han manifestado que la guerra contra Irán y el cierre del estrecho de Ormuz han elevado ostensiblemente los precios del diesel y de los fertilizantes, dos productos básicos para su trabajo. Es importante destacar que hace 10 años la tonelada de fertilizantes costaba 470 dólares y ahora el precio se ha elevado hasta 900 dólares la tonelada. Así mismo, el precio del diesel ha llegado a 6,50 dólares por galón y en estados como California incluso ha trepado hasta 9,99 dólares por galón cuando antes de la guerra con Irán ese precio rondaba los 3,81 dólares por galón. Así mismo, han informado que la guerra comercial de Trump contra China les ha hecho perder el enorme mercado de soya de ese país que ha optado por comprarle mayoritariamente a Brasil y Argentina ante la elevación de los aranceles impuestos por el presidente de Estados Unidos.

Las asociaciones de productores agrícolas afirman que sus afiliados están sufriendo la peor recesión financiera desde 1980 y han advertido que si no reciben ayuda del Estado, los productores de los 9 cultivos principales (maíz, soya, heno, trigo, algodón sorgo, arroz, cebada y canola) perderán 31 mil millones de dólares este año y 32 mil millones el próximo 2027.

Esta situación ha generado un aumento de los intereses de los créditos bancarios, altos costos laborales, elevación de los precios de la maquinaria agrícola, lo cual en consonancia con la sequía extrema que afecta a casi todo el país con bajos caudales en ríos, niveles críticos en pozos y escasez de agua que reducen el riego agrícola y la producción de alimentos, conforman una situación extremadamente crítica cuando Trump se niega a aceptar la existencia del cambio climático y rechaza la adversidad que significa el incremento del gasto militar para financiar sus guerras en todo el mundo y sostener el enorme e inútil aparato militar estadounidense.

El colofón de este terrible escenario conduce a que sea el consumidor final (el pueblo humilde de Estados Unidos) el que esté sufriendo las consecuencias de este extraordinario desatino: productos como la carne y el maíz (ya referenciados) pero también alimentos de la canasta básica, como el café, el chocolate, los huevos, el pan, los productos lácteos y toda su cadena de derivados, han aumentado los precios en los mercados minoristas. Valen algunos ejemplos de las exorbitantes subidas: Café (15,8%), Carne ( ya lo dijimos, alrededor de 12%), tomates (12,8%), manzanas (11,1%). En el caso del precio de la gasolina (de lo que el secretario de energía Chris Wright se niega a hablar ante la prensa) ha llegado a 4,48 dólares por galón cuando antes de la guerra era de 3,20, es decir que ha habido un aumento del 29%.

No hay manera de ocultarlo. Los estadounidenses deben estar diciendo: “Washington, tenemos un problema” pero esta vez, ni la NASA podrá salvarlos.

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