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lunes, 10 de septiembre de 2012

La paz para Colombia es paz para Venezuela



Colombia es un país extraordinario. Su pueblo es trabajador y alegre como todos los de Nuestra América. El Libertador Simón Bolívar denominó con ese nombre a la gran nación que diseñó en el Congreso de Angostura y que se extendía desde el Mar Caribe hasta el Amazonas y desde el Océano Atlántico hasta Centroamérica.
 
Antes, los españoles habían creado el Virreinato de la Nueva Granada en 1717 y  la Capitanía General de Venezuela en 1777. Al fundar el nuevo Estado el Libertador tuvo en cuenta, además de la continuidad geográfica, una identidad que provenía de un pasado común y una cultura múltiple que incorporaba localidades de costa, llano, montaña y selva. El genio político del Padre de la Patria se adelantaba 200 años a su tiempo para intuir la importancia estratégica de un territorio que tendría costas en los dos océanos. Ya en la Carta de Jamaica, en 1815, Bolívar había soñado con que  “…el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de  Corinto para los griegos!”  Hay que recordar que en esa época Panamá era todavía territorio colombiano.
 
Sin embargo, pudo más el interés mezquino de las oligarquías bogotana y caraqueña que el supremo proyecto del Libertador y en 1830 complotaron  para echarlo abajo. Argenis Ferrer, mi profesor de historia en la Escuela de Estudios Internacionales de la UCV, quien más que profesor fue maestro, nos enseñaba que dicha oligarquía tuvo un comportamiento tan miserable que para firmar el nuevo tratado de límites entre Venezuela y Nueva Granada, -el cual consagraría la desaparición de la República de Colombia surgida del Congreso de Angostura de 1819 y concretada en el de Cúcuta de 1821-, exigió como condición al gobierno de Bogotá, la expulsión de Bolívar de su territorio.
 
Venezuela debe recordar siempre el ejemplo inmortal del neogranadino Atanasio Girardot, caído heroicamente en 1813 en Bárbula, enarbolando, -en el fragor del combate- la bandera de Venezuela y  de Antonio Ricaurte,  quien  en marzo de 1814, prefirió entregar su preciosa vida de 28 años y se inmoló junto a sus subordinados antes de entregar la plaza de San Mateo que el Libertador le había confiado. Ellos simbolizan la hermandad eterna entre colombianos y venezolanos que sellaron para siempre con su sangre generosa.
 
En 1831, tras la muerte del Libertador, se entronizó  en Colombia, el proyecto oligárquico más “exitoso” de la historia de la América Latina, gobiernos conservadores y liberales se sucedieron en el poder durante casi dos centurias e incluso en el siglo XX establecieron un pacto de gobernabilidad y alternancia en el poder denominado Frente Nacional. Paradójicamente, siendo Colombia el país con los  más altos índices de violencia en América Latina es el que se ha mantenido mayor cantidad de tiempo en los marcos institucionales de la democracia representativa.  El Frente Nacional significó el fin de la violencia secular entre  liberales y conservadores, pero excluyó a otras fuerzas de la participación  política y no dio solución a los graves problemas que aquejaban a la sociedad colombiana. Aquellos que manifestaron su descontento ante tal situación comenzaron a sufrir una ilimitada represión que obligó a que un grupo de campesinos se armaran para la defensa de sí mismos y de sus familias de la persecución del Estado. Esto fue lo que dio origen a las FARC y a la lucha armada que se ha desarrollado sin pausas durante casi cinco décadas en el vecino país.
 
Varios intentos de negociación se han intentado a través de la historia, los últimos, durante los gobiernos conservadores de Belisario Betancourt en los años 80 del siglo pasado y Andrés Pastrana cuando finalizaba la anterior centuria. Por diferentes razones ambos procesos no llegaron a feliz término.
 
Sin embargo, hoy se abre una nueva posibilidad para un diálogo y una negociación que pongan fin al conflicto y a la guerra.  Surgirán los agoreros, los que ven con “malos ojos” que se intente transitar un camino hacia la paz, los que pongan el énfasis en aquellos aspectos que distancian a fuerzas que han sido antagonistas durante décadas. Pero el sólo hecho de tener voluntad para sentarse y, mirando de frente y a la cara al adversario exponerle sus puntos de vista es expresión de un momento trascendental que sólo la pequeñez mental de algún sicópata trasnochado no quiere ver en su magnitud y grandeza.
 
Un primer aspecto que ha sido resaltado por los siempre fatídicos partidarios de la guerra y de la muerte es la crítica al hecho de que se haya llegado a este acuerdo sin que mediara una paralización de las acciones armadas.  Por supuesto, ese será un tema fundamental de discusión en la agenda entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) para acabar con este conflicto que sobrepasa el medio siglo de existencia. Si eso se llegara a acordar, habrá que entenderlo como un nuevo paso adelante en el camino hacia la paz.
 
Al llamar al documento que se ha negociado en esta primera etapa como “Acuerdo General para la Terminación del Conflicto” lo que se pretende es  comprenderlo en su calidad de proceso, que tendrá que transitar  una etapa de supresión de las acciones armadas, de llegar primero a un acuerdo para finalizar el conflicto bélico y, de esa manera crear condiciones para la paz que obliga a un debate más complejo porque aborda otros aspectos que involucran la vida política , económica y social del país, incluso el mismo tiene acciones que se realizan una vez terminado el conflicto.
 
El proceso hacia la paz en Colombia importa por supuesto al país entero, su sociedad y sus fuerzas políticas y sociales, pero también  entraña una gran relevancia para toda la región, para los países vecinos y en particular para Venezuela. Entre los cinco puntos que conforman el acuerdo suscrito esta semana, cuatro de ellos tienen relación con Venezuela de forma directa o indirecta
 
En primer lugar, el punto sobre desarrollo rural, que ha sido causal fundamental para que cientos de miles de desplazados se hayan visto obligados  a emigrar hacia Venezuela. Lo han hecho porque hay una ocupación forzosa de sus tierras por parte de grupos paramilitares, del Ejército y de agentes  del Estado. Sin embargo, llegar a acuerdos en este tema, tal vez podría disminuir la violencia, ampliar mucho más los procesos de restitución de tierras que lleven a que se produzca el retorno de muchos colombianos desplazados, tal vez puedan regresar a los lugares donde nacieron y  donde permanece una parte de sus familiares.
 
El tercer punto de la agenda es el fin del conflicto armado, el cual podría significar que Venezuela que hoy se ve obligada a utilizar ingentes recursos para la defensa de su soberanía y la protección de las fronteras, pueda destinar los mismos para los grandes proyectos sociales que el gobierno del presidente Chávez  ha desarrollado.
 
Los debates sobre el narcotráfico, serán un punto fundamental. Un avance y resolución conjunta en ese aspecto, le produciría una herida profunda a las intenciones intervencionistas de Estados Unidos en nuestro país,  toda vez que terminaría de desarticular el argumento estadounidense respecto de un supuesto apoyo de Venezuela al narcotráfico, cosa que nunca han podido demostrar. Venezuela como país de tránsito de los narcóticos que se producen en Colombia y se consumen masivamente en Estados Unidos y Europa podría ver mermada la actividad de las transnacionales de la droga lo que conduciría a un mejoramiento progresivo de los índices de seguridad que tienen en el tráfico de droga un soporte fundamental.
 
Sobre el punto referido al derecho de las víctimas, es posible decir que al igual que el primer aspecto de este acuerdo, tendría incidencia en que muchos de los desplazados que están en Venezuela podrían volver a sus lugares de origen. Así mismo se podrían crear condiciones para que haya un mayor clima de tranquilidad para nuestro pueblo, en particular para aquellos que viven en las fronteras.
 
Se ha dado el primer paso, un paso gigantesco, debemos mirar con optimismo esta decisión del gobierno colombiano y de las FARC. Cabe a Venezuela, a su gobierno y a su pueblo acoger fervorosamente este Acuerdo y apoyarlo  desde todo punto de vista, en el espacio que los contendientes decidan que pueda ser útil nuestra participación. Un camino hacia la paz nunca ha estado vacío de dificultades, pero siempre valdrá la pena intentar recorrerlo.


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