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martes, 23 de agosto de 2011

España, ¿un país del primer mundo?


Los gobernantes de la España reciente han querido construir la idea de que son un Estado del “primer mundo”, y que han tenido y tienen todas las condiciones para serlo. Mienten impúdicamente. España siempre, desde tiempos inmemoriales ha sido un país parásito. Su economía - por siglos - se ha basado en la expoliación y la dependencia de otros y en la limosna que han podido recoger. 

En 1492, el mismo año que Colón llegó a nuestro continente, los reyes –en nombre de la misma lucha civilizatoria y religiosa que esgrimen hoy Aznar y Bush- expulsaron a los árabes y judíos de su territorio. La gracia le costó casi 5 siglos de atraso, porque a cambio de su consagración como “Reyes Católicos”, detuvieron el desarrollo capitalista en su país, el  que si se produjo en el norte de Europa. La culpa la pagaron nuestros pueblos originarios que fueron sometidos al peor genocidio del que se tenga conocimiento en la historia al implantar en nuestras tierras el atrasado régimen feudal español. Cuando 130 años después los europeos llegaron al norte del continente, el capitalismo se había desarrollado en Inglaterra y Holanda y –aunque reprodujeron el mismo genocidio- las instituciones creadas apuntaban a un sistema superior de gobierno. En parte, esto explica las diferencias de desarrollo  entre el norte y el sur de nuestro continente

Los reyes españoles durante 3 siglos financiaron sus lujos y extravagancias y se dedicaron a pagar las deudas contraídas para financiar su genocidio mientras los pueblos de España eran sometidos a la exclusión y la pobreza.

España renació apenas a finales del siglo XX, y nuevamente gracias a un factor externo, esta vez de la mano de Alemania –o mejor dicho de su bolsillo-. Hoy, nuevamente este país y Francia tienen que acudir a salvar a España de la incapacidad de sus gobernantes, y de su monarquía parásita. Mientras su pueblo protesta en las calles y hasta los futbolistas hacen huelga por sus sueldos impagos, los Reyes toman vacaciones en su palacio de las Baleares, y se gastan decenas de millones de euros en la visita del Papa.

Cobran su compromiso con el Vaticano, suponiendo que la visita de Benedicto XVI va a hacer olvidar su difícil situación económica y nuevamente apelarán a los pueblos de Francia y Alemania para que se sacrifiquen por ellos y paguen su falsa condición primermundista. 

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