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miércoles, 18 de enero de 2023

El espíritu de Minsk ha llegado a Venezuela

 


La experiencia me ha enseñado que no todos los políticos pueden llegar a ser estadistas, hay una distancia entre una cosa y la otra. Básicamente la diferencia viene dada por la capacidad que desarrollan algunas personas para administrar y conducir un país “en las buenas y en las malas”. En este marco hay dos ámbitos que forjan las condiciones que permiten transformar a un político cualquiera en estadista: la seguridad y defensa, en general el manejo y dirección de las fuerzas armadas y la guía de la política exterior.

En el pasado, las relaciones exteriores se manejaban inequívocamente a través de las cancillerías haciendo uso del arte de la diplomacia. Esa función ha perdido fuerza y validez en los tiempos recientes cuando la tecnología permite a los jefes de Estado comunicarse de manera directa y casi segura sin que los temas tratados pasen por los ministerios de relaciones exteriores y las embajadas y sin necesidad del encuentro presencial directo que significa enormes gastos y mucho tiempo útil que se pierde durante los viajes. Ello, sobre todo, tiene mayor validez cuando se trata de los vínculos entre países amigos.

Pero cuando el campo de lo que se debate emana de diferentes perspectivas desde el punto de vista de los sustentos filosóficos, políticos, culturales y, en general, de los intereses nacionales de cada país, el contacto personal y la impronta directa que proporcionan los líderes, juegan un papel fundamental en la toma de decisiones y en la firma de los acuerdos.

La diplomacia es el arte del engaño sutil y la hipocresía natural de los que muchas veces tienen que fingir una amistad ausente cuando se busca información y se hacen planes de cooperación que coadyuvan a la defensa, desarrollo y sostenimiento del proyecto político del país que se representa. Más allá de que países mediocres recurren a la banalidad de representantes diplomáticos que en el desempeño de sus funciones no apuntan a los objetivos trazados, sino a lo trivial, superficial, pueril e insignificante, la diplomacia sigue siendo un instrumento valedero para conseguir los objetivos estratégicos del Estado.