Algunos lectores se han comunicado conmigo para pedirme que analice el conflicto en el Asia Occidental en “perspectiva amplia”. A partir de ello, decidí extraer algunos párrafos de mis trabajos y exponerlos en su conjunto como una crónica. Los dos primeros escritos hace más de 20 años y el resto en fecha más reciente y por tanto más vinculados a la coyuntura. He puesto al lado de cada título la fecha de su publicación como constancia que el seguimiento que he dado a los acontecimientos actuales preveía muchos de los fenómenos que marcan hoy la transformación de la realidad regional y global así como las circunstancias que influyen sobre la vida del planeta afectando a toda la humanidad. Entregamos a Ustedes esta crónica en dos partes.
Un futuro incierto para el Medio Oriente. 18 de noviembre de 2004
El problema entre árabes y judíos según los libros sagrados se remonta a 4000 años atrás. Los judíos dicen que la tierra es de ellos porque Dios se la prometió a su antepasado Abraham. Los árabes argumentan lo mismo. Más aún, afirman que ellos y no los judíos han vivido en la región desde la época de los romanos, mientras que los judíos habían estado ausentes con algunas excepciones individuales hasta el comienzo del movimiento sionista al final del siglo XIX que tuvo su punto cúlmine cuando el gobierno británico ofreció, por medio de la Declaración Balfour en 1917, la creación de un hogar nacional para los judíos en Palestina que continuó teniendo este nombre incluso después de que los británicos abandonaron la región en 1948 y se estableció el Estado de Israel.
Tanto árabes como judíos comparten a Abraham como antepasado. Son naciones semíticas, o sea que son descendientes de Sem, el hijo mayor de Noé. Después del diluvio, la familia de Noé que era temerosa de Dios se degeneró al paganismo cuando sus descendientes emigraron a la región de Caldea y construyeron la torre de Babel (“confusión”) con la intención de hacerse un nombre para ellos en vez de honrar el nombre de Dios. La consecuencia de Babel fue un laberinto de lenguas y la maldición de familias dispersas sobre la faz de la tierra. De Caldea, una tierra dedicada a la adoración de la luna, Jehová Dios llamó a Abraham y su esposa para que vivieran en Canaán, un territorio al sur del río Éufrates y que se extendía hasta Egipto. El territorio estaba habitado por cananeos, filisteos (de donde proviene el nombre de Palestina) y otras cuantas tribus paganas. A Abraham se le hizo la promesa de que un día la maldición de Babel sería revocada.
Pero cuando Abraham llegó a Siquem (hoy día, Nablus, en la ribera occidental) — la primera vez que pisó el disputado territorio de Canaán, Dios –según el Génesis le dio esa tierra a él y a su descendencia. Posteriormente le aseguró que “toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre" (Génesis 13:14,15). Estos territorios abarcaban “desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates" (en la Siria actual).








