Fuentes diversas anuncian la inminencia del ataque militar de Estados Unidos contra Cuba. Una vez más, el himno nacional llama a la batalla: “Al combate corred bayameses que la patria os contempla orgullosa. No temáis una muerte gloriosa, que morir por la patria es vivir”. Y en este contexto, no puedo más que recordar a Silvio: “Dicen que me arrastrarán por sobre rocas cuando la Revolución se venga abajo. Que machacarán mis manos y mi boca, que me arrancarán los ojos y el badajo” Esa es la propuesta de Washington, los cubanos lo saben mucho antes de que Silvio lo dijera.
Ya a finales del siglo XIX, Bonifacio Byrne en su poema “Mi bandera” señaló el camino que ya habían trazado en los campos de batalla los mambises dirigidos por Antonio Maceo y Máximo Gómez, bajo la visión estratégica del apóstol José Martí: “Si deshecha en menudos pedazos, llega a ser mi bandera algún día...¡nuestros muertos alzando los brazos la sabrán defender todavía!”
Confieso que respecto de Cuba, soy un extranjero atípico. Pisé la isla por primera vez a los 16 años, no habían pasado ni dos semanas y ya estaba estudiando en un instituto preuniversitario. Mis nuevos compañeros me acogieron con desbordante solidaridad y afecto sabiendo que yo venía del Chile de Pinochet donde mi padre había estado preso. En el “pre” no sólo pude continuar mis estudios, comencé a cursar la universidad de una vida sustentada en valores, principios y comportamientos que habrían de forjar mis propios principios y valores: la solidaridad, la preocupación por el prójimo, el valor del colectivo y la posibilidad de construir una existencia al margen del individualismo y el consumismo propios del capitalismo.
Solo un año y medio después, a solicitud propia y aprovechando las circunstancias entré a la escuela militar, recibí formación como oficial de artillería. A partir de entonces y durante 8 años serví en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). En 1979, junto a un grupo de militantes de izquierda de diversos países y gracias a la mirada de largo plazo del Comandante en Jefe Fidel Castro, tuve la posibilidad de ascender al más alto olimpo al que puede aspirar un revolucionario: el de ser un combatiente internacionalista. En mi caso personal, era un premio que ofrendé a la memoria del Libertador Simón Bolívar, el primer luchador internacionalista de América.








