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jueves, 29 de enero de 2026

¿Hacia dónde va el mundo?

 


Tras la desaparición de la Unión Soviética y con ella la finalización de la guerra fría y el mundo bipolar, se abrió un debate que rebasaba lo estrictamente teórico y conceptual y que se proponía establecer qué tipo de sistema internacional se impondría en el planeta. La solución de tal controversia no tuvo desenlace inmediato. La última década del siglo pasado fue caótica y anárquica sin que se haya logrado imponer un orden determinado. Fuerzas contradictorias pugnaban por establecer un mundo unipolar en el caso de Estados Unidos y multipolar por la amplia mayoría de los países del mundo.

Esta diatriba -que como dije antes y quiero repetirlo ahora, supera la mera discusión teórica- se vino a “definir” a favor de Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. En una serie de discursos en los días posteriores al ataque, el presidente Bush fijó las pautas del funcionamiento internacional gracias a la acción terrorista de la que solo Estados Unidos obtuvo beneficios, lamentablemente a costa de la vida de casi 3.000 ciudadanos.

En su discurso del 20 de septiembre de ese año, Bush pronunció entre otras, aquella emblemática frase que marcó los límites del sistema internacional: “O están con ellos o están con nosotros”. Nadie quería estar con los terroristas, por tanto había que estar con Estados Unidos. Así, se impuso el sistema internacional unipolar bajo égida estadounidense.

Todo marchó bien durante algunos años, pero la crisis económica y financiera de 2008 paralizó la capacidad estadounidense de controlar el mundo unilateralmente y, otra vez, comenzó la preocupación por saber qué pasaría ahora y hacia donde iríamos. Los que creían en la multipolaridad tuvieron oxígeno para retomar su propuesta después que en 2001 quedaron al borde de la inanición.

Sin embargo, ahora, la situación era diferente. De la mano de Vladimir Putin un desconocido ex agente del KGB, Rusia como el ave fénix había resucitado de las cenizas y se aprestaba a recuperar su espacio como potencia dentro del sistema internacional. De igual manera, China salía del marasmo de 150 años en que la había introducido Occidente a través de las guerras del opio, tras 60 años de fundación de la República Popular y 30 de la implementación de la política de reforma y apertura que daban cuenta de todo el potencial acumulado en este período, por lo que también reclamaba un espacio protagónico en el sistema internacional.

Unos años después de la crisis financiera de 2007-2008 que estremeció al mundo capitalista, en 2012, con una diferencia de tan solo seis meses, Vladimir Putin regresó a la presidencia de Rusia y Xi Jinping fue nombrado secretario general del partido comunista de China. Ellos, que causalmente tienen solo ocho meses de diferencia de edad se propusieron restablecer los equilibrios mundiales para que sus países tuvieran el espacio de poder que les corresponde por su condición de grandes potencias, y al parecer lo desean hacer en conjunto.

Lo dijo claramente el presidente chino al finalizar su vista a Moscú el 22 de marzo de 2023. Putin lo acompañó hasta la puerta del Palacio del Senado del Kremlin y antes de que Xi Jinping se introdujera en su vehículo, le dijo a su colega ruso: “Se están produciendo cambios que no hemos visto en cien años y somos nosotros quienes los estamos liderando juntos”. Putin sorprendido, solo atinó a decir: “Estoy de acuerdo. Buen viaje”, a lo cual respondió Xi: “Por favor cuídese querido amigo”. En términos de contenido y forma, se hizo evidente que estábamos ante una nueva manera de hacer relaciones internacionales.

Durante los últimos años se realizó un gran esfuerzo por hacer de la multipolaridad un hecho concreto. Parecía que el grupo BRICS era la expresión distintiva de este momento. Sin embargo, el genocidio en Palestina primero, el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán después y finalmente la incursión armada de Estados Unidos en Venezuela hace pocos días, dieron al traste con la posibilidad de construir el deseado mundo multipolar, por lo menos en el corto y mediano plazo.

A punta de misiles, Estados Unidos e Israel con el apoyo de Europa y otros países subordinados como Canadá, Australia y Japón destrozaron cualquier posibilidad en este sentido. Nadie tiene capacidad de impedir que Estados Unidos imponga su lógica en el planeta. Hemos vuelto al mundo unipolar.

En su raudo regreso a este sistema, Estados Unidos se llevó por delante a la Organización de Naciones Unidas (ONU) y al derecho internacional que de alguna manera regulaba el comportamiento de los Estados y los gobiernos. Washington, amparado en sus misiles y en el derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU pasa por encima de cualquiera que intente evitar su hegemonía absoluta sobre el planeta.

Los únicos límites que tiene son aquellos que emanan del potencial nuclear de algunos de sus adversarios y de la voluntad de resistencia y lucha en defensa de la soberanía, la autodeterminación y la no injerencia en otros que están dispuestos al holocausto antes que permitir ser avasallados. Por supuesto es válido aspirar a la solidaridad internacional pero todos tienen sus propios problemas en un mundo signado por la necesidad de sobrevivencia como forma de actuar.

Esta situación ha hecho que algunos, nuevamente pongan sobre el tapete, el debate sobre ¿qué sistema internacional impera e imperará en el futuro? Hoy, es patente que domina la unipolaridad, sino como explicar que ante la vista de la humanidad entera se produzcan genocidios no solamente en Palestina, también en la República Centroafricana, Sudán y aquí en nuestra región, en Haití. De igual manera se estaba produciendo en la Ucrania oriental, pero en este caso pudo ser impedido gracias a la decisión del gobierno ruso que inició una operación militar especial para evitar las masacres.

La unipolaridad también ha permitido que el terrorismo extremista se apodere de Siria y el hegemón autorice la implantación de un gobierno dirigido por los que solo unos meses antes eran sindicados de terroristas. El actual mandatario de Siria se permitía cortar cabezas y exhibirlas impúdicamente por las cámaras de televisión. Por obra y gracia de la unipolaridad, ahora es un democrático presidente aceptado en todas las capitales del mundo.

La unipolaridad permite que el presidente de Estados Unidos intervenga y se adjudique victorias electorales en Chile, Ecuador y Honduras (fraudulentamente en estos dos últimos casos).

La unipolaridad permite que el presidente y el secretario de Estado amenacen con la desaparición de Cuba condenando al exterminio a sus once millones de habitantes.

La unipolaridad permite que Washington amenace a Panamá con arrebatarle su canal con la complicidad silenciosa de su gobierno y también de quitarle a Dinamarca su posesión colonial de Groenlandia. La unipolaridad permite que Estados Unidos ataque militarmente a Venezuela, asesine impunemente a casi 100 ciudadanos y secuestre al presidente y su esposa. No hay respuestas, más allá de declaraciones y condenas que son expresión de la incapacidad y la impotencia del mundo por frenar el resurgimiento de un gobierno nazi en el planeta.

Este no es un gobierno republicano más en la historia, no es Nixon, Reagan o los Bush con sus secuelas de muerte y destrucción. Es mucho más que eso. Es un gobierno sustentado en los principios de la ideología nacionalsocialista de Adolfo Hitler. Lo he dicho en el pasado y lo repito: “…la ideología nazi se caracteriza por el ultranacionalismo y el supremacismo que establecen la existencia de una raza superior que debe expandirse a partir del odio contra los denominados “seres inferiores”; el totalitarismo que impone el control absoluto del Estado como lo pretende Trump al minimizar y subestimar al Congreso, los tribunales de justicia y otras instancias del poder; el militarismo que supone la exacerbación de la fuerza militar y la agresión como instrumentos de expansión y guerra y finalmente, la ideología anticomunista y antiliberal en oposición al socialismo y la democracia…”. Todos estos elementos están presentes en el gobierno actual de Estados Unidos.

Pero lo distintivo respecto del pasado es que si a mediados del siglo XX, el mundo se unió para luchar contra el nazi-fascismo, hoy este es aceptado con parsimonia y sosiego. De ahí que volvemos al debate sobre el sistema internacional porque aunque es deseable y muchos países responsables en el planeta se esfuerzan pos avanzar hacia un mundo multipolar, no estamos en la multipolaridad y no estaremos en el corto plazo. Las manifestaciones de lo que ocurre, más bien señalan una tendencia hacia la construcción de un sistema internacional de balanza (o balance) de poder signado por el equilibrio entre potencias que saben que no pueden destruir al adversario y lo necesitan para sostenerse.

Craso error se comete cuando se pretende analizar la realidad actual con las categorías de la bipolaridad que imperó durante la mal llamada “guerra fría”, que fue fría para las potencias, pero caliente para los países del sur global. Hoy, en las relaciones internacionales no prima la ideología, en esa medida no existe la solidaridad que pudo haber en el pasado, por tanto no se puede esperar una ayuda automática ante el peligro porque lo que se impone es el interés nacional y hasta la cooperación debe ser negociada. No existe fuerza ni intención de enfrentar a Estados Unidos en materia militar porque eso conduciría a la destrucción del planeta. Por eso hoy, la lucha por la paz es revolucionaria.

Rusia y China tienen sus propios problemas y no pueden acudir a solucionar cuanto conflicto se desarrolle en el planeta, que por cierto son muchos, salvo que se pongan en peligro sus intereses nacionales y Venezuela está muy lejos de representar un interés nacional relevante para esas potencias más allá de la amistad y la identidad de criterios en la mayoría de los asuntos del escenario internacional. Rusia pasó de al Assad a Al Sharaa como China lo hizo el siglo pasado de Allende a Pinochet. Lo que los pueblos no hacen en casa, no va a venir el vecino a resolverlo. Salvo que aparezca un Simón Bolívar o un Fidel Castro, y pueblos como el venezolano y el cubano con vocación internacionalista y solidario. Pero ya ven, ni Angola ni Argelia donde los cubanos dejaron la sangre en favor de su independencia, hoy no le envían ni una gota de petróleo a la Cuba heroica agobiada por el furioso bloqueo estadounidense

Y no lo cuestiono, lo comprendo porque no estoy apegado a la lógica del pasado y porque entiendo la primacía del interés nacional. Los rusos, que se refieren a su patria como la “Madre Rusia” se han visto abocados a defenderla no solamente en Ucrania, también deben prestar atención a todo su extenso entorno en el Océano Ártico, Asia Central y Europa donde las tenebrosas fuerzas de la OTAN y de Europa intentan avasallarla una vez más.

China por su parte, se rige por principios distintos a los de Occidente, su filosofía milenaria los impele a la búsqueda del equilibrio y la armonía como forma de convivencia. Ello también funciona para sus relaciones internacionales. El asunto de Taiwán es el centro de su quehacer al punto de que para tener relaciones con Beijing hay que reconocer que existe “Una sola China”. Muchos gobiernos de derecha en las campañas electorales han dicho que van a romper con China tan pronto lleguen al gobierno pero la fuerza de la necesidad económica los hace volver a la realidad el mismo día que entran en los palacios presidenciales.

La confrontación que Estados Unidos ha planteado contra China será enfrentada por Beijing a través de la búsqueda de la superioridad económica, financiera, científica y tecnológica y solo pondrán en funcionamiento el componente militar cuando se sientan amenazados. Su línea roja es la independencia de Taiwán, todo lo demás es secundario.

No se trata de que las potencias desean ponerse de acuerdo para respetar espacios de influencia, pero el sistema de balanza de poder los conducirá a eso si quieren sobrevivir. En esta situación entramos en el territorio de lo subjetivo y eso nos lleva a asegurar sin duda alguna que en términos éticos y morales hay una distancia inconmensurable entre Putin y Xi en comparación con Trump.

Putin y Xi no han amenazado a nadie, no se inmiscuyen en los asuntos internos de nadie, no han asesinado ni secuestrado a ningún presidente, no han promocionado golpes de Estado, no han participado en guerras de agresión en ninguna parte del mundo y si Rusia desarrolló la operación militar especial en Ucrania es porque se vio impelido por el genocidio que se estaba cometiendo contra sus connacionales que estaban siendo masacrados por el gobierno nazi-fascista de Kiev.

Pero eso es una cosa y otra suponer que tal como en la guerra fría van a acudir a la salvaguarda de otro país. No estamos en ese mundo. Sin querer ser destructivo, más bien propositivo, en abril de 2013 presenté un libro titulado “La balanza de poder. Las razones del equilibrio del sistema internacional” que causó mucha polémica.

La reacción más acentuada de aquellos que leyeron el libro fue el escepticismo respecto de la propuesta. La idea de que el mundo avanza hacia la estructuración de un sistema multipolar se ha sembrado en la mayoría de los ciudadanos. Buena cantidad de centros de investigación, analistas y decisores vinculados a las relaciones internacionales y la política exterior coinciden en apreciar tal situación de la que yo difiero. Por cierto, pienso que para nosotros, ubicados en el sur y en América Latina, tal opción sería la más deseable, pero no creo que sea en lo que están pensando los centros de poder mundial.

Se han planteado varias hipótesis, pero desde mi punto de vista, lo más probable es que se implante un sistema internacional de balance de poder en el futuro. Esta convicción surge de la observación de que, a pesar del conflicto, en los últimos años ha primado un límite para que se respeten esas áreas de seguridad de las potencias, toda vez que su violación es una línea roja para cada potencia.

El uso de la fuerza de Rusia en Ucrania para evitar la expansión de la OTAN hacia el este, las enormes demostraciones bélicas de China en torno a Taiwán como mensaje en caso que intentaran la independencia y la nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos que “renuncia” a la prioridad del conflicto con China y Rusia para abocarse al hemisferio occidental que considera de su propiedad, son expresión de ello.

En este sentido, me parece que los conflictos del futuro serán de Estados Unidos contra los países del sur, nunca contra otra potencia. Para América Latina y el Caribe su única posibilidad de avanzar es a través de un proceso de integración que le permita sobrevivir y tener una presencia activa en el mundo del mañana caracterizado por el equilibrio de poder entre las potencias. Mi opinión viene desde el sur y para el sur, desde Nuestra América y para Nuestra América y es –modestamente- un alerta para los países de América Latina y el Caribe.

La tarea de los pueblos es desplazar a las oligarquías en el poder que son estructuralmente anti integracionistas y subordinadas a Estados Unidos. Mientras se mantengan en el poder, no habrá integración posible ni espacio para América Latina y el Caribe en el mundo de mañana.

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