Tras la desaparición de la Unión Soviética y con ella la finalización de la guerra fría y el mundo bipolar, se abrió un debate que rebasaba lo estrictamente teórico y conceptual y que se proponía establecer qué tipo de sistema internacional se impondría en el planeta. La solución de tal controversia no tuvo desenlace inmediato. La última década del siglo pasado fue caótica y anárquica sin que se haya logrado imponer un orden determinado. Fuerzas contradictorias pugnaban por establecer un mundo unipolar en el caso de Estados Unidos y multipolar por la amplia mayoría de los países del mundo.
Esta diatriba -que como dije antes y quiero repetirlo ahora, supera la mera discusión teórica- se vino a “definir” a favor de Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. En una serie de discursos en los días posteriores al ataque, el presidente Bush fijó las pautas del funcionamiento internacional gracias a la acción terrorista de la que solo Estados Unidos obtuvo beneficios, lamentablemente a costa de la vida de casi 3.000 ciudadanos.
En su discurso del 20 de septiembre de ese año, Bush pronunció entre otras, aquella emblemática frase que marcó los límites del sistema internacional: “O están con ellos o están con nosotros”. Nadie quería estar con los terroristas, por tanto había que estar con Estados Unidos. Así, se impuso el sistema internacional unipolar bajo égida estadounidense.
Todo marchó bien durante algunos años, pero la crisis económica y financiera de 2008 paralizó la capacidad estadounidense de controlar el mundo unilateralmente y, otra vez, comenzó la preocupación por saber qué pasaría ahora y hacia donde iríamos. Los que creían en la multipolaridad tuvieron oxígeno para retomar su propuesta después que en 2001 quedaron al borde de la inanición.
Sin embargo, ahora, la situación era diferente. De la mano de Vladimir Putin un desconocido ex agente del KGB, Rusia como el ave fénix había resucitado de las cenizas y se aprestaba a recuperar su espacio como potencia dentro del sistema internacional. De igual manera, China salía del marasmo de 150 años en que la había introducido Occidente a través de las guerras del opio, tras 60 años de fundación de la República Popular y 30 de la implementación de la política de reforma y apertura que daban cuenta de todo el potencial acumulado en este período, por lo que también reclamaba un espacio protagónico en el sistema internacional.
