Nota: Las siguientes líneas son un extracto de un libro en edición en el que relato algunas de las vicisitudes de mi vida. En este caso doy a conocer por primera vez los pormenores de mi primer encuentro personal con Fidel. Yo había estado con él como parte del grupo que se preparaba para viajar a Nicaragua a incorporarse a la guerra de liberación de ese país, pero este fue el primero de varios encuentros privados y reservados. En ese momento yo era militante del partido comunista de Chile y en esa condición, asumí una responsabilidad que me llevó a conocer y trabajar con Fidel para el cumplimiento de una específica misión que recibí. He aquí el texto:
Al día siguiente, muy temprano regresé a la casa de seguridad y retomé mi rutina. Al rato llegó Fernando y me dijo que no debería salir y que esperara visitas. Sin embargo el día transcurrió sin que nada sucediera, no obstante, casi al finalizar la tarde, cuando ya oscurecía, apareció Alejandro. Contrario a su natural parsimonia, estaba agitado, me dijo que me vistiera y preparara rápido para salir, le pregunté si tenía que llevar algo y me dijo que no, reiterando que debía apurarme.
Pocos minutos después, salíamos a toda velocidad por 5ta. Avenida. En ningún momento me dijo de qué se trataba, curiosamente, siendo tan locuaz, iba en silencio. Entendí que no debía hacer preguntas. Al llegar a la Avenida Paseo torcimos a la derecha y comenzamos a subir. Muy tenuemente comencé a sospechar algo, pero era tan inverosímil que en mi interior, yo mismo me respondí que lo que pasaba por mi cabeza era imposible. Comencé a pensar posibles escenarios. Al llegar a la Plaza de la Revolución, no torcimos a la izquierda hacia el edificio del Ministerio del Interior. Quedaba cancelada la posibilidad de una nueva reunión con el general Abrantes.
Doblamos a la derecha y raudamente entramos a la zona de estacionamientos del Palacio de la Revolución. Ahí estaba la respuesta: el Comandante Piñeiro había decidido recibirme y le había pedido a Alejandro que me llevara. El Palacio de la Revolución, sede de las más altas instancias políticas y de gobierno de Cuba está dividido en dos partes: en el ala oeste funciona el Comité Central del Partido Comunista de Cuba, pasamos de largo. La probable reunión con Piñeiro había quedado descartada.
En el ala este están las oficinas del Consejo de Estado, entre ellas las del presidente del Consejo de Estado. En ese momento comencé a ponerme nervioso. Alejandro permanecía impertérrito. Nos recibieron por el sótano que está debajo de la gran escalera del Palacio. Pasamos directamente a un ascensor. Alejandro por fin habló, ¿sabes a dónde vamos? Lo miré y no dije nada, no pude, lo que pasaba por mi mente era tan improbable que preferí quedarme en silencio. Lo único que me dijo fue: “Cuando te pregunten algo, solo responde si lo sabes, no te pongas a inventar ni a elucubrar”. Lección que a partir de entonces, se incorporó al quehacer cotidiano de mi vida. Años después, cuando tuve la suerte de trabajar con el Comandante Chávez fue de extrema utilidad en mi desempeño.
El ascensor se detuvo y nos hicieron pasar a una sala de espera. El silencio inundaba el espacio. Ninguno de los dos hablaba, ¡ni siquiera nos mirábamos! Pasaron unos minutos que parecieron eternos, la puerta se abrió y ahí estaba en su formidable estatura, no solo física, también ideológica, política y moral el Comandante en Jefe de la Revolución Cubana Fidel Castro Ruz. Nos paramos de inmediato, instintivamente me puse en posición de ¡Firmes¡, los años pasados en las Fuerzas Armadas estaban impresos para siempre, pero en esta ocasión mis piernas comenzaron a temblar, por suerte, en ese momento lo llamaron por teléfono y en vez de entrar a la habitación, se retiró al pasillo para atender la comunicación.
Alejandro, que advirtió mi embeleso y estupefacción y el movimiento nervioso de mis piernas me susurró al oído ¡Pórtate como un hombre, coño! Logré calmarme con el tiempo suficiente para recibir al Comandante cuando retornó a la sala.
Me dio un fuerte abrazo, me pregunto cómo me había ido en Chile y cómo estaban los compañeros, salimos caminando por el pasillo y entramos a su oficina. Todavía sin comprender muy bien el momento, traté de captar todo lo que pude. La oficina no era muy grande y amoblada de forma sencilla. Solo su escritorio, una pequeña biblioteca y una sala donde había una mesa y unas sillas imagino donde recibía a sus invitados como en este caso. Me llamó la atención que uno de los pocos cuadros que había además del de José Martí era uno del comandante Camilo Cienfuegos. Nos indicó (a mí y a Alejandro) que nos sentáramos en la pequeña sala. No podía dejar de pensar en que hacía solo 13 meses, yo era un simple capitán de las FAR y que ahora me encontraba en la oficina del Comandante en Jefe a punto de iniciar una conversación con él.
Me dijo que había sido informado por Abrantes y Alejandro de mi ingreso clandestino a Chile y mi retorno a La Habana y de la misión que me había sido encomendada. De inmediato, señaló que por supuesto recibiría la delegación de la dirección del PCCh que deseaba venir a La Habana a discutir los aspectos de la colaboración y el apoyo de Cuba a las tareas de la lucha contra la dictadura que el PCCh se estaba proponiendo.
Me preguntó si sabía quién vendría. Recordé la advertencia de Alejandro y le dije que no, pero que suponía que sería Roberto, jefe de la Comisión Militar, a continuación quiso saber quién era y cuál era su nombre real y le dije que no lo sabía. Mucho tiempo después, ya en democracia supe que se llamaba Guillermo Teillier. Le referí mis actividades en Chile, mis reuniones con Salvador (Sergio Apablaza) y con Rodrigo (Raúl Pellegrin) y le informé que fueron ellos los que me llevaron a hablar con Roberto pero no sabía nada más. Se rió mucho cuando le conté brevemente acerca de la epopeya de mi viaje de La Paz a Buenos Aires y cómo había dejado esperando a Roberto en esa ciudad. Le expuse lo que sabía del Plan de la Sublevación y de la necesidad de saber si Cuba nos podría apoyar con armamento, medios e incremento en la formación de jefes y oficiales. Se trataba en resumen, de terminar con la dictadura.
A continuación dijo algo que me sorprendió y señaló el lugar en que estaba y el camino que estaba transitando. El Comandante dijo que en su momento sabrían quién era Roberto y conocerían su identidad verdadera pero que nosotros, los oficiales del PCCh tanto en nuestro trabajo en las unidades militares en Cuba, como en el cumplimiento de las misiones en la guerra de Nicaragua y en la creación del Ejército Popular Sandinista (EPS) habíamos dado muestras de una sólida formación política e ideológica y un alto nivel profesional. Y que si eran Salvador y Rodrigo los que me habían llevado con Roberto y los que habían decidido mi regreso a Cuba, para él era suficiente aval como para aceptar la visita y explorar las posibilidades de un trabajo conjunto.
Nos adentramos en un profundo análisis de la situación política en Chile. Como una avalancha, Fidel preguntaba desde las cosas más simples cómo ¿de qué forma se sentaban los soldados cuando eran trasladados en un camión para desplegarse? hasta la dislocación de las principales unidades de las Fuerzas armadas chilenas. Yo respondí teniendo siempre presente el consejo de Alejandro. Cuando no sabía algo, se lo hice saber. Lo que parecía una inconexa recopilación de datos, tomó forma cuando después de una larga sesión de preguntas y respuestas, se transformó en una reflexión de los puntos fuertes y débiles del enemigo, el lugar donde radicaba la estabilidad del régimen de Pinochet y la estructura operativa de sus Fuerzas Armadas y los elementos sobre los que descansaba su economía, entre otros temas. Yo estaba atónito. Entendí que estaba ante un ser excepcional. Me sentí privilegiado por haber tenido la posibilidad de participar de ese encuentro. Pero no todo había concluido.
Pasamos a debatir sobre temas más específicos, me preguntó por Salvador a quien conocía y distinguía personalmente. Me preguntó por los otros compañeros oficiales y sobre cómo se habían adaptado al país y qué funciones estaban cumpliendo. Sin esperar la visita de la dirección del PCCh decidió que Cuba iba a colaborar. De una vez comenzó a tomar medidas. Dijo que si había sido yo quien se había encargado de establecer este vínculo, por razones de seguridad también debía ser yo quien lo mantuviera. La menor cantidad de personas en Chile y en Cuba debían conocer los alcances de esta cooperación. Le dije que yo no podía decidir eso, que sería mi dirección quien lo hiciera, pero que seguramente tomarían en cuenta sus recomendaciones, sobre todo si tenían relación con la seguridad. Consideró correcta mi opinión.
Debatimos acerca de la posibilidad de que otros países socialistas se quisieran incorporar a cooperar en esta misión. Fidel lo consideró positivo, en particular si se lograba la ayuda de la Unión Soviética pero opinó que había que verlo en el momento que se produjera esa eventualidad y analizar cada caso en particular.
Le consulté acerca de nuestra idea de enviar armamento y apoyo logístico por vía terrestre contando con el apoyo de Nicaragua y estuvo de acuerdo pero alertó que eso debía estar totalmente compartimentado del apoyo cubano. Recomendó que las bases logísticas estuvieran totalmente compartimentadas entre sí. Al final, el Comandante en jefe, como pensando en voz alta ya aventuraba cantidades y tipos de armamento y costos de la operación.
Sin darnos cuenta, habían transcurrido casi cinco horas. En todo ese lapso, solo una vez, durante pocos minutos, se levantó para atender una llamada telefónica. De resto la conversación fue continua e ininterrumpida. Dando a entender que la reunión estaba concluyendo, se levantó y nos preguntó si había algo pendiente. Le expliqué que tenía prevista una reunión con el Comandante Piñeiro y le consulté qué debía hacer. Me dijo que debía conversar con él y moviendo su brazo a uno y otro lado, me indicó que solo debía intercambiar con Piñeiro los asuntos políticos. Los que tenían relación con lo conversado respecto a la eventual cooperación debía quedar entre nosotros. La única vía sería a través de Alejandro. A continuación se dio vuelta hacia él y le ordenó que elaborara un plan de desinformación. Alejandro le iba a preguntar algo pero presintiendo de lo que trataba, el Comandante en Jefe precisó: “no para el enemigo, sino para los nuestros”. Dicho esto, dio por concluida la reunión.
Bajamos en silencio, el carro nos esperaba, solo cuando estuvimos en él, habló Alejandro: “mañana mismo nos reunimos para comenzar a trabajar”. Yo solo atiné a confirmar. Las emociones habían sido muchas, todavía mi cerebro estaba digiriendo todo lo que había ocurrido. Era casi la medianoche del 8 de enero de 1985. Ese día, mi vida cambió para siempre.
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