La escalada en la confrontación de Estados Unidos contra China tuvo su punto de partida durante el gobierno del presidente George W. Bush, pero ahora, casi 20 años después encontró al país asiático en una situación de estabilidad política y económica que le permite enfrentar una realidad que no estaba prevista. Aunque sea difícil de creer, hasta 2019, China todavía pensaba que era posible construir su modelo económico y su sociedad sin enfrentamientos estratégicas de ningún tipo. Esa es la razón por la que en todo momento eludió la retórica confrontacional, asegurando de forma permanente que no aspiraba a la hegemonía global ni a ser una amenaza para ningún otro país. La filosofía de su política exterior se basa en la cooperación, el multilateralismo y la práctica del ganar-ganar, eludiendo la doctrina suma cero propia de los sistemas bipolares.
En marzo de 2018, Estados Unidos inició un nivel inédito de conflicto que se conoció genéricamente como “guerra comercial” pero que alcanzó otras áreas: académicas, militares, tecnológicas, científicas, comunicacionales y otras que habían permanecido bastante ajenas del eje de las desavenencias.
Pero lo que pareciera haber rebasado la infinita paciencia china es el posicionamiento de Estados Unidos en sus asuntos internos como la situación de los derechos humanos en Xinjiang y el Tíbet y sobre todo la injerencia directa en el fomento de las acciones violentas de manifestantes en Hong Kong en 2019 que sobrepasó cualquier nivel de aceptación china de su voluntad para establecer relaciones internacionales en un marco de armonía y equilibrio.






