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sábado, 26 de noviembre de 2016

Simplemente Fidel



El 25 de noviembre de 1956, el yate Granma puso proa en dirección a Cuba, desde el puerto de Tuxpan en México. Llevaba 82 combatientes que bajo la conducción y liderazgo de Fidel se habían propuesto “salir, llegar, entrar y vencer” a la oprobiosa dictadura de Batista, apoyada y sostenida por Estados Unidos, para aplicar el Programa del Moncada, verdadero plan para una transformación profunda del país. Fidel había dicho que “en el 56 seremos libres o seremos mártires”. El Granma llegó a Cuba el 2 de diciembre después de una difícil travesía, detectada por las fuerzas militares de la dictadura. 

El 5 de diciembre, los sobrevivientes del desembarco tuvieron su bautismo de fuego, después de lo cual solo quedaron 12 guerreros con igual cantidad de armas. Al percatarse de tal situación y ante la suposición generalizada de que enfrentaban una situación extremadamente difícil, Fidel con plena seguridad dijo “Ahora si ganamos la guerra”. Muchos años después, Raúl confesó que en ese momento pensó que Fidel se había vuelto loco.

Esto nos lleva a preguntarnos, ¿qué condiciones debe tener una persona que la lleva a desarrollar aparentes actos de locura, pero que son los verdaderamente transformadores de la historia? La posibilidad que la vida nos ha dado de conocer a algunos de esos personajes, Fidel entre ellos, nos señala que se trata de seres superiores por su capacidad científica de prever el futuro, no a partir del azar ni de subterfugios mágicos, tampoco de idolatrías divinas, sino de un acendrado conocimiento de la realidad social, de sus fuerzas profundas y de sus sujetos motrices. La gran diferencia de Fidel es que puso toda su inteligencia y capacidad al servicio de su pueblo y de los pueblos del mundo.

Cuando se produjo la sorpresa de Alegría de Pío, ese 5 de diciembre de 1956, ya Fidel había dirigido importantes luchas estudiantiles y como abogado había sido defensor de la causa de sectores humildes de la población que habían sido avasallados y excluidos por el régimen. Ya había forjado su pensamiento y su práctica internacionalista, bolivariana y martiana cuando con 21 años se enroló en la Expedición de Cayo Confites para combatir a la dictadura dominicana y al año siguiente, en 1948 fue testigo directo del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán en Colombia, hecho que produjo el bogotazo, situación que lo marcó profundamente el resto de su vida y que significó una impronta en su mirada de la realidad de nuestra región.

El golpe de Estado de Batista en marzo de 1952 fue el último clavo del féretro de la falsa democracia liberal como instrumento para producir un cambio político en Cuba. Fidel previó y a partir de ese momento se jugó por completo para derrocar la dictadura por la única vía que se podía: la de las armas. Organizó personalmente el ataque al Cuartel Moncada y estuvo al frente de la generación de hombres y mujeres que se propuso “tomar el cielo por asalto” y no dejar que el centenario del nacimiento del Apóstol pasara inadvertido. Tras su captura en el Moncada, Fidel exaltó una característica que marcó para siempre a los verdaderos revolucionarios latinoamericanos: el líder conduce personalmente a su tropa y asume la responsabilidad por lo que ocurra, en la victoria y en la derrota. El fracaso militar en el Moncada devino victoria política. Aún hoy retumban aquellas palabras: “Condenadme, no importa. La historia me absolverá”.

Vino la prisión fecunda, el exilio organizador, el desembarco esperanzador, la guerra y la victoria y ese 1° de enero de alegrías imperecederas nuevamente su palabra de futuro “Ahora viene lo más difícil”. Y nuevamente la suposición de su locura ante la imagen de un ejército despedazado por los harapientos campesinos del Ejército Rebelde.

Y así continuó siendo, por años, por décadas, el Comandante invicto, el que Estados Unidos no pudo vencer, el que superó 674 intentos de asesinato de todos los presidentes imperiales, los republicanos y los demócratas, el de la victoria de Playa Girón, el que se agigantó durante la crisis de Octubre de 1962, el del Ciclón Flora, el que superó el aislamiento de los gobiernos latinoamericanos con la sola excepción de México, el que enfrentó hasta hoy al bloqueo norteamericano con el honor y la dignidad de su pueblo, el de la lucha contra los bandidos organizados desde el norte imperial, el que derrotó los sabotajes a la economía, incluso usando armas biológicas y químicas contra Cuba, el de las misiones internacionalistas que derrotaron a la mayor potencia militar de África dando una colaboración decisiva al fin del apartheid como forma de dominación en el mundo, el de transformar a su país pequeño y pobre en una gran potencia científica, cultural, deportiva y moral en todo el mundo, el de la solidaridad sin límites a los pueblos de Asia, África y América Latina y el Caribe, el que transmitió la voluntad de avanzar y vencer a pesar que el mundo decía lo contrario en los momentos terribles del período especial, el de las extraordinarias misiones de salud para enfrentar al ébola en África, a las consecuencias del terremoto en Haití y los desastres naturales en Chile, Perú, Pakistán, Ecuador y muchos países más en todo el planeta, el que no se dejó intimidar ni avasallar durante cinco décadas, por la potencia más poderosa de la historia. 

Entonces volvemos a la locura, ¿es que acaso alguien en su sano juicio es capaz de creer que un pueblo pequeño de solo 11 millones de ciudadanos, carente de riquezas económicas pueda ser capaz de todo eso y más, a tan solo 90 millas de la potencia más destructiva y agresiva de la historia? Cuba pudo, y pudo porque tenía un jefe que aglutinó lo mejor de su pueblo a partir de la exaltación de valores, principios y comportamientos que desbordaron su época transformando en fuerza indestructible lo único que los revolucionarios tenemos y que cuando lo usamos somos invencibles: la fuerza de la moral, de una moral superior al poderío militar, político y económico de cualquier hegemonía global.

Eso fue Fidel y eso será Fidel por los tiempos de los tiempos: fuerza moral avasalladora para saber que nada es imposible cuando se confía en el pueblo y cuando se tiene seguridad en la victoria, y al final, tras la tranquilidad del deber cumplido, te retiras porque otros te seguirán. Es la continuidad no del hombre, sino de su obra.

Hoy miles y millones en todo el mundo sentimos un dolor profundo por la partida de Fidel, hoy lloramos en el momento de despedirlo, pero parafraseándolo recordamos aquella tarde de octubre de 1976 “Cuando pueblos enérgicos y viriles lloran, la injusticia tiembla”.

Dijo el apóstol que “No es verdad la muerte, cuando se ha cumplido la obra de la vida”. Hoy, 25 de noviembre, cuando recordamos 60 años del día en que el Granma zarpara hacia la libertad, llevando en su vientre a aquellos hombres que iniciaron la batalla por la segunda independencia de América latina y el Caribe, Fidel ha zarpado hacia la inmortalidad, pero esta vez, si se llegara a producir nuevamente una Alegría de Pio, ya no serán 12 combatientes que seguirán a ese extraordinario loco por los caminos de la historia, hoy somos 12 millones o 12 veces 12 millones…nadie sabe cuántos te recordaremos y junto a ti diremos “Comandante en Jefe, Ahora si ganamos la guerra”.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Conjeturas iniciales sobre una probable política exterior de Trump


No nos engañemos, Donald Trump es un hombre de extrema derecha como se ha señalado con abundante efusión en los últimos meses y sobre todo en la semana más reciente. Aún así, pienso que su victoria le da un respiro a la humanidad en términos globales, si de la paz mundial y la distensión se habla, pero sobre todo si se compara su propuesta con la de la señora Clinton.

Es muy pronto para hacer vaticinios, sobre todo porque estamos ante un presidente que no viene del establishment. Hubiera sido mucho más fácil prever la política exterior de Clinton que era predecible al ser conocidas sus actuaciones como Secretaria de Estado. Por el contrario, durante la campaña, salvo algunos “bombazos” propios de cualquier contienda electoral, el discurso de política exterior del candidato Trump estuvo impregnado de contradicciones y vacíos.

En particular pareciera prematuro aventurar consecuencias para América Latina. Eso debería obligar a la cautela en el análisis hasta determinar la magnitud de los cambios que se anuncian, sobre todo en el mediano y largo plazo.

Vale decir que el nuevo presidente ya confronta rechazo desde su propio partido: el influyente senador John Mc Cain, representante de su ala más conservadora está en completo desacuerdo con el anunciado acercamiento entre Estados Unidos y Rusia. Como probablemente ese tema será el que modere el conjunto de medidas que se tomen en materia de política exterior, no tendremos definiciones claras hasta que se comiencen a ejecutar las primeras acciones. Por lo pronto, Trump ha reaccionado nombrando a Mike Pompeo, otro recalcitrante ultra derechista como nuevo Director de la CIA y en una movida que ha pasado relativamente de bajo perfil, el presidente electo recibió en su oficina de la Trump Tower de Nueva York al siempre presente (a sus 93 años) Henry Kissinger. Vale decir que en su último libro titulado “Orden Mundial. Reflexión sobre el carácter de las naciones y el curso de la historia”, publicado en 2014, el ex asesor de Seguridad Nacional y ex secretario de Estado aseveró que “Un orden mundial de estados que afirman la dignidad individual y el gobierno participativo, y cooperan internacionalmente de acuerdo con reglas consensuadas, puede ser nuestra esperanza y debería ser nuestra inspiración” y agrega más adelante “Estados Unidos necesita una estrategia y una diplomacia que tengan en cuenta la complejidad del viaje: lo remoto de la meta, así como la incompletud (sic.) intrínseca a las empresas humanas con que se intentará alcanzarla”. Tal vez ese fue el mensaje que le dio al Sr.Trump.

Con respecto a América Latina, salvo sendas llamadas telefónicas a sus pares de México y Argentina, el silencio ha sido la única señal, solo interrumpida por las amenazas con muros y deportaciones. Por lo pronto redujo de los once millones señalados en campaña a tres, sus expectativas respecto a aquellos inmigrantes susceptibles de ser sacados del territorio estadounidense. Si eso se mantuviera así, tal vez estaríamos ante la posibilidad de que la política exterior de los países latinoamericanos y caribeños tenga que poner un mayor énfasis en la protección de sus conciudadanos, tal como de alguna manera, ya lo han hecho México y Ecuador.

Por lo pronto, el resultado de los comicios en Estados Unidos ha generado gran ansiedad en algunos países de América Latina y el Caribe, sobre todo en aquellos de gobiernos que apostaron a la victoria de la candidata demócrata. Aunque como se dijo al comienzo, es osado emitir predicciones respecto al futuro en este ámbito, nos vamos a atrever a exponer algunas impresiones sobre los probables temas de interés del gobierno Trump para la región, tomando en cuenta que estamos hablando de un empresario, que además es el primer presidente de Estados Unidos que no viene de la política desde que Dwight D. Eisenhower, un militar, accedió a la más alta magistratura de ese país en 1953

En esa calidad, Trump ha demostrado ser pragmático en cuanto a la búsqueda de objetivos: para él lo más importante es obtener beneficios, sin embargo coincidirá con sus antecesores en que lo primordial, - por encima de todo- es el interés nacional de Estados Unidos. La diferencia con quienes le antecedieron en el cargo radica en que hasta ahora todos los presidentes estadounidenses han puesto el énfasis en el poder militar para lograr ese objetivo. Pareciera que Trump va a hacer su mayor apuesta en el área económica. En esto, coincidirá con China que basa su poder y hace planes de futuro, a partir de su fortaleza económica, no la militar.

En esa medida, es previsible que Trump no agite banderas que no le signifiquen un provecho concreto e inmediato. Esto es lo que hace prever que parte importante de la política exterior de Estados Unidos se base en sus países vecinos: México por su frontera terrestre y Cuba por la marítima. 

Trump denunció en su campaña que los TLC y el TPP atentaban contra la economía de Estados Unidos por lo que los rechazó y dijo que los revisaría. El tema de la deslocalización industrial de empresas norteamericanas que se instalan en otros países para obtener mayores beneficios y que establecen una “competencia desleal” con las que permanecen en el país, pareciera ser el eje sobre el cual se articulará su política económica. En esa medida, México, cuyas exportaciones a Estados Unidos tendrían que pagar un gravamen de 35%, se pone en una situación de extremo riesgo en sus perspectivas económicas. Más que el muro, lo verdaderamente peligroso para México tiene relación con la probable revisión del Nafta. 

La apuesta de Trump en torno a eliminar este tratado, (o por lo menos revisarlo) tendrá consecuencias gigantescas en el país azteca. Considerando que construir el muro es inviable, toda vez que resulta complejo conseguir los US$ 8 mil millones que cuesta, una alternativa sería esbozar “un muro virtual” controlado de manera exhaustiva a través de drones. Por otra parte, Estados Unidos insistirá en la política que viene desarrollando desde el año 2000, -con el advenimiento de Vicente Fox a la presidencia de México- de “correr” su frontera sur hasta el linde divisorio entre México y Guatemala, es decir a la frontera sur de México, para cargar a este país de la responsabilidad principal en el control de la migración ilegal proveniente de las regiones meridionales.

Otros países de América Latina afectados, en caso de que Trump cumpla su palabra de revisar los TLC, no suscribir ningún otro, y no firmar el Acuerdo Transpacífico de Asociación Económica (TPP), son aquellos que tienen TLC con Estados Unidos: Colombia, Perú, Chile y Centroamérica. Al escribir estas líneas (18 de noviembre) el desconcierto de la clase política de esos países, (sobre todo, Colombia, Chile, México, Panamá y Perú) es evidente, sin que hasta el momento hayan podido articular una opinión coherente respecto de su futuro económico, a consecuencia de lo cual transmiten una total incertidumbre.

En el caso de Colombia, Trump renovará el apoyo a las conversaciones de paz entre el gobierno y la guerrilla, considerando el consenso global que ha logrado tal tema.

Con respecto a Cuba, es muy probable que Trump elimine definitivamente el bloqueo, salvo que se vea obligado a establecer acuerdos con los parlamentarios que representan al reaccionario lobby cubano, por razones de correlación de fuerzas en el Congreso. El apoyo recibido por Trump en los estados del sureste productores de alimentos que han comenzado a tener un beneficioso intercambio con Cuba jugará a favor del fin del bloqueo y la continuidad en la normalización de las relaciones. Finalmente se impondrá el pragmatismo de Trump frente al factor ideológico que ha imperado en las relaciones con Cuba, el cual ha sido tímidamente roto por Obama, en medio de muchos temores, por cierto, no alejados de las contiendas electorales.

Con respecto a Venezuela, Trump dará continuidad a la política seguida por Obama en sus últimos meses de mandato de apoyar las negociaciones entre el gobierno y la oposición, y simultáneamente seguir ejerciendo presión económica, política y diplomática a fin de llevar al gobierno a una situación de debilidad de cara a las elecciones de 2018. Pero, Venezuela no será una prioridad de la política de Trump, a diferencia de lo ocurrido en el gobierno de Obama. Tal vez el único tema en relación a Venezuela que ocupe parte de la agenda de Trump sea la influencia que ésta ejerce en Centroamérica y el Caribe a partir de su agenda energética. Estados Unidos quisiera para Venezuela, una salida tipo Macri, no le conviene una tipo Temer, que genere una situación que a futuro no pueda controlar.

Estados Unidos necesita una América Latina y el Caribe “sosegada”, para poder enfrentar sus problemas globales de política exterior: Medio Oriente, Ucrania y el Mar de la China Meridional y dentro de ello, revisar sus relaciones con China y Rusia y en menor medida con Irán. Las decisiones que tome en este sentido, marcarán el derrotero de su política exterior, en particular con América Latina.

Paradójicamente, la victoria de Trump podría generar repercusiones positivas en la integración latinoamericana, toda vez que podría acercar a los países con gobiernos de derecha aliados de Estados Unidos que se verían directamente afectados por las decisiones de política económica del nuevo presidente y otros que han adversado la política exterior de ese país. Esta es una oportunidad, que deberían aprovechar las élites para acercarse, pero sobre todo los pueblos para hacer que los vínculos sean sólidos e irreversibles.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Otra vez Nicaragua

A Aldo Díaz Lacayo,
 Bolivariano y sandinista 
en su 80 aniversario



El siglo XX inauguró el dominio de Estados Unidos sobre América Latina y el Caribe, al desplazar a Gran Bretaña como potencia predominante en la región. En el marco de pleno desarrollo de su política imperialista, con preponderancia de los monopolios, la hegemonía del sector financiero sobre los demás y una creciente captación de capitales y materias primas, se produjo un arrebato ascendente en sus impulsos agresivos. El espíritu del Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe, que suponía que Estados Unidos era un pueblo elegido y que toda la región era parte de su emporio, se apoderó de sus clases dirigentes, exacerbadas por inusual impulso mediático para la época

Antes de finalizar el siglo XIX, Estados Unidos invadió Cuba y obligó a España a entregarle Puerto Rico, Filipinas y las islas Guam. Permaneció en Cuba hasta 1903 y retiró sus tropas a cambio de imponer la ominosa Enmienda Platt a la Constitución de ese país, concediéndose el derecho de intervenir en los asuntos internos de la isla. Así mismo, se apoderó de una porción de territorio en Guantánamo conservándolo aún por la fuerza. Casi 120 años después, tutela a Puerto Rico bajo una situación colonial, que mantiene a sus habitantes como ciudadanos de segunda clase.

Esta acción fue el inicio de un largo y doloroso proceso de penetración imperial de Estados Unidos en la región, utilizando para ellos diversos instrumentos y un variado expediente de recursos militares, políticos, diplomáticos y económicos para lograr sus objetivos. En 1903, en alianza con el mercenario francés Philippe Bunau-Varilla, apoyó una rebelión secesionista que condujo a la creación de Panamá y el apoderamiento de una zona de su territorio, donde construyó el canal interoceánico, sobre el cual todavía hoy, tiene el privilegio único para el tránsito de sus navíos militares.

La aplicación de la política del gran garrote y la diplomacia del dólar se hizo práctica al implementarse el Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe que le auto concedía a Estados Unidos la posibilidad de actuar como “policía internacional” legalizando las intromisiones militares. En ese marco, intervino en República Dominicana en 1905, en 1906 en Cuba, en 1908 en Panamá, en 1909 en Honduras, en 1910 en Haití, en 1912 nuevamente en Nicaragua y en Panamá; en 1915 invadió y sojuzgó a Haití y en 1916 volvió a enviar sus tropas a República Dominicana, así como en 1918 a Panamá.

Ese parecía ser el sino de la actuación de Estados Unidos en la región. Cuando en 1927 se produjo una nueva intervención militar de Estados Unidos en Nicaragua, la voz ardiente y el fusil libertario del General Augusto C. Sandino se alzó con un pequeño ejército de campesinos, que fue creciendo con los días y las semanas, en contra de la presencia de la bota imperial en su país. Las fuerzas invasoras dotadas del más moderno armamento y con el apoyo de aviones y artillería pesada, fueron vencidas militarmente, teniendo que abandonar Nicaragua, reconociendo la imposibilidad de derrotar a Sandino. La poeta chilena Gabriela Mistral, dijo entonces que el general nicaragüense “carga sobre sus hombros vigorosos de hombre rústico, sobre su espalda viril de herrero y forjador, con la honra de todos nosotros los latinoamericanos” y el escritor y político argentino Manuel Ugarte lo corroboró al asegurar que “Sandino se eleva por encima de las fronteras de su propia República y aparece como el brazo de una reacción continental. Reacción contra el invasor extranjero y reacción contra los traidores que favorecen sus planes”. 

Sandino y el pueblo nicaragüense revirtieron la situación de avasallamiento de Estados Unidos sobre la región, propinándole su primera derrota militar y rescatando para los pueblos de América Latina y el Caribe, la moral necesaria para continuar la lucha desigual contra la potencia imperial.

Sandino fue asesinado en 1934, traicionado por Anastasio Somoza que impuso una férrea dictadura en su país, apoyada por Estados Unidos con armas y recursos financieros ilimitados. El propio presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt reconoció que “Somoza es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, sintetizando con ello el desprecio de la metrópoli por el engendro que había creado. En 1961, Carlos Fonseca, el más preclaro heredero de la causa sandinista, Tomás Borge y otros jóvenes, fundaron el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) para llevar adelante la lucha armada contra la dictadura que acosaba su país. Después de largos años de lucha, a finales de la década de los 70, la dictadura se encontraba aislada nacional e internacionalmente, sólo sostenida por el apoyo de Estados Unidos y una brutal represión que producía miles de muertos, torturados y perseguidos.

Los acontecimientos en la región no eran muy distintos. Desde la intervención militar y derrocamiento violento del presidente Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954, América Latina vivía una situación de regresión generalizada, solo interrumpida por el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, pero la isla caribeña, había sido aislada, bloqueada y expulsada del sistema interamericano, e incluso agredida en 1961 por tropas mercenarias que habían salido de Nicaragua apoyadas (para variar) por Estados Unidos. Cuba, emulando a Sandino había logrado derrotar la invasión proporcionándole una nueva derrota militar al imperio. Sin embargo, el panorama de América Latina durante los últimos años era desolador: se entronizó la dictadura de Duvalier en Haití, el presidente Juan Bosch fue derrocado en República Dominicana en 1963 y dos años después las tropas imperiales irrumpieron en ese país, asesinando a centenares de ciudadanos, golpes de Estado en Brasil (1964), Bolivia (1971), Chile y Uruguay (1973) y Argentina (1976). La regresión conservadora estaba en marcha acompañada de feroces dictaduras de seguridad nacional apuntaladas por Estados Unidos, mientras se aplicaban políticas neoliberales que destruían y desmejoraban conquistas de los trabajadores, logradas tras largas décadas de lucha. 

El panorama de la región era oscuro hasta que en 1979, el pueblo nicaragüense conducido por el FSLN dio al traste con la dictadura somocista, generando el proceso de transformación más profundo jamás vivido en América Latina y el Caribe desde el triunfo de la Revolución Cubana. Unido a la toma del poder por parte del Movimiento de la Nueva Joya en Granada en marzo de ese año, Nicaragua una vez más, detenía el influjo maligno de las fuerzas reaccionarias y se convertía en un bastión moral, en una fuerza avasalladora que señalaba que era posible enfrentar al imperio y derrotarlo. La Revolución Popular Sandinista fue el impulso catalizador que los pueblos de la región necesitaban para desarrollar las luchas que devinieron años después en las derrotas de las dictaduras, el retorno a la democracia, el aplastamiento del neoliberalismo y la posibilidad de enfrentar el futuro en mejores condiciones.

El imperio no podía permitir incólume tal afrenta. La Revolución Sandinista fue sometida a un brutal acoso militar, político, diplomático y económico hasta que fue derrotada electoralmente en 1989, cuando la disyuntiva era continuar interminablemente la guerra o darle una posibilidad a la paz. Aunque esta sobrevino en la forma de tres gobiernos neoliberales que produjeron la regresión de todos los avances sociales y económicos que había logrado el gobierno del FSLN a pesar de las difíciles condiciones de la agresión, los herederos de Sandino y Carlos Fonseca supieron perseverar, vencer los obstáculos y regresar al poder en 2007.

Otra era la situación en América Latina y el Caribe desde el triunfo en 1998 del Comandante Hugo Chávez en Venezuela. La región respiraba un ambiente de democracia, solidaridad e integración, al cual Nicaragua se incorporó rápidamente. Sin embargo, las fuerzas que pretenden retrotraer la historia continuaron en su afán de socavar los logros de los últimos años, las oligarquías locales aliadas de Estados Unidos comenzaron a recurrir a nuevas formas de retroceso: golpes de Estado parlamentarios, utilización de los medios de comunicación como instrumentos de falsificación de la realidad, bestial acoso financiero y económico exterior y tergiversación de las correctas prácticas gubernamentales, lo cual unido a errores propios cometidos en las gestiones, condujeron a un nuevo momento de involución dialéctica que ha hecho del 2016, un año de malas noticias para los pueblos: el regreso del neoliberalismo más desenfrenado en Argentina, de mano de la fraudulenta democracia representativa y Brasil a través del más desembozado golpe de Estado, campañas de desinformación mediáticas que hicieron perder el referéndum que posibilitaría la reelección de Evo Morales, a pesar de lo cual, la popularidad del presidente se mantiene sobre el 60%, intentos desestabilizadores en Venezuela que buscan el derrocamiento del Presidente Nicolás Maduro y el rechazo de una minoría de colombianos que en virtud de la democracia representativa se transforma en mayoría, en el plebiscito que refrendaría el proceso de paz de ese país.

Nuevamente, una situación tenebrosa para las luchas populares, y nuevamente el pasado 6 de noviembre, a solo unos días de la conmemoración del 40 aniversario de la caída del Comandante Carlos Fonseca, el pueblo nicaragüense, da una lección memorable al levantar en las elecciones presidenciales, la bandera de la perseverancia, la dignidad y el honor para una América Latina que por tercera vez en menos de 100 años, puede mirar a la patria de Rubén Darío, como encumbrada tierra de lucha, de libertad y esperanza.

domingo, 30 de octubre de 2016

En el Medio Oriente se está jugando el futuro. (II)


La semana pasada concluíamos diciendo que la nueva situación creada en el Medio Oriente no era alentadora para los intereses de Estados Unidos en la región y que Irán se había consolidado como una potencia regional, así como que la presencia de Rusia había servido como elemento equilibrador que evitaba una imposición hegemónica a favor de los intereses occidentales. 

Por el contrario, en el cuadro geopolítico creado, si miramos la situación de manera integral, si consideramos las esferas internacional, política, económica y energética, la gran perdedora ha sido Arabia Saudita. En Siria, es evidente que el contexto y las tendencias se manifiestan en su contra. El gobierno del presidente Bashar al-Assad ha resistido la agresión y sus fuerzas armadas están prestas a retomar las áreas del país, bajo control de los terroristas, en primera instancia la ciudad de Alepo, capital económica del país. Por su parte el gobierno de Irak, a través de las acciones que está llevando a cabo con sus fuerzas militares propias, el apoyo de Irán y la participación de las milicias chiíes y kurdas, ha recuperado el 80 % de los territorios que había ocupado el Estado Islámico y se prepara para la toma de Mosul, segunda ciudad en importancia del país. En estas circunstancias, la ya deteriorada influencia de Arabia Saudita en la estructura política de Irak, va a quedar absolutamente desplazada, impidiéndole cualquier tipo de participación en el escenario post Estado Islámico.

El fracaso de la maniobra saudita en los mercados internacionales energéticos que demandó y logró bajar el precio del barril del petróleo para debilitar a Irán y Rusia a fin de buscar el cese del apoyo y la participación de estos países en la lucha contra el terrorismo en Siria e Irak, y en específico, la de Irán en Yemen y Bahréin, ha dejado un tremendo déficit presupuestario en todos los países del Golfo aliados de la monarquía saudita y en ella misma. De manera particular, ha sido muy notoria, la resolución del parlamento de Kuwait, que aumentó en un 80% el precio de la gasolina para el comprador minorista, a fin de utilizar tales recursos para cubrir su déficit presupuestario, lo que devino en la renuncia de su gobierno. 

En este contexto, Arabia Saudita se vio obligada a aceptar la reducción de la producción petrolera en un tope específico, al mismo tiempo que tuvo que respetar la cantidad de 4 millones de barriles asignados a Irán, lo cual no había aprobado hasta la anterior reunión de la OPEP en Argelia el pasado mes de septiembre. Pero, lo que vino a derramar el vaso de las derrotas sauditas y el fracaso total de su política exterior, es la ley aprobada y ratificada por las dos cámaras del Congreso estadounidense, al aprobar el rechazo al veto que intentaba el presidente Obama, y conceder el derecho a los familiares de las víctimas del 11 de septiembre de 2001 de interponer demandas en cortes de Estados Unidos contra el reino saudita por el apoyo a los supuestos terroristas que perpetraron los atentados, dado que, –según Estados Unidos- 17 de los 19 participantes en los hechos eran ciudadanos de ese país, existiendo incluso indicios no revelados por los tribunales que señalan la vinculación de personeros de la monarquía wahabita en esos funestos acontecimientos.

En otro escenario, vale mencionar que los aliados de Arabia Saudita en el Líbano se quedaron sin alternativas, de cara a las próximas elecciones presidenciales, por lo que están a punto de apoyar al candidato de la organización islámica chií Hezbollah, el ex general Michel Aoun. Estando el Líbano sin ejecutivo desde hace tres años, las fuerzas aliadas de la monarquía saudita llegaron a la conclusión de que, de no realizarse estos comicios que conducirán a la elección de un nuevo presidente, el país podría ir hacia un proceso fundacional constituyente que Hezbollah solicitó hace 4 años, y ante el cual estas fuerzas muy probablemente serían barridas electoralmente, perdiendo importantes espacios de poder que aún hoy ostentan.

Sin embargo, es en Yemen, donde se ha producido el mayor fracaso de Arabia Saudita. Tras 16 meses de haber creado una fuerza multinacional de países árabes, mediante la erogación de una importante cantidad de recursos financieros, para ejecutar las operaciones bélicas en contra del pequeño país del sur de la Península Arábiga y contando con el más sofisticado apoyo militar y de inteligencia de Estados Unidos, destruyeron el país, sin poder lograr un solo objetivo militar o político que no haya sido el asesinato de miles de ciudadanos inermes, con el propósito de hacer rendir a las fuerzas revolucionarias huthies y al ejército yemení, leal al presidente Alí Abdullah Saleh. Por el contrario, la influencia de estas fuerzas, se ha expandido. Su dominio territorial, abarca una zona del centro del país que incluye a la capital Sanaa, las costas del Mar Rojo y el estrecho de Bab el Mandeb, también controlan el noroeste del país. Sus milicias han llegado a incursionar hasta 300 km en la profundidad del territorio saudita que ha sido asediado por la presencia y el fuego directo de las fuerzas militares huthies. Por su parte, el ejército yemení ha lanzado misiles que han alcanzado bases militares y concentraciones bélicas hasta 700 km, en la zona central de Arabia Saudita, produciendo importantes bajas y pérdidas materiales al invasor, llegando a golpear objetivos a poca distancia de la importante ciudad de Taif. Por su parte, los Emiratos Árabes Unidos perdieron el pasado mes de septiembre, un modernísimo y sofisticado navío de guerra que fue alcanzado por los misiles de las fuerzas militares huthies en Bab el Mandeb muriendo 28 soldados.

Por su parte, Estados Unidos anunció su retiro y cese de cooperación con la coalición saudita que ha invadido Yemen. Aunque resulta dudoso, que esta decisión se ejecute en la práctica, con ello busca disuadir las protestas y presiones de ONG´s y del Consejo de DD.HH de la ONU que han denunciado las masacres que se están cometiendo a diario en contra de civiles, sobre todo de niños.

En ese contexto, Estados Unidos informó que navíos de su armada fueron atacados con misiles lanzados desde territorios dominados por las milicias huthies, quienes se apresuraron a negar tales imputaciones. Sin embargo, las fuerzas navales estadounidenses replicaron las acciones, lanzando proyectiles en contra de objetivos en territorio yemení, con lo cual formalmente se ha iniciado su participación directa en el conflicto. 

Sin conocer los hechos reales que han ocurrido, esta situación conduce a varias suposiciones, la primera es que de ser falso que los ataques fueron perpetrados por las milicias huthies, estamos ante una nueva falacia creada por Estados Unidos para justificar su involucramiento en el conflicto, como ya va siendo tradicional en su política exterior. Por otro lado, estas acciones podrían ser un anuncio de Irán, a fin de legitimar su presencia en la zona y hacer valer su condición de potencia regional que apoya a las fuerzas chiíes que combaten en Yemen. Finalmente, es dable suponer que Arabia Saudita, utilizando fuerzas yemeníes aliadas atacó a las naves estadounidenses con la intención de impedir la anunciada retirada de Estados Unidos del conflicto y, al contrario, lograr un mayor involucramiento de la potencia norteamericana en el mismo.

Por lo pronto, las elecciones presidenciales de Estados Unidos generan un “compás de espera” en el desarrollo de los acontecimientos en el Medio Oriente. El resultado de los comicios y la decisión sobre quién será el nuevo/a mandatario/a de ese país tendrá un notorio impacto en la región, en particular en el sostenimiento y apoyo de Israel como portaviones de la política de Estados Unidos en la región, en el manejo de las relaciones con sus aliados árabes, en particular en la conducción de la guerra contra el Estado Islámico y las fuerzas terroristas en Irak y sobre todo en Siria y, sobre todo en los acuerdos que se tomen o no con Rusia, un actor primordial, protagónico y que se ha fortalecido en la región.

En el futuro habrá que poner todas las cartas sobre la mesa, El debate no podrá ser solo sobre reformas y participación de la oposición en Siria y Líbano, por el contrario, si la correlación de fuerzas sigue avanzando a favor de Irán, el tema fundamental a discutir tendrá que ser democracia y participación de todas las fuerzas presentes en los conflictos por el poder en Yemen, Bahréin, Irak, Siria o Líbano o la continuidad del conflicto con un frente anti estadounidense y anti saudita mucho más fortalecido y una alianza occidental muy debilitada, a la cual solo le quedará el recurso del escalamiento de la guerra, un mayor nivel de involucramiento en la misma, con todas las consecuencias que ello tendría.

viernes, 21 de octubre de 2016

En el Medio Oriente se está jugando el futuro. (I)


El 7 de octubre pasado se cumplieron quince años de la invasión de Estados Unidos a Afganistán y más recientemente, el 20 de octubre, cinco del asesinato de Muamar Gadafi. Estas fechas han marcado la pauta de acontecimientos básicos para el análisis de la situación internacional del presente siglo y, de alguna manera han señalado el derrotero de la confrontación global para determinar un tipo de hegemonía y una estructura para el sistema internacional.

Sin embargo, no ha sido ni en Afganistán ni en Libia donde se han establecido los cánones del comportamiento de las potencias en torno a hacer efectiva la visión que cada una tiene respecto de la forma de imponer sus criterios en el tablero global. Es verdad que el ajedrez de las potencias se está jugando en todo el Medio Oriente, pero particularmente en Siria.
En este país, contra todo pronóstico, el presidente Bashar el Assad ha resistido la agresión terrorista que ha contado con el apoyo de las potencias occidentales y las monarquías conservadoras árabes. En todos estos años de guerra, el gobierno sirio nunca ha perdido el control sobre la capital Damasco, así como del 60 % de la ciudad de Alepo y de la mayoría del territorio nacional.

No obstante, la dinámica de los acontecimientos no permite mirarlos en “blanco y negro”. Los constantes cambios políticos en el escenario global, obliga a modificaciones tácticas en el terreno de las alianzas, muchas veces difíciles de comprender para aquellos que analizamos los sucesos desde la distancia.

En ese contexto, el abrupto cambio de posición de Turquía después del golpe de Estado, promovido por Estados Unidos y la Unión Europea y su apoyo al clérigo fundamentalista y multi millonario Fethullaj Güllen, quien tenía contactos con los militares golpistas, produjo una transformación radical del sistema de alianzas en la región. A pesar de la estrecha relación del presidente turco Recep Tayyip Erdogan con Estados Unidos, las contradicciones surgidas a partir del manejo turco respecto de los migrantes provenientes del Medio Oriente, y lo que se consideraba un chantaje de parte de Turquía comenzaron a abrir una brecha en esos vínculos.

Esta nueva situación, permitió la aprobación de un pacto mediante el cual Rusia e Irán, con la “comprensión” del gobierno sirio, aceptan el ingreso de las tropas turcas en el norte de Siria. En el fondo, aunque los kurdos son aliados del gobierno sirio, éste, indirectamente ha aceptado que Turquía los haya colocado junto al EI como enemigos de igual dimensión, dada la alianza de ambos con Estados Unidos, lo cual ha marcado un cambio profundo de las operaciones militares en el terreno. Aunque resulte difícil de entender, en la mirada de la coalición Rusia-Irán-Siria, el establecimiento de la autonomía kurda, resulta muy peligrosa, dada su asociación con Estados Unidos que pretende utilizarla para justificar su presencia militar en Siria.

Esta situación da cuenta de la complejidad de las circunstancias que rodean el escenario de este conflicto. Finalmente, Estados Unidos y Turquía son aliados en la OTAN. Precisamente, éste es el eje que Rusia pretende quebrar, dado el papel trascendente que desempeña Turquía en todos los tableros que se están jugando en la región. A cambio, y eso es lo que señala la transformación más importante de los hechos, Turquía se ha comprometido a combatir al EI en los alrededores de Alepo y permitir al ejército sirio el bloqueo de los terroristas en la ciudad, toda vez que la toma de esta urbe, la segunda en importancia del país, significa el objetivo estratégico más importante para el gobierno sirio en todo el desarrollo de la contienda durante estos últimos cinco años. Por supuesto, tras estas acciones, está la decisión turca de reconfigurar el imperio otomano, objetivo supremo de la Hermandad Musulmana, (agrupación fundamentalista de la cual forma parte el Presidente Erdogan) recurriendo para ello al uso de cualquier instrumento, incluyendo el asesinato masivo de los que se niegan a aceptar tal designio.

La batalla por Alepo se encuentra en una fase decisiva, tanto si se concreta el cese del fuego anunciado por Rusia y Siria con aprobación del enviado de la ONU, lo cual permitiría la salida de los terroristas a través de la vía de escape establecida, caso contrario la ciudad será igualmente liberada en pocos días.

En un acto de desesperación con el objetivo de preservar a las fuerzas terroristas, Estados Unidos y Europa han llegado incluso a hacer fracasar su acuerdo de cooperación con Rusia y a bloquear un acuerdo en el Consejo de Seguridad para hacer un alto al fuego y suspender los bombardeos aéreos, que dieran posibilidades de abandono a los terroristas de la asediada ciudad. Estados Unidos sabe que la salida de los terroristas de Alepo, significaría una victoria de enorme trascendencia militar, política y moral para el gobierno sirio y sus aliados

En paralelo, el primer ministro iraquí Haider al-Abadi anunció el inicio de las operaciones para liberar Mosul considerado el principal y último bastión del EI en Irak. En el momento de escribir estas líneas el mandatario anunció que las acciones bélicas se están desarrollando a un ritmo superior al esperado. Si los combates por Alepo en Siria y los de Mosul en Irak obtienen buenos resultados y se logra la liberación de ambas ciudades, el EI, habrá recibido dos heridas mortales que producirán una nueva reconfiguración del escenario político en la región.

Preparándose para ello, Estados Unidos bombardeó una agrupación de fuerzas del ejército sirio, produciendo la muerte de 65 soldados. Como es ya habitual en su política, las fuerzas armadas de ese país informaron que había sido un error y pidieron disculpas. Es la forma moderna que tiene Occidente de realizar acciones sin asumir responsabilidades, tras ello hay claros objetivos políticos. En este caso, era debilitar las defensas sirias de la ciudad de Deir Ez Zoz, controlada por el ejército nacional, a fin de provocar la ocupación de la misma por los terroristas y crear un eje de las fuerzas de la mal llamada “oposición moderada” en las provincias sirias de Deir Ez Zoz (fronteriza con Irak) y Raqqa, con el objetivo de garantizar la huída de las fuerzas terroristas asediadas en Mosul, hacia Siria con el objetivo de producir su reagrupamiento en la perspectiva de su fortalecimiento militar para resistir los embates del ejército sirio apoyados por Rusia e Irán.

En este sentido, el canciller ruso Serguei Lavrov advirtió que su país tomaría medidas militares adicionales si se incrementa la entrada de terroristas de Irak a Siria con el visto bueno de Occidente. Detrás de ello, está la intención estadounidense de concentrar fuerzas terroristas con el propósito de buscar dar legalidad a una futura intervención militar en Siria bajo el argumento de hacer un mayor esfuerzo para detener al Estado Islámico.

Por otra parte, el incremento de la presencia de fuerzas terroristas en Siria prolongaría un total aniquilamiento, previsible tras su derrota en Alepo y daría tiempo a las nuevas autoridades estadounidenses, surgidas de la próxima elección del 8 de noviembre, para mantener o profundizar las directrices tomadas por la Administración Obama. En este ámbito, se inscriben las últimas amenazas de Estados Unidos a Rusia, tratando de ganar tiempo en la gran batalla que se está librando en Alepo, donde las fuerzas aliadas a Estados Unidos y Occidente están sufriendo una severa derrota.

En general, las acciones emprendidas por Estados Unidos desde octubre de 2001, y en particular, la invasión a Irak en marzo de 2003 que produjo el derrocamiento de Saddam Hussein y el subsecuente caos en ese país, no ha producido para Occidente los resultados esperados. Por una parte, Irak es gobernado por un partido de la mayoría chií, aliada de Irán, mientras que las fuerzas militares de Al Hashd al Shaab (Comités Populares en su mayoría chiíes), con una clara posición anti estadounidense han cobrado creciente presencia e influencia en el país. Por otra parte, el propio influjo de Irán de manera directa o a través de sus aliados ha crecido hasta colocarse en un nivel superlativo, sobre todo en el área militar y la de seguridad.

Todo esto ha ido configurando una situación poco alentadora para los objetivos estadounidense en la zona, por el contrario, Irán se ha ido consolidando como una potencia regional que no puede ser descartada de ningún arreglo político. A su vez, la presencia de Rusia ha servido como elemento de equilibrio a fin de evitar una imposición hegemónica a favor de los intereses occidentales. (Continuará)

sábado, 15 de octubre de 2016

Haití, una herida en la memoria de América Latina y el Caribe.


El movimiento de emancipación independentista en Haití se inició en 1790, mucho antes que la mayoría de las colonias españolas de América. La Revolución francesa que había triunfado un año antes, concedió igualdad jurídica y política a los negros y mulatos haitianos, pero no proclamó el fin de la esclavitud. Sin embargo, estas reformas, fueron desoídas por los haitianos blancos de origen francés lo cual fue caldo de cultivo para que se desataran constantes rebeliones de esclavos. 

Toussaint Louverture, el más destacado de todos los militares negros que combatieron por la independencia, descolló también por poseer un pensamiento político estratégico, dotes de liderazgo y visión de estadista. Entendió que debía aliarse primero con los españoles para derrotar a los esclavistas franceses y después de haberlo logrado firmó la paz con el bando liberal francés, lo que lo llevó a ser nombrado Gobernador y Comandante en Jefe de las fuerzas armadas independentistas francesas en Haití. Pero, la metrópoli no veía con buenos ojos el poder que estaba adquiriendo el líder negro y desde 1798 comenzó a tratar de restablecer el dominio total sobre el territorio. Fue el inicio de una historia de más de dos siglos mediante la cual el colonialismo le ha hecho pagar a Haití todas sus “osadías”: Francia porque los haitianos siguieron luchando por su independencia hasta lograrla el 1° de enero de 1804, España porque Haití no aceptó su soberanía después de haber recibido “ayuda” contra los franceses y Gran Bretaña porque Louverture no consintió aliarse con ellos en 1798, cuando el almirante inglés Maitland se lo propuso.

Peor aún, cuando Louverture tomó medidas de orden económico y social para mejorar las condiciones de vida de su pueblo, Napoleón Bonaparte, en el poder en Francia desde finales de 1799, manifestó su público rechazo, enviando en 1801, un ejército a la isla, al mando de su cuñado el general Leclerc quien logró derrotar al prócer haitiano. 

Estos, no se rindieron ante la prisión y posterior muerte de su líder, un nuevo paladín emergió del pueblo, Jean Jacques Dessalines, al mando de 100 mil hombres enarboló la bandera roja y negra de la libertad que llevó a Haití a transformarse en la primera república de Nuestra América. Dessalines manifestó simpatía por las ideas de Francisco de Miranda y deseos de apoyar la lucha independentista de la región.

Uno de sus sucesores, el presidente Alejandro Petión, puso en práctica tales ideas. A finales de 1815, después de derrotada la segunda república venezolana, el Libertador Simón Bolívar arribó a Haití, a fin de buscar ayuda para dar continuidad a las luchas independentistas, después de clamar sin éxito por ella, (por diferentes razones) en Cartagena y Jamaica. Antes de llegar a Puerto Príncipe y estando en Kingston, el 19 de diciembre de 1815 Bolívar le escribe al Presidente Petión una carta donde le habla de Haití como el “asilo de todos los republicanos de esta parte del mundo” y le manifiesta su interés por “conocer y admirar de cerca a V. E” en su próximo viaje a Los Cayos en la región meridional de la isla, donde se habían congregado centenares de patriotas venezolanos y neogranadinos, deseosos de reincorporarse a los combates.

Con el apoyo del presidente Petión, Bolívar logra armar una expedición de hasta 1000 venezolanos y de otras nacionalidades y 1000 haitianos, además de obtener 6.000 fusiles, municiones, víveres, una imprenta completa, siete goletas y una importante suma de dinero. Por eso, como recuerda el destacado historiador venezolano Reinaldo Rojas, Bolívar calificó al gran presidente Petión como el “padre de todos los verdaderos republicanos”. Venezuela y los países liberados bajo la conducción de Bolívar le debemos a Haití la independencia y la libertad, lo que podamos hacer por ese hermano país, siempre será poco en comparación con lo que ellos hicieron por nosotros en uno de los momentos más críticos de nuestra historia. 

Todas estas acciones significaron demasiada afrenta para los poderes coloniales: primero, una revolución anti esclavista que remeció los pilares de la Europa supuestamente modernizante bajo los influjos de la Toma de la Bastilla, para continuar después, “exportando” sublevaciones que hacían trastabillar el soporte colonial del Viejo Continente en América. Nunca lo perdonaron hasta hoy. La decisión fue someter a Haití a la expoliación, la miseria y el olvido.

En el pasado más cercano, después de 29 años de férrea dictadura de los Duvalier (padre e hijo), parecía haber un proceso de restitución democrática que ayudaría al país a salir de casi dos siglos de marasmo. Sin embargo, en 2004, Jean Bertrand Aristide, el primer presidente elegido democráticamente fue derrocado a través de un golpe de Estado, que contó con la complicidad de Estados Unidos y Francia, solo unos meses después que Aristide anunciara que iba a exigir una reparación histórica a la antigua metrópoli. La respuesta imperial fue la intervención militar, promovida por Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de la ONU, que se concretó con la participación de 53 países, entre ellos (para vergüenza de nuestros pueblos), 15 de América Latina y el Caribe, a través de la llamada Misión de Estabilización de la ONU en Haití (Minustah). En fecha reciente, un importante grupo de organizaciones sociales de la región envió una carta pública al Secretario General de la ONU para que “… reconozcan el fracaso de sus estrategias y pongan fin a una intervención que, después de 12 años, no solo ha malogrado los objetivos oficialmente planteados sino que en muchos sentidos ha contribuido alevosamente a empeorar la situación”. Los “resultados de la estabilización” se pueden observar a simple vista: no han mejorado un ápice, las condiciones de vida del pueblo haitiano. 

Desde el terremoto de 2010 que asoló al país causando centenares de miles de muertos, heridos y desaparecidos y un millón y medio de damnificados, la asistencia humanitaria a Haití se ha convertido en un gran negocio, sobre todo después de la epidemia de cólera que afectó al país en 2014, introducida, -según afirman expertos- por los propios miembros de la Minustah. La ONU se ha transformado en cómplice de la continuidad del saqueo de Haití, permitiendo la acción de grandes transnacionales que se han repartido el país con proyectos mineros, turísticos y del agro negocio. 



Se necesitaban 310 millones de dólares hasta 2017 para erradicar definitivamente el cólera del país, pero solo pudieron recabarse 55 millones. Sólo la solidaridad y apoyo permanente y constante de Cuba y Venezuela han podido en alguna medida generar un frente común en contra de la epidemia. Pero ahora, Haití nuevamente se ve enfrentado a los designios de la naturaleza, el huracán Matthew ha causado la muerte de cientos de ciudadanos y gigantescas pérdidas materiales. Estados Unidos y Francia se han apresurado a enviar una ayuda a Haití equivalente a lo mismo que gastaban durante una hora de su intervención militar en Irak. Ha causado impacto en la opinión pública la carta de una ciudadana haitiana que llamaba a aquellos que quisieran ayudar a los afectados por Matthew, “no donen su dinero a la Cruz Roja de Estados Unidos” (ARC por su siglas en inglés). La información compartida por un usuario de twitter recordaba “lo que hizo" esa organización "con los 500 millones de dólares" que recibió para construir viviendas en Haití tras el terremoto de 2010, cuando esa instancia construyó solo 6 casas de las 700 que había comprometido.

Otro gran ganador de la desgracia del pueblo haitiano ha sido el ex mandatario de Estados Unidos Bill Clinton, cuya fundación creada al salir de la presidencia en 2001, hoy ya tiene un valor de 2 mil millones de dólares, en alguna medida obtenidos a partir de la solidaridad con “Haití”. Clinton se transformó en el gran “mecenas” de la nación caribeña, atrayendo donaciones al país y sobre todo intermediando para que la gigantesca cantidad de vacunas necesarias para combatir las múltiples epidemias que han asolado Haití en los últimos años, se hicieran llegar a través de su fundación. Su esposa Hillary, mientras fue Secretaria de Estado, dio prioridad a los amigos o personas de interés de su marido como contratistas especializados para llevar “ayuda humanitaria” a Haití. Caitlin Klevorick, asesora de la entonces Secretaria de Estado, quien coordinaba las ofertas de asistencia recibidas de la Fundación Clinton, dijo en un mensaje de correo electrónico que necesitaba “que indiquen cuando las personas son amigas de William Jefferson Clinton. Es probable que pueda identificar a la mayoría, pero no a todos”, según dio a conocer la semana pasada, el programa de radio y televisión Democracy Now! emitido desde Estados Unidos y transmitido por más de 900 emisoras de radio y televisión en el mundo.

Haití necesita de todos, y en primer lugar de América Latina y el Caribe. No se trata de limosnas, ni de migajas, sino de asumir realmente un proceso de restauración de la normalidad para lo cual no se necesitan “misiones de estabilización “, sino ayuda financiera para construir hospitales y escuelas y recursos para apoyar las misiones médicas y luchar contras las epidemias, así como aportes para generar una economía productiva. Cada día que pase, y no se haga, será un día de vergüenza para la humanidad y de ignominia para los que miran de manera cómplice sin hacer nada o haciendo muy poco.