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martes, 6 de abril de 2021

Recordando la historia

 


En fecha tan temprana como diciembre de 1979, solo cinco meses después del triunfo de la revolución sandinista, el somocismo derrotado que se había refugiado en los países fronterizos, comenzó las acciones armadas contra Nicaragua en la frontera con Honduras.

Los primeros días de ese mes, fui enviado a la región noroccidental en el departamento de Chinandega con una batería de morteros a reforzar a un batallón de infantería que sería desplazado a la frontera para hacer frente a las primeras acciones militares realizadas desde Honduras en connivencia con el gobierno y las fuerzas armadas de ese país y el aval de Estados Unidos.

Recuerdo haber pasado mi primer “Día de la Inmaculada Concepción de María”, “La Purísima” en Nicaragua, la conmemoración religiosa más importante del país el 8 de diciembre al norte de Somotillo, cerca de los poblados de Santo Tomás y Cinco Pinos, en las estribaciones del cerro El Variador, a muy poca distancia del límite fronterizo, y al este de la ciudad de Choluteca en Honduras.

Desde las elevaciones se podía ver la agrupación enemiga que se organizaba en territorio hondureño a “vista y paciencia” del ejército de ese país. Supusimos que concentraban fuerzas para realizar alguna acción militar en el territorio nicaragüense, pero fue tal la demostración de fuerza del ejército sandinista que desistieron de tal intento. Se había evitado la provocación y/o el ataque a la soberanía de Nicaragua.

Gobernaba en Washington el demócrata Jimmy Carter quien solo le había quitado el apoyo a Somoza cuando en junio de ese año, el periodista estadounidense Bill Stewart fue ultimado por la guardia nacional somocista en Managua. Para Carter, 50 mil nicaragüenses asesinados por la dictadura no tenían el mismo valor, pero la muerte de un solo ciudadano de Estados Unidos hizo que su corazón se “enterneciera” y recordara que los humanos tienen derechos, entre ellos, el más importante, el de la vida.

En 1980, ese presidente demócrata que se mostraba como la civilización ante la barbarie que encarnaban sus antecesores republicanos, dio instrucciones para comenzar la agresión imperialista contra Nicaragua. Precisamente en Honduras se estructuraron las fuerzas iniciales de la contra revolución que unía a ex militares del ejército de Somoza, conservadores defraudados por las radicales medidas del gobierno revolucionario, delincuentes, latifundistas, traficantes y diversas especies de la peor laya.

Pronto, ingresaron al territorio nacional donde encontraron carne de cultivo en sectores populares, campesinos e indígenas decepcionados porque la revolución en su novatez no había entendido la dimensión de la frontera y no había dado respuesta inmediata a las necesidades de la población de esas zonas. Recuerdo la preocupación de los oficiales cubanos de alto nivel que habían llegado a asesorar al novel Ejército Popular Sandinista, en el sentido que se diera pronta y contundente respuesta que no permitiera articular esos embriones de fuerza contra revolucionaria. Les asistía su experiencia temprana en el aniquilamiento de las fuerzas apátridas que pretendieron agruparse en el Escambray al centro de la isla y que ya en 1965 habían sido completamente derrotadas gracias a una combinación de trabajo de inteligencia, participación popular y duros golpes propinados por el ejército.

El argumento de los nicaragüenses fue que en su país, ese tipo de “delincuentes” siempre había existido y que no pasaban de ser bandas de cuatreros y ladrones de poca monta que desaparecerían muy rápidamente. No le dieron la importancia debida desde el primer momento y, cuando poco después, encararon la tarea en la medida de la organización de la revolución y la profesionalización de su ejército, debieron enfrentar a un enemigo armado, financiado e instruido por Estados Unidos. Ya sabemos lo que pasó: una larga guerra en que se enfrentaron todo el heroísmo, el sacrificio y el espíritu patriótico de un pueblo contra el poder económico, financiero y militar de la principal potencia del planeta. Al final, en las elecciones de 1990, el pueblo –siempre sandinista- votó en contra de la continuación de la guerra y el FSLN fue desalojado por los votos, del poder que habían obtenido con las armas.

Cuarenta y cinco años después, otro presidente demócrata que también se quiso mostrar como “civilizado ante la barbarie de su antecesor republicano” pretende repetir la fórmula, esta vez desde Colombia contra Venezuela. La respuesta inmediata fue el “Escudo Bolivariano” porque no hay que dejar que ninguna fuerza militar extranjera crezca para convertirse en un factor que pretenda hacer que organizaciones terroristas internas financiadas por Estados Unidos y Europa y apoyadas por la derecha fascista latinoamericana tomen el poder por vía armada al margen de la Constitución Nacional. Hay que exterminar de raíz esa opción comenzando ahora, cuando tratan de implantarse en nuestro territorio. La ecuación es la misma que ya fue exitosa en Cuba: “inteligencia efectiva, participación popular y duros golpes propinados por el ejército”. En esas estamos.

domingo, 22 de julio de 2012

Nicaragua, recuerdos imperecederos de un julio de victoria.


El alba llegó de manera prematura después de una larga noche de lluvias y borrascas. La tranquilidad y el silencio eran como un manto infinito que cubría la inmensidad de un verdor alimentado por una precipitación perenne día tras día y noche tras noche. Lejos estábamos de saber -en tal momento- que esa mañana sería -como había presagiado el himno del FSLN- la del día en el que “el amanecer dejo de ser una tentación”.

Dos días antes, el dictador había huido llevándose el cadáver repugnante de su padre y los millones que él y su familia habían robado al pueblo nicaragüense durante 45 años. El 17 de julio habíamos tenido una celebración empañada por la noticia de que Estados Unidos y la burguesía pretendían escamotearle al pueblo y al FSLN la libertad y la independencia conquistada con el sacrificio, el sudor y la sangre de sus mejores hijos. Francisco Urcuyo Maliaños se llamó el títere que sólo duró dos días en el poder tambaleante que le dejó el dictador.

La orden de la Dirección Nacional del FSLN fue terminante: ofensiva general de todos los frentes guerrilleros para confluir en Managua y desalojar al usurpador. El 18 de julio fue de preparación de la ofensiva, se hicieron los planes y se determinaron misiones para cada columna guerrillera y para la artillería. Muy tarde fuimos a descansar. En nuestros corazones reverberaba la sangre que nos motivaba al combate y en nuestras conciencias estaba la idea clara que se avecinaba el combate decisivo.

Por eso, la aurora se hizo presente más temprano que de costumbre, las patrullas avanzadas iniciaron la marcha hacia el norte. Sus primeras comunicaciones sonaron huecas, no lo podíamos creer, nos mirábamos y las expresiones de asombro poblaban los rostros suspicaces de los combatientes ¡No están!, ¡ Se fueron¡ escupía una y otra vez la metálica voz del jefe de la escuadra de exploración que había cruzado el Río Ostayo y seguía transitando sin obstáculos hacia Rivas. El estupor de los primeros minutos fue seguido de una explosión de alegría. Años de lucha coronaban el éxito, “Nuestro pueblo es el dueño de su historia, arquitecto de su liberación…” reza el himno del FSLN y así era. Por primera vez en la patria de Rubén Darío, el pueblo se apoderaba de la historia y echaba las bases para su liberación.

Eran años difíciles, no sólo para Nicaragua, las dictaduras se enseñoreaban en América Latina. En Sudamérica sólo en Venezuela y Colombia había presidentes electos por el pueblo. La derrota de la Unidad Popular en Chile y el heroico ejemplo del Presidente Allende y su combate final en La Moneda en llamas marcaron el fin de una época en que parecía que los pueblos comenzaban a despertar de su letargo. Ese 19 de julio vino a dar continuidad y vida, a los pueblos que luchaban al sur del Rio Bravo, que sintieron una inyección de optimismo en su talante caído por casi 6 años.

Ese 1979 señalaba hechos importantes en el mundo, el 12 de febrero, el pueblo iraní que había hecho huir al tiránico gobierno del Sha, tomó el poder en el país persa bajo la conducción de su líder espiritual. El 13 de marzo, el Caribe era estremecido por la irrupción del Movimiento de la Nueva Joya en Granada que bajo la dirección de su carismático guía Maurice Bishop, comenzaba un sueño de libertad en los países que se habían liberado del dominio británico en nuestra región. El 11 de abril, el sátrapa de Uganda era derrocado, huyendo al exilio, dejando tras de sí, un largo historial de violaciones a los derechos humanos en ese país de la región centro oriental de África. Y ahora Nicaragua, en América Central señalaba el camino de la lucha y la victoria para los pueblos de América Latina. Cada una de estas acciones, significó importantes golpes para la hegemonía imperial estadounidense, cuando sus leales aliados, conocidos por la ferocidad y la represión contra sus pueblos eran relegados del poder.

En el Medio Oriente, África, el Caribe y Centroamérica, Estados Unidos veía mermar su poder. Parecía que –nuevamente- el himno de la organización fundada por Carlos Fonseca y Tomás Borge nos anunciaba el futuro que llegaba “…mañana algún día surgirá un nuevo sol que habrá de iluminar toda la tierra”. Se cerraba el año cuando en septiembre Cuba recibía un extraordinario reconocimiento mundial: los 94 países -en ese momento- miembros del Movimiento de Países No Alineados elegían a la mayor de las Antillas como presidente de la organización y celebraban en La Habana su VI Reunión Cumbre.

Ese es el contexto internacional en que triunfa la revolución sandinista. Para América Latina la victorial de Nicaragua y del FSLN nos hacía recordar que cuando un pueblo se organiza y tiene voluntad de vencer, no hay fuerza capaz de impedir su victoria.

Al mediodía de ese 19 de julio recibimos la orden de transitar hacia Managua, preparamos la columna de marcha y a pesar de todo, ordenada y disciplinadamente emprendimos el recorrido de 140 Km. hasta la capital. Multitudinarias concentraciones a lo largo de toda la vía hacían difícil avanzar, el trayecto fue lento y en la noche entramos a Granada, descansamos sólo dos horas porque la celebración era permanente. Clareaba el día 20 de julio, cuando la columna continuó su transitar, pasando por la heroica Masaya, entramos a Managua al mediodía para converger con los otros frentes de guerra que desde el norte, oriente y occidente del país ya habían arribado a la ciudad capital. Ahí estaban todos, mujeres, ancianos y niños, campesinos y trabajadores, profesionales y técnicos y el ejército guerrillero del FSLN fundido con su pueblo como un todo dispuesto a empezar la reconstrucción y la fundación de la patria nueva. Ese mismo día inició la transformación de la guerrilla en ejército regular, el Ejército Popular Sandinista, hoy Ejército de Nicaragua, el valladar más sólido e inquebrantable que jamás haya tenido el pueblo para defender su independencia y su soberanía. El Ejército de Nicaragua concentra las mejores tradiciones de lucha, un alto nivel profesional y técnico y una sólida experiencia en la preparación combativa de sus estados mayores, oficiales y soldados que lo ha llevado a tener una elevada capacidad y disposición combativa siendo el hijo más dilecto de esa nueva realidad que irrumpió el 19 de julio de 1979.

El Comandante Chávez siempre recuerda que hay que conocer el pasado para vivir el presente y proyectar el futuro. Valgan estas líneas como remembranza imperecedera de aquellos extraordinarios días de julio en el 33 aniversario de la Revolución Popular Sandinista en evocación de todos los que cayeron en la lucha por una Nicaragua libre y soberana. De manera especial vaya nuestro homenaje al Comandante Tomás Borge Martínez, fundador del FSLN, recientemente fallecido, pero que estará siempre presente cuando se inmortalicen los días de gloria y de victoria de la Nicaragua sandinista.